CAPÍTULO 9
El martes, Matheo no puede concentrarse en clase.
La profesora Jennifer explicó matemáticas, pero en su cuaderno sólo vio el problema del rayo que había encontrado en la caja más alta.
Valeria le entregó un papel doble.
"Me voy otra vez en la moto negra. Busca el mercado viejo."
Matheo sintió esa mezcla de emoción y pensamiento que sólo un niño curioso
puede sentir cuando cree estar descubriendo algo grandioso.
Él le respondió: "Vamos a buscar .Sólo mira."
Sólo mira, Eso era lo que se dijeron.
Salieron juntos, pero caminando como uno solo. Mientras más compañeros regresan a casa.
—Sí, algo raro, vamos —dije Valeria.
—Sí. Nada que pedir.
El antiguo mercado estaba bastante abandonado. Algunas cajas cerradas, paredes pintadas con grafitis y bolsas de música al viento.
Y allí estaba.
La motocicleta negra.
Con una pegatina del rayo pegada en el lateral.
Matheo sintió que su corazón se rompía rápidamente.
—Es la misma —susurró.
Se esconden tras un muro bajo. Desde allí pueden ver la moto, pero no el interior del mercado.
De pronto, salió Pedro.
No parecía un criminal peligroso.
Al parecer un alcalde chico jugando a ser importante.
Miré mi celular y caminé nervioso.
—¿Ves? —digo Matheo—. Sabes algo.
—Pero no estoy haciendo nada —respondió Valeria.
Pedro habló con un hombre que estaba dentro, pero no entendió lo que decía.
Valeria agarró el brazo de Matheo.
—Ya vimos suficiente.
Pero Matheo pidió una pregunta.
Algo para mostrarles al abuelo.
Tomé mi teléfono y tomé una foto rápida de la bicicleta.
No hizo ruido fuerte.
Pero Pedro miró hacia arriba.
Miró hacia los lados.
Y frunció el ceño.
—Creo que nos vamos —susurró Valeria.
Y ahí vino el error.
En lugar de disfrutar de la paz…Matheo se movió muy rápido. Pisó una lata vacía.
El ruido resonó en el silencio. Pedro caminó hacia donde estaban.
—¡Corre! —dijo Valeria.
No, fue una persecución peligrosa.
Era mejor para los niños cansados sentir eso porque no se preguntaban si un niño más grande los expondría y los expiaría.
Doblaron un caballo.
Se mezclaron con la gente que salía de una tienda.
Y Pedro dejó de seguirlos.
Cuando se lo dijeron, ambos se agitaron.
—Fue una estupidez —dije Valeria, por si acaso—. Mi madre sabe que voy a hacer esto.
Matheo miró la foto.
Estaba borrosa.
Pero la motocicleta y el símbolo eran claramente visibles.
—No quiero volver a vernos —dije.
—Pues nos vieron.
Y ahora Pedro sabía que alguien lo estaba mirando.
Era tarde, Matheo fue a casa de Italo, La casa de la abuela Adriana estaba ubicada a cuatro cuadras del taller.
A Italo lo encontraron al borde del camino, tirando una pequeña piedra al suelo de vez en cuando.
—¿Por qué están en el mercado? —Matheo los dejó sin rodeos.
Italo lo miró molesto.
—¿Me estás siguiendo?
—No. Pero lo harás.
—No es asunto tuyo.
Matheo respiró hondo.
—Pedro está en cosas raras.
—Siempre crees que todo el mundo lo sabe.
—No sé cuáles son tus problemas.
Italo se levantó.
Era más alto que Matheo. Más fiero.
Pero en ese momento parecía aún más grande.
—Desde que nació mi madre, todos creen que soy mala —digo—. Ese es el problema.
Matheo bajó la voz.
—No digo cuál es el problema. Pero cambiaste.
—¡Claro que ha cambiado! —estalla Italo—. ¿Sabes qué pasa cuando tu madre se va a otro pais y tu papá estando no te hace caso?
Ahora Matheo observará en silencio.
Porque lo sabia muy bien.
—Pedro al menos me invita a subir. Me tratan como si no fuera un niño —continuó Italo—. No como ustedes.
—Ser mayor no es meterse en tonterías —respondió Matheo.
—No es tontería.
—Hoy casi nos descubre por tu culpa.
Italo lo miró sorprendido.
-¿Qué hiciste?
Matheo dudó un segundo.
—Tomé una foto.
—¿Estás loco? —susurró Italo—. Pedro se va a molestar. Y cuando el se molesta, se pone pesado.
No hables como alguien que conoce a criminales peligrosos.
Hablaba como un chico que nunca quiso quedar mal con un amigo.
—No quiero que te pase nada —dijo Matheo con más suavidad.
—No soy un niño como tú.
Eso dolió.
—Sólo dos años mayor —respondió Matheo.
Silencio.
La abuela Adriana se acercó a la puerta.
—¿Está todo bien?
“Sí, abuela”, respondió rápidamente Italo.
Pero no estaba bien.
—Si sigues metiéndote en esto —dijo Italo más abajo—, Pedro va a pensar en lo que estoy traicionando.
—Entonces aléjate de él.
—No es tan fácil.
Matheo entendió algo en ese momento.
Italo no quería ser malo.
Simplemente no queria sentirse solo.
—Voy a decirle al abuelo —dijo Matheo.
Eso fue lo que rompió todo.
—Hazlo —respondió Italo—. Como siempre, el niño bueno.
Y entró en la casa sin mirarlo.
Al día siguiente, en la escuela, Pedro estaba en la puerta.
No dijo nada.
Sólo miro a Matheo, una mirada larga, incomoda, no era una amenaza de adulto. Era advertencia de chico mayor.
En clase, Valeria notó que Matheo estaba pálido.
—¿Te arrepientes? —preguntó.
Matheo miró la foto otra vez, borrosa pero real.
—No.
Tenía miedo, pero también tenía algo nuevo,determinación.
Porque ahora entendía que no era solo curiosidad.
Era su primo.
Era su familia.
Y si él no hacía algo…¿Quién lo haría?.
Editado: 06.03.2026