Entre Tornillos y Secretos

LA CALMA QUE NO ERA CALMA

CAPÍTULO 17

La calma que no era calma

Durante una semana, el barrio volvió a parecer el mismo.

La cancha San Martín estaba llena otra vez.

Los niños jugaban fútbol.

Las señoras hablaban en las esquinas.

El taller tenía la puerta azul limpia, sin rayos negros.

Leo ya no se acercaba.

Pedro empezó a pasar por el taller algunas tardes.

Y por primera vez, nadie gritaba.

Todo parecía… resuelto, Pero no lo estaba.

Matheo hacía tareas en la mesa del taller.

Valeria iba después del colegio a ayudarle a ordenar unas cajas viejas.

Italo ya no se quedaba hasta tarde en la cancha.

A veces ayudaba a su abuela Adriana.

A veces se sentaba en la acera con ellos.

No hablaban mucho del tema.

Como si decirlo en voz alta pudiera traerlo de vuelta.

Pedro no entraba del todo al grupo.

Se quedaba cerca.

Observando.

Probando si era seguro estar ahí.

El abuelo José lo trataba con respeto.

Pero firme.

—Lo importante no es equivocarse —le dijo un día—. Es lo que haces después.

Pedro asentía.

Y escuchaba.

Una tarde, Gabir estaba jugando con el celular viejo que usaban solo para música.

De repente, levantó la mirada.

—Rayo.

Matheo frunció el ceño.

—¿Qué cosa?

Gabir señaló la pantalla.

Había una foto abierta.

No la habían tomado ellos.

Era la puerta del taller.

Con el rayo negro.

Pero la imagen no estaba en su galería.

Estaba en “recientes”.

—¿Quién tomó esto? —preguntó Valeria.

El abuelo no sabía nada.

Magaly tampoco.

Pedro se quedó quieto.

—Eso lo subieron a un grupo —dijo bajito.

Silencio.

—¿Qué grupo? —preguntó Italo.

Pedro dudó.

—Uno que no es solo de la cancha.

La falsa calma se resquebrajó un poco.

Muy poco Pero suficiente.

Esa noche, Matheo llamó a su mamá en Italia.

La conexión fallaba un poco.

—Te noto más serio —dijo ella desde la pantalla.

Matheo miró hacia la puerta cerrada de su cuarto.

—Mamá… ¿qué pasa cuando alguien quiere tener poder?

Ella sonrió suavemente.

—Depende. ¿Para qué lo quiere?

—Para que no lo ignoren.

Su mamá tardó en responder.

—A veces las personas hacen ruido cuando tienen miedo de quedarse solas.

Matheo pensó en Leo, pensó en Pedro, Pensó en él mismo.

—No quiero que esto explote —dijo.

—Entonces no lo enfrentes solo —respondió ella—. Y no guardes silencio si algo no está bien, eso se quedó en su mente.

Desde la esquina, Leo miraba el taller.

No se acercaba.

No gritaba.

Pero observaba.

Había visto a Pedro ahí.

Había visto a Italo quedarse.

Y eso no le gustaba.

No porque los extrañara.

Sino porque sentía que estaba perdiendo territorio.

Y alguien que siente que pierde… puede hacer algo más grande para recuperarlo.

El viernes por la noche, cuando cerraron el taller, todo estaba en orden.

Demasiado en orden.

Al día siguiente, algo faltaba.

No era dinero.

No eran herramientas grandes.

Era una caja pequeña.

Una que el abuelo guardaba con documentos antiguos del negocio.

Nada valioso para vender.

Pero importante.

Muy importante.

No había puertas forzadas.

No había ventanas rotas.

Solo la ausencia.

El abuelo respiró profundo.

—Esto ya no es una broma.

Matheo sintió un escalofrío.

No era como antes.

Esto era más calculado.

Más silencioso.

Más inteligente, La falsa calma había terminado.

Pedro estaba pálido.

—Yo no fui.

Y esta vez, nadie pensó que mentía.

Italo miró hacia la cancha.

Leo no estaba jugando.

No estaba en su esquina habitual.

No estaba en ningún lado.

Valeria apretó los puños.

—Esto ya no es para asustar.

Matheo lo entendió.

Alguien quería demostrar que podía entrar sin hacer ruido.

Y eso era más peligroso que cualquier rayo pintado.

La calma había sido solo preparación.

Y lo que venía…

Iba a ser más grande.



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En el texto hay: familia, amistad, misterio y crecimiento

Editado: 06.03.2026

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