Entre Tornillos y Secretos

UNA LLAMADA AL OTRO LADO DEL MAR

CAPÍTULO 10

Esa noche, el taller cerró más temprano.

El abuelo José notó que Matheo estaba callado. No preguntó nada. Solo le puso una mano en el hombro antes de entrar a la casa.

Gabir estaba armando una torre con bloques en el suelo, concentrado como si el mundo no existiera.

Matheo miró el celular.

Tenía un mensaje.

Mamá: “¿Pueden hablar hoy? Los extraño.”

Sintió un nudo en la garganta.

Italia quedaba lejos. Muy lejos.

Pero la distancia a veces se sentía más grande que el mapa.

—Abuelo… ¿puedo llamar a mamá?.

—Claro, hijo.

La pantalla tardó unos segundos en conectar.

Y apareció ella.

Sonriendo.

Con el cabello recogido y una ventana detrás donde se veía una ciudad que Matheo no conocía, pero imaginaba enorme.

—¡Mis campeones! —dijo ella.

Junior apareció en la pantalla desde otro lugar. Estaba en la casa del tío Carlos, en otro distrito. Tenía audífonos grandes y una sonrisa tímida.

—¡Mamá! —dijeron casi al mismo tiempo.

Por un momento, todo fue risa.

—¿Cómo están? ¿Están comiendo bien? ¿El abuelo los hace estudiar?

—Sí —respondió Junior—. El tío Carlos me está enseñando a arreglar bicicletas.

—Yo ayudo en el taller —dijo Matheo.

Su mamá los miraba con esos ojos que intentaban memorizar cada detalle.

—Me hacen tanta falta…

Hubo un pequeño silencio.

De esos que pesan.

—Mamá —dijo Junior de pronto—, ¿cuándo vuelves?

La sonrisa de ella se debilitó apenas un segundo.

—Estoy trabajando mucho para que pronto podamos estar juntos. Solo un poco más de tiempo.

Matheo bajó la mirada.

“Un poco más” era una frase que ya llevaba años escuchando.

—¿Y tú, Matheo? —preguntó ella—. Te veo serio.

Él dudó.

No quería preocuparla.

Pero tampoco quería mentir.

—Estoy bien.

Las mamás siempre notan cuando eso no es verdad.

—¿Pasó algo?

Matheo miró a Junior en la pantalla.

Luego decidió hablar… a medias.

—A veces… es difícil.

Su mamá se quedó en silencio, escuchando.

—Es difícil que no estés —terminó diciendo.

Junior asintió desde el otro lado.

Ella respiró hondo.

—Yo tampoco quiero estar lejos —dijo suavemente—. Pero estoy aquí para que ustedes tengan más oportunidades. Para que estudien. Para que no les falte nada.

Matheo pensó en el taller.

En el símbolo del rayo.

En Italo gritando que el futuro no abraza.

—Mamá… ¿vale la pena?

La pregunta salió sin querer.

Ella lo miró sorprendida.

—¿Qué cosa?

—Irse tan lejos.

La cámara tembló un poco. Tal vez estaba acomodando el celular. Tal vez estaba conteniendo lágrimas.

—A veces duele —respondió—. Mucho. Pero lo hago por ustedes. Y cada día cuento el tiempo para volver. Junior sonrió.

—Yo voy a ser ingeniero cuando vuelvas.

—Y yo —dijo Matheo— voy a cuidar a todos.

Ella rió.

—No tienes que cuidar a todos, mi amor. Solo sé un buen niño.

Matheo no dijo que estaba intentando hacer algo más que eso.

Antes de cortar, Junior dijo:

—Oye, cuando mamá vuelva, vamos a vivir juntos otra vez, ¿no?

Matheo lo miró.

Eran el mayor y el segundo.

Separados por ciudades.

Unidos por algo más fuerte.

—Sí —respondió con firmeza—. Vamos a estar todos juntos.

La llamada terminó, la pantalla quedó negra, Y el silencio volvió.

Gabir se acercó y apoyó la cabeza en el brazo de Matheo.

—¿Mamá? —preguntó bajito.

—Sí.

—¿Viene?

Matheo tragó saliva.

—Pronto.

No sabía si era verdad.

Pero quería creerlo.

El abuelo José observaba desde la puerta.

—Las distancias no rompen a las familias —dijo—. Solo las ponen a prueba.

Matheo pensó en Italo.

En Rosario en España.

En su mamá en Italia.

En Junior en otro distrito.

Y entendió algo importante:

Todos estaban creciendo con una ausencia.

Y cada uno la enfrentaba de manera distinta.

Él ayudando en el taller, Junior soñando con el futuro.

Italo actuando como si no le doliera.

Matheo abrió la foto de la moto otra vez.

Esta vez no sintió solo miedo.

Sintió claridad.

No quería que nadie más se perdiera por sentirse solo, ni su primo, ni él.

Cerró el celular.

Mañana hablaría con Valeria.

Y también con el abuelo.

Pero ahora sabía algo más importante que cualquier símbolo:

Los adultos se van para buscar un futuro.

Pero los niños se quedan aprendiendo a sobrevivir al presente, Y eso cambia a las personas.



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En el texto hay: familia, amistad, misterio y crecimiento

Editado: 06.03.2026

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