Entre Tornillos y Secretos

EL QUE MUEVE LOS HILOS

CAPÍTULO 18

El que mueve los hilos

El taller estaba demasiado ordenado para que hubiera sido un robo improvisado.

El abuelo José revisaba cajones con calma, pero su mandíbula estaba tensa.

—No forzaron nada —repitió.

Matheo se agachó frente a la repisa donde estaba la caja.

—Entonces alguien tenía llave… o sabía cómo entrar.

Pedro tragó saliva.

—Leo no sabe abrir esa puerta sin hacer ruido.

Valeria lo miró.

—¿Cómo sabes?

—Porque lo intentó una vez hace meses… y el candado hizo un ruido horrible.

Silencio , eso cambiaba todo.

Jhosvany se sentó en el escalón del taller.

—Leo habla mucho… pero nunca decide.

Matheo levantó la mirada.

—¿Qué quieres decir?

—Que siempre dice: “El Flaco dijo”, “El Flaco quiere”, “El Flaco necesita”.

Pedro asintió.

—Él no manda. Solo transmite.

El nombre quedó flotando.

El Flaco.

Ese era el verdadero centro.

No Leo.

Leo solo quería poder dentro del grupo.

El Flaco.

Ese era el verdadero centro.

No Leo.

Leo solo quería poder dentro del grupo.

Esa noche, Italo se sentó en la cama con el celular en la mano.

Marcó a su mamá.

Ella contestó desde España, con ruido de fondo.

—Hola, campeón.

Él dudó.

—Mamá… ¿tú confías en mí?

Ella bajó el tono de inmediato.

—Siempre.

Italo respiró hondo.

—Si yo me alejo de alguien porque está haciendo cosas malas… ¿eso es ser cobarde?

Silencio breve.

—No. Eso es tener criterio.

Él miró el techo.

—Pero se siente feo.

—Las decisiones correctas casi siempre se sienten incómodas al principio.

Italo cerró los ojos.

—Hay alguien más grande detrás de todo. No es solo Leo.

—Entonces no te metas solo —respondió ella—. Habla con adultos. No cargues cosas que no son tuyas.

Él asintió, aunque ella no podía verlo.

—Estoy con el abuelo José.

—Entonces estás en buen lugar.

Cuando colgó, algo dentro de él estaba más firme.

No menos asustado, Pero más claro.

Al día siguiente, Valeria estaba revisando el suelo detrás del taller.

No porque jugara a detective.

Sino porque algo le parecía raro.

—Aquí —dijo.

Había marcas de llantas.

Pero no de bicicleta.

Eran más gruesas.

Como de moto.

Pedro se acercó.

—Leo no tiene moto.

Italo miró hacia la esquina.

—Pero el Flaco sí.

Matheo sintió un frío en la espalda.

La moto negra.

No era de Leo.

Era del Flaco.

Leo solo era el puente.

El abuelo revisó mejor qué había dentro de la caja desaparecida.

Documentos antiguos.

Contratos viejos.

Un cuaderno con anotaciones de años atrás.

Nada que un niño usaría.

Nada que Leo entendería.

—Esto no es para molestar —dijo el abuelo en voz baja—. Es para buscar algo.

—¿Qué cosa? —preguntó Matheo.

El abuelo dudó.

—Hace años… tuve un problema con alguien del barrio. Por dinero.

Silencio total.

—¿El Flaco? —susurró Pedro.

El abuelo no respondió directamente.

Pero su silencio fue suficiente.

Valeria cruzó los brazos.

—Entonces Leo no es el problema.

—Es parte —dijo Matheo—. Pero no es el jefe.

Pedro miró al suelo.

—Leo cree que es importante… pero solo lo están usando.

Eso dolía más.

Porque Pedro sabía lo que era sentirse usado.

Esa tarde, la moto negra pasó despacio frente al taller.

No se detuvo.

Pero pasó.

Matheo la vio desde la ventana.

No pudo ver el rostro completo.

Solo una silueta delgada.

Observando.

No era una guerra de niños.

Era algo más grande.

Y por primera vez, Matheo entendió que estaban entrando en terreno que ya no era solo suyo.

Valeria le tocó el brazo.

—No estamos solos.

Y tenía razón.

Pero el juego había cambiado.

Leo no era el rey.

Solo era una pieza.

Y ahora tenían que descubrir quién movía realmente el tablero.



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En el texto hay: familia, amistad, misterio y crecimiento

Editado: 06.03.2026

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