CAPÍTULO 13
Cuando todo empieza a moverse
El lunes amaneció con una sensación extraña en el barrio.
Como si algo estuviera a punto de pasar.
Matheo no dejó de pensar en la cancha San Martín y en la mirada de Pedro al otro lado de la calle.
No fue una mirada de amenaza.
Fue de advertencia, y eso era peor.
A media mañana, el abuelo José llamó desde el taller.
—¡Matheo!
Su voz no sonaba tranquila.
Matheo corrió.
Una caja de herramientas pequeñas había desaparecido.
No era algo enorme.
Pero no era la primera vez que faltaba algo.
Magaly frunció el ceño.
—Ayer estaba ahí.
No había ventana rota.
No había cerraduras forzadas.
Alguien que conocía el lugar había entrado.
Matheo sintió un frío en la espalda.
No dijo nada.
Pero pensó lo mismo que el abuelo:
Esto ya no era casualidad.
Esa tarde, en la cancha, Pedro no estaba tranquilo.
El chico mayor del casco —al que todos llamaban Leo— hablaba con tono molesto.
—Te dije que vigilaras mejor.
—Solo eran niños —respondió Pedro.
—Los niños hablan.
Pedro bajó la mirada.
—No van a decir nada.
Leo lo observó con desconfianza.
—Más te vale.
Pedro apretó los puños.
No quería quedar como débil.
No quería que lo sacaran del grupo.
Pero por primera vez, empezó a sentirse atrapado.
Esa noche, el teléfono de la casa de la abuela Adriana sonó.
Era Rosario.
Desde España.
El abuelo José había hablado con ella días atrás, preocupado por la actitud de Italo.
—Mamá… —respondió Italo al contestar.
Rosario intentaba sonar firme.
—¿Es verdad que te estás metiendo en problemas?
—No.
—Tu abuelo dice que estás cambiando.
Silencio.
—Estoy bien.
—Hijo, yo sé que estás enojado conmigo.
Eso lo desarmó.
—No estoy enojado —respondió, pero su voz se quebró.
—Me fui para darte un futuro mejor.
—Todos dicen eso.
Rosario guardó silencio unos segundos.
—A veces los adultos también se equivocan en cómo hacen las cosas. Pero nunca me fui porque no te quisiera.
Italo no respondió.
Desde la puerta, la abuela Adriana escuchaba con lágrimas contenidas.
—No quiero perderte —susurró Rosario.
Y esa frase se quedó flotando en el aire.
Al día siguiente, en el colegio, Matheo estaba más callado de lo normal.
Valeria lo notó.
—¿Qué pasó?
—Desaparecieron cosas del taller otra vez.
Ella se sentó a su lado en el recreo.
—¿Crees que fue Pedro?
—No lo sé.
Valeria dudó.
Luego dijo algo que no había dicho antes:
—Me da miedo que te pase algo.
Matheo la miró sorprendido.
—No me va a pasar nada.
Eso no lo decides tú.
El viento movió el cabello de Valeria.
—No quiero que te conviertas en alguien que solo vive preocupado.
Matheo pensó en la psicóloga.
En la pregunta: “¿Quién cuida al que cuida?”
—Estoy intentando no hacerlo solo —respondió.
Valeria sonrió suavemente.
—Entonces no me apartes.
Hubo un silencio cómodo.
De esos que ya no incomodan.
—Gracias por venir a la cancha —dijo él.
—Gracias por no seguir al chico del casco.
Por primera vez, Matheo sintió que no tenía que demostrar que era fuerte.
Podía simplemente ser un niño.
Esa tarde, Pedro pasó frente al taller.
Miró la puerta.
Dudó.
Luego siguió caminando.
No sabía que el abuelo lo había visto desde dentro.
No sabía que Italo lo había visto desde la esquina.
Y no sabía que Matheo empezaba a entender algo:
Pedro no parecía orgulloso.
Parecía presionado.
Y alguien más estaba moviendo las piezas.
Esa noche, Matheo escribió en su cuaderno:
“La cancha no es el centro. Es un punto de reunión.
Pedro no manda.
Alguien más decide.”
Gabir se sentó a su lado.
—Rayo —dijo.
—Sí —respondió Matheo—. Pero el rayo no cae solo.
A veces alguien lo provoca.
Y ahora, todo estaba empezando a moverse.
Pedro estaba presionado.
Italo estaba confundido.
El taller volvió a ser tocado.
Rosario estaba asustada desde otro país.
Y Matheo ya no era solo un observador.
Era parte del juego.
Editado: 06.03.2026