Entre Tornillos y Secretos

LA CANCHA DEL RAYO

CAPÍTULO 12

La cancha del rayo

El sábado por la tarde, el barrio estaba lleno de ruido.

Niños jugando, perros ladrando, música saliendo de algunas ventanas abiertas.

La cancha San Martín quedaba a tres cuadras del taller. Era pequeña, con una malla metálica alrededor y murales pintados por chicos del barrio.

Uno de esos murales tenía un sol grande, amarillo.

El mismo sol que aparecía en la foto.

Matheo lo reconoció al instante.

—Es aquí —dijo en voz baja.

Valeria estaba a su lado.

—No podemos entrar como si estuviéramos investigando algo —susurró ella—. Solo somos niños que vienen a jugar.

Gabir caminaba junto a ellos, sosteniendo su carrito rojo.

—Sol —dijo señalando el mural.

—Sí, Gabir —respondió Matheo—. Aquí viste el sol en la foto.

Gabir sonrió levemente.

Había un grupo de chicos jugando fútbol.

Pedro no estaba.

Eso tranquilizó un poco a Matheo.

—Vamos a sentarnos primero —dijo Valeria.

Se sentaron en una de las gradas bajas.

Matheo miraba alrededor intentando que pareciera casual.

Entonces lo vio.

En una esquina de la malla, casi escondido, había una pequeña calcomanía del rayo.

No era grande.

No era llamativa.

Pero estaba ahí.

Como una marca secreta.

—Valeria… —murmuró.

Ella siguió su mirada.

—Es el mismo símbolo.

Gabir se levantó y caminó hacia la malla.

Tocó la calcomanía con el dedo.

Luego miró alrededor.

Se quedó quieto.

Muy quieto.

Observando, Como si estuviera armando algo en su cabeza.

Un chico mayor llegó con una mochila negra.

Se sentó en la banca más alejada.

Gabir lo miró fijo.

—Moto —dijo.

Matheo frunció el ceño.

—No hay moto aquí, Gabir.

Pero entonces el chico abrió la mochila.

Y sacó un casco.

Negro.

Con un pequeño rayo dibujado en un costado.

No era exactamente igual al de la moto.

Pero era parecido, demasiado parecido, Valeria se tensó.

—No mires mucho.

Gabir caminó hacia Matheo y le jaló la manga.

—Rayo. Mochila.

Matheo entendió.

Gabir no solo había visto el fondo de la foto.

Ahora estaba conectando objetos.

El chico mayor empezó a hablar con otros adolescentes.

Reían, parecía algo normal pero cada tanto miraban hacia la esquina de la cancha Como si esperaran algo.

Un balón rodó hasta donde estaba Gabir, un niño pequeño corrió detrás.

—¿Me la pasas?

Gabir dudó un segundo luego pateó el balón suavemente, el niño sonrió y regresó al juego.

Matheo observó eso Y sintió algo claro, Gabir no estaba en peligro.

Estaba en su mundo pero aun así veía cosas que otros no.

—No podemos quedarnos mucho —dijo Valeria.

—Solo un poco más.

De pronto, el chico del casco recibió un mensaje en su celular.

Se levantó.

Y caminó hacia la salida trasera de la cancha la que daba a una calle más solitaria, Gabir volvió a señalar.

—Va.

Era verdad.

Se iba.

Matheo sintió la tentación de seguirlo.

Pero recordó lo que la psicóloga le dijo.

No tenía que cargar todo solo.

Ni hacer cosas impulsivas.

—No —dijo finalmente—. No lo seguimos.

Valeria lo miró sorprendida.

—¿Seguro?

Matheo asintió.

—Ya sabemos que se reúnen aquí. Eso es suficiente por ahora.

Era la primera vez que elegía prudencia en lugar de impulso.

Y eso también era crecer.

Cuando se levantaron para irse, alguien gritó desde la malla.

—¡Eh!

Matheo se congeló era Pedro no estaba dentro de la cancha, estaba al otro lado de la calle observándolos no parecía furioso, parecía… incómodo.

—¿Qué hacen aquí? —preguntó, cruzando los brazos.

—Nada —respondió Matheo—. Solo vinimos a ver el partido.

Pedro miró a Gabir, luego a Valeria, luego a la calcomanía en la malla.

—Este lugar no es para chismosos —dijo no gritó pero el mensaje estaba claro,

Valeria dio un paso atrás, Gabir tomó la mano de Matheo.

—Casa —dijo bajito.

Pedro suspiró, por un segundo, pareció más un chico confundido que un líder de algo.

—No se metan donde no entienden —agregó y se fue.

Caminaron de regreso en silencio.

—Hoy hiciste bien en no seguirlo —dijo Valeria.

Matheo sonrió apenas.

—Estoy intentando no romperme-.

Valeria lo miró diferente más profundo.

—No tienes que ser el héroe siempre.

Gabir caminaba entre ellos, sosteniendo la mano de Matheo,tranquilo , seguro y Matheo entendió algo importante:

No todo se trata de perseguir.

A veces se trata de observar.

Y gracias a Gabir, ahora sabían:

  • La cancha era punto de reunión.
  • El símbolo no era casual.
  • Otros chicos estaban involucrados.
  • Y Pedro sabía que ellos sabían.

La red no era enorme.

Pero sí era real.

Y estaba más cerca de lo que imaginaban.



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En el texto hay: familia, amistad, misterio y crecimiento

Editado: 06.03.2026

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