Entre Tornillos y Secretos

EL ERROR DE LEO

Capítulo 24 – El error de Leo

La noche había caído lentamente sobre el barrio.

Las luces amarillas de los postes comenzaban a encenderse una por una mientras las calles quedaban cada vez más silenciosas. Desde la ventana de su habitación, Matheo miraba hacia afuera con la sensación incómoda de que algo estaba por suceder.

No sabía exactamente qué.

Pero lo sentía.

El teléfono vibró sobre su escritorio.

Matheo lo tomó rápido.

Era un mensaje de Pedro.

"Leo está en el taller."

Matheo se quedó mirando la pantalla unos segundos.

El taller.

El mismo taller viejo del que habían estado hablando durante días.

El lugar que parecía estar conectado con el Flaco.

Sin pensarlo demasiado, Matheo llamó a Valeria.

—¿Hola? —contestó ella en voz baja.

—Pedro me escribió —dijo Matheo—. Leo está en el taller.

Hubo un pequeño silencio.

—Matheo… —respondió Valeria— eso no suena bien.

—Lo sé.

—¿Y qué piensas hacer?

Matheo miró nuevamente la calle desde la ventana. El barrio parecía tranquilo, pero esa tranquilidad se sentía falsa.

—Quiero ver qué está pasando.

—¿Ir hasta allá?

—Solo mirar —dijo Matheo rápido—. No vamos a hacer nada.

Valeria suspiró.

—Eso dijiste la última vez también.

Aun así, diez minutos después estaban caminando por la calle oscura hacia el parque donde Pedro los esperaba.

Pedro estaba sentado en un banco, moviendo nerviosamente el pie.

—Pensé que no vendrían —dijo cuando los vio.

—¿Estás seguro de que Leo está ahí? —preguntó Valeria.

Pedro asintió.

—Lo vi entrar hace como quince minutos.

Matheo miró hacia la dirección del viejo taller.

El edificio se veía oscuro… excepto por una luz que brillaba dentro.

—Vamos —dijo Matheo.

Caminaron despacio hasta quedar cerca del lugar. Se escondieron detrás de unos árboles desde donde podían ver la puerta del taller.

La luz seguía encendida.

De pronto, escucharon voces.

Una era Leo.

La otra… más grave.

—Te dije que podía hacerlo —decía Leo con un tono tenso.

—Hablar es fácil —respondió la otra voz—. Demuéstralo.

Matheo sintió un escalofrío.

—Ese debe ser… —susurró Valeria.

—El Flaco —terminó Pedro.

Los chicos guardaron silencio.

Dentro del taller se escuchó un golpe metálico.

Luego pasos.

La puerta se abrió.

Leo salió cargando una caja de madera.

Parecía pesada.

—Ahí está —susurró Pedro—. Los documentos.

Pero justo cuando Leo bajó los escalones del taller, algo ocurrió.

Leo levantó la cabeza.

Había visto movimiento.

Entre los árboles.

Los chicos.

El silencio cayó de golpe.

Leo se quedó mirándolos.

Sus ojos se abrieron con sorpresa… y algo más.

Miedo.

—¿Qué hacen aquí? —preguntó en voz baja, pero furiosa.

Pedro salió lentamente de detrás del árbol.

—Leo… cálmate.

Leo miró la caja que tenía en las manos.

—¿Me estuvieron siguiendo?

—No —dijo Matheo—. Solo queríamos entender qué está pasando.

Leo apretó los dientes.

—No deberían estar aquí.

—Tú tampoco —respondió Pedro.

Por un momento nadie habló.

Entonces Leo dijo algo que no debía decir.

—Si el Flaco descubre que los vi… estamos todos en problemas.

Los tres chicos se miraron.

Matheo frunció el ceño.

—¿Que los viste?

Leo se quedó congelado.

Había hablado demasiado.

Dentro del taller se escucharon pasos.

Lentos.

Pesados.

Alguien venía hacia la puerta.

Pedro susurró:

—Ese es el Flaco.

Leo reaccionó rápido.

Cerró la caja con fuerza.

—Corran.



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En el texto hay: familia, amistad, misterio y crecimiento

Editado: 06.03.2026

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