Entre Tornillos y Secretos

LO QUE NO ESTABA EN LA MOCHILA

CAPÍTULO 8

El lunes comenzó con una calma extraña.

Demasiado silencio en el barrio.

El taller del abuelo José volvió a abrir, pero la ventana rota aún no había sido reparada. El vidrio faltante parecía un ojo herido mirando la calle.

—Hoy te vienes directo a casa después del colegio —le dijo el abuelo a Matheo.

—Sí, abuelo.

Pero Matheo tenía otra idea en la cabeza, a Valeria lo notó diferente apenas entró al salón.

—Tienes cara de detective —le dijo sonriendo.

Matheo dudó unos segundos.

Luego decidió confiar.

—Creo que Pedro no es el jefe.

Valeria dejó de sonreír.

—¿Cómo que no?

lgo no encajaba.

Si Pedro solo “conectaba cosas”, como dijo… entonces alguien más movía las piezas grandes.

Y Matheo quería saber quién.

Valeria lo notó diferente apenas entró al salón.

—Tienes cara de detective —le dijo sonriendo.

Matheo dudó unos segundos.

Luego decidió confiar.

—Creo que Pedro no es el jefe.

Valeria dejó de sonreír.

—¿Cómo que no?

—Dijo que hay gente más arriba.

Ella bajó la voz.

—Mi hermano escuchó algo.

El corazón de Matheo dio un salto.

—¿Qué cosa?

—Que hay un hombre que compra herramientas robadas para venderlas en otro distrito. Y que usa chicos del barrio para no ensuciarse las manos.

El aire se volvió más pesado.

—¿Sabes quién es? —preguntó Matheo.

Valeria dudó.

Miró alrededor para asegurarse de que nadie escuchaba.

—Le dicen “El Flaco”.

Ese nombre no le sonaba a Matheo.

Pero algo dentro de él le dijo que era importante.

Muy importante.

En el recreo, Matheo no fue a jugar.

Se quedó pensando.

Si las herramientas se vendían fuera del barrio…

Entonces no era solo vandalismo.

Era negocio.

Y Pedro era apenas una pieza.

Cuando regresó al salón, vio algo que antes no había notado.

En el fondo del aula, Diego —uno de sus compañeros— estaba dibujando algo en su cuaderno.

No era un dibujo cualquiera, era un logo una calcomanía, un símbolo de una llave inglesa cruzada con un rayo. Matheo sintió un escalofrío.

Había visto ese símbolo antes.

En la moto del hombre que habló con Pedro en el parque.

—¿Qué es eso? —preguntó.

Diego cerró el cuaderno rápido.

—Nada.

—Lo vi en una moto.

Diego se puso pálido.

—No te metas en eso.

Esa frase otra vez.

No te metas, pero Matheo ya estaba metido.

Y ahora tenía algo concreto.

Un símbolo.

Un nombre.

“El Flaco”.

Al salir del colegio, Valeria caminó con él.

—No tienes que hacer esto solo —dijo.

Matheo la miró.

No estaba acostumbrado a que alguien se ofreciera a acompañarlo sin pedir nada a cambio.

—¿Por qué me ayudas? —preguntó.

Ella sonrió suavemente.

—Porque eres diferente.

—¿Diferente cómo?

Valeria pensó un momento.

—No hablas mal de nadie. Ni siquiera de Pedro. Eso no es común.

Matheo sintió algo cálido en el pecho.

—No creo que sea malo —respondió—. Creo que está perdido.

Valeria lo miró con atención.

—Tú tampoco quieres perderte.

La frase fue directa.

Y cierta.

Caminaron en silencio unos metros.

No era incómodo.

Era tranquilo.

—Si vamos a investigar —dijo ella finalmente—, tenemos que ser inteligentes.

Matheo sonrió por primera vez en días, No estaba solo.Esa tarde, mientras ayudaba al abuelo en el taller, Matheo notó algo extraño.

En una de las cajas donde guardaban piezas viejas, había una etiqueta arrancada.

Solo se veía una parte del papel.

Y en esa parte… estaba el mismo símbolo de la llave inglesa con el rayo.

El corazón le dio un golpe fuerte.

—Abuelo —dijo con calma forzada—, ¿de dónde vienen estas piezas?

—Algunas las compro en remates. Otras me las traen proveedores.

—¿Recuerdas quién trajo esta caja?

El abuelo observó el símbolo.

Su expresión cambió.

—Hace unos meses vino un hombre ofreciendo piezas más baratas de lo normal. No me gustó su cara. No volví a comprarle.

—¿Era flaco?

El abuelo lo miró fijo.

—Sí.

El aire se volvió pesado.

Entonces no era solo que compraban herramientas robadas.

También intentaban venderle piezas al abuelo.

Estaban usando el barrio como mercado.

Y el taller era parte del mapa.

Matheo sintió que todo se conectaba.

Pedro.

El símbolo.

La moto.

Las herramientas.

“El Flaco”.

Ya no era solo sospecha.

Era una red.

Y ahora él tenía una pista real.

En otra parte del barrio…Pedro discutía con el hombre de la moto.

—El viejo está hablando con la policía —dijo Pedro.

El hombre escupió al suelo.

—Entonces haz que deje de hablar.

Pedro apretó los dientes.

—No toques esa casa.

El hombre sonrió.

—No olvides quién te dio trabajo cuando nadie más lo hizo.

Pedro sintió el peso de esa deuda.

Pero por primera vez…

Dudó.

Esa noche, Matheo escribió en un cuaderno:

“El Flaco. Símbolo. Moto negra. Vende fuera del barrio.”

Valeria tenía razón.

Si iban a investigar…

Tenían que ser inteligentes.

Gabir se sentó a su lado.

Miró el dibujo del símbolo.

Y lo señaló.

—Rayo.

—Sí —susurró Matheo—. Un rayo.

Gabir sonrió levemente.

Y Matheo entendió algo más:

A veces las personas subestiman a quienes parecen diferentes.

Pero Gabir veía detalles que otros no notaban.

Y quizás…

Él también sería parte clave de esto.



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En el texto hay: familia, amistad, misterio y crecimiento

Editado: 06.03.2026

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