Entre Tornillos y Secretos

LOS QUE LOS DEMAS NO VEN

CAPÍTULO 11

La mañana comenzó tranquila.

Demasiado tranquila.

Después de la llamada con su mamá en Italia, Matheo se sentía más sensible. No estaba triste exactamente… pero sí más pensativo.

En el desayuno casi no habló.

Magaly lo observaba en silencio mientras servía el pan.

—¿Dormiste bien? —preguntó con suavidad.

—Sí.

Pero no era cierto.

Había soñado con motos negras y llamadas que se cortaban.

Esa tarde, Matheo estaba sentado en el suelo de su cuarto mirando otra vez la foto borrosa de la moto.

Gabir estaba a su lado, moviendo un carrito rojo en círculos repetitivos.

Matheo amplió la imagen.

El rayo, La rueda, La chaqueta oscura.

—No se ve bien… —murmuró frustrado.

Gabir dejó el carrito, se acercó más., miró la pantalla con atención.

Muy cerca, Demasiado cerca.

Luego señaló un rincón de la imagen.

—Casa.

Matheo frunció el ceño.

—¿Qué casa?

Gabir tocó justo el fondo de la foto.

Detrás de la moto, casi escondido, había algo que Matheo no había notado.

Una pared pintada de azul claro.

Y un dibujo infantil de un sol.

No era el mercado viejo, era otro lugar, Matheo amplió aún más.

Y entonces lo vio.

Un cartel pequeño, medio tapado por una columna:

“Cancha San Martín”.

Matheo se quedó quieto.

La cancha San Martín estaba a tres cuadras del taller, no en el mercado.

Eso significaba que la moto se movía por el barrio más de lo que pensaban.

—Gabir… —susurró.

Su hermanito sonrió levemente.

Había visto algo que nadie más había notado.

No porque fuera más grande.

Sino porque miraba diferente.

Matheo sintió algo nuevo.

No estaba solo.

Nunca lo había estado.

Esa noche, el abuelo José habló en voz baja con Magaly en la cocina.

—Está cargando mucho peso —dijo el abuelo.

—Tiene once años —respondió Magaly—. No debería estar preocupado por motos ni por proteger a nadie.

—Lo veo tenso. Como si estuviera esperando que algo pase.

Magaly suspiró.

—Podemos llevarlo a hablar con alguien.

El abuelo dudó un momento.

En su generación, esas cosas no eran comunes.

Pero miró a Matheo, sentado serio ayudando a Gabir con sus bloques.

Y decidió.

—Sí. Mañana llamo.

Al día siguiente, después del colegio, el abuelo lo llamó al taller.

—Vamos a salir un rato.

—¿A dónde?

—A conversar con una persona que ayuda a los chicos cuando tienen muchas cosas en la cabeza.

Matheo se tensó.

—¿Estoy en problemas?

—No —respondió Magaly, sonriendo—. Estás creciendo.

Y crecer a veces pesa.

Matheo no sabía si sentirse ofendido… o aliviado.

El consultorio era pequeño. Con dibujos en las paredes y una estantería con libros y juegos.

La psicóloga se llamaba Laura.

Tenía voz tranquila.

—Hola, Matheo. Aquí puedes hablar de lo que quieras. No es una prueba. No hay respuestas correctas.

Al principio, él no dijo mucho.

Miraba sus manos.

—Tu abuelo dice que eres muy responsable.

Matheo encogió los hombros.

—Alguien tiene que serlo.

Laura inclinó la cabeza.

—¿Y quién cuida al que cuida?

La pregunta lo desarmó un poco.

—Yo estoy bien.

—Eso dices siempre.

Silencio.

Matheo pensó en su mamá en Italia.

En Junior lejos.

En Italo enojado.

En el símbolo del rayo.

—No quiero que nadie más se pierda —dijo finalmente.

Laura no interrumpió.

—A veces siento que si no hago algo… todo se va a romper.

—¿Y tú? —preguntó ella—. ¿Quién evita que tú te rompas?

Matheo sintió los ojos húmedos.

No lloró.

Pero estuvo cerca.

—Extraño a mi mamá —dijo bajito.

Y esa fue la frase más honesta que había dicho en días.

Cuando salieron, el abuelo no preguntó detalles.

Solo puso su mano en el hombro de Matheo.

—Hablar ayuda.

Matheo asintió.

No se sentía débil.

Se sentía… un poco más liviano.

Esa noche, volvió a mirar la foto.

La cancha San Martín.

Eso era importante.

Pero ahora sabía algo más importante todavía:

No tenía que resolver todo solo.

Mientras tanto, en otra parte del barrio, Pedro discutía con un amigo.

—Alguien nos tomó una foto —dijo.

—¿Quién?

Pedro apretó los dientes.

—Un niño.

Y por primera vez, la situación empezó a salirse de su control.



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En el texto hay: familia, amistad, misterio y crecimiento

Editado: 06.03.2026

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