Entre Trazos Y Encuadres

capitulo 1

El sol no era común en Brighton.
Por eso, cuando los rayos se filtraron entre las cortinas color crema e iluminaron directamente el rostro de Amelia Ross, el despertar fue más una caricia inesperada que una molestia. La luz dibujaba líneas doradas sobre las paredes claras de su habitación, avanzando lentamente hasta alcanzar los marcos llenos de bocetos colgados frente a su cama.

Amelia abrió los ojos despacio.

Durante unos segundos no se movió. Se quedó observando el techo blanco, todavía atrapada en ese espacio indefinido entre el sueño y la realidad. Afuera, el sonido lejano de una gaviota rompía el silencio de la mañana. Luego vinieron las pisadas. Rápidas. Desordenadas. Imposibles de ignorar.

-¡Mateo, es mío!-

-¡No, mamá dijo que hoy me toca a mí!-

Las voces agudas de los mellizos atravesaron el pasillo como una pequeña tormenta doméstica. Amelia dejó escapar una sonrisa apenas visible. Cerró los ojos otra vez, como si intentara robarle cinco minutos más al día, pero sabía que era inútil. Los pasos se acercaron al salón, algo cayó al suelo, una risa, luego otra.

Amelia finalmente se incorporó.

El sol iluminó su cabello negro, suelto y ligeramente desordenado contra la almohada, su piel pálida contrastaba con la calidez inusual de la mañana, se pasó una mano por el rostro y suspiró, obligándose a abandonar la comodidad de las sábanas. Su habitación era pequeña pero personal, había lienzos apoyados contra la pared, algunos terminados y otros apenas comenzados, una silla con ropa cuidadosamente doblada la noche anterior, una mesa de luz con una libreta abierta y un lápiz descansando sobre ella, como si hubiera sido interrumpida en medio de una idea.

Amelia apoyó los pies en el suelo frío y caminó hasta la ventana.

Brighton despertaba lentamente, desde su segundo piso podía ver las casas alineadas, el cielo despejado -algo que apreciaba ver- y la promesa lejana del mar.

Respiró hondo,otro día.

Se dirigió al baño, se lavó el rostro con agua fría y se miró al espejo. Sus ojos negros, iguales a los de su padre, la observaron con una mezcla de determinación y cansancio suave, ató su cabello en una coleta baja y se colocó un suéter amplio color gris claro junto con unos jeans cómodos.

Amelia no necesitaba demasiado para sentirse lista.

Cuando bajó las escaleras, el aroma del té recién hecho y tostadas calientes la recibió antes que cualquier palabra.

La cocina estaba viva.

Su madre se movía con rapidez medida entre la encimera y la tostadora, con el cabello recogido en un moño improvisado, vestía su uniforme sencillo de trabajo y tenía esa expresión concentrada que siempre llevaba antes de salir a limpiar casas ajenas. El padre de Amelia estaba de pie junto a la mesa, ajustándose el reloj en la muñeca mientras terminaba su taza de té. Alto, serio, con los mismos ojos oscuros que su hija mayor, tenía esa presencia firme que llenaba el espacio sin necesidad de elevar la voz.

En la mesa, Mateo y Erick estaban sentados uno frente al otro, con las piernas colgando y balanceándose impacientes. Sus cabellos marrón oscuro caían en mechones rebeldes sobre sus frentes bronceadas, tan distintos físicamente de Amelia y tan parecidos a su madre.

-Buenos días - Dijo Amelia con voz aún suave.

Los mellizos levantaron la vista al mismo tiempo.

-¡Amelia! - Exclamaron casi al unísono.

Mateo fue el primero en levantarse y abrazarla por la cintura, Erick lo imitó segundos después, aplastándola entre los dos con entusiasmo desmedido.

-Cuidado, chicos -rió su madre sin dejar de moverse.

-Déjenla respirar-

Amelia los abrazó de vuelta, apoyando la mejilla sobre la cabeza de uno de ellos. Ese momento breve, caótico y cálido, era lo más parecido a la perfección que conocía.

-¿Dormiste bien? -preguntó su padre, mirándola por encima del borde de la taza.

-Sí -respondió ella.

-Por fin salió el sol-

-No te acostumbres -murmuró él con una media sonrisa.

Amelia tomó asiento en la mesa justo cuando su madre colocaba frente a ella una taza humeante.

-Gracias, mamá-

-Tenés clase hoy temprano, ¿verdad? -preguntó su madre, sirviendo más tostadas.

-A las diez, tengo que avanzar con el proyecto final-

Su madre asintió con orgullo silencioso.

El proyecto final, ultimo año, ultimos meses, la palabra "último" flotó un instante en el aire, invisible pero presente.

Mateo comenzó a contar algo sobre un partido en la escuela, interrumpido constantemente por Erick que insistía en corregir cada detalle. Amelia los escuchaba mientras untaba mantequilla sobre la tostada, observándolos con una atención tranquila, memorizar momentos se había vuelto casi un hábito inconsciente para ella. La risa de sus hermanos, el sonido del reloj en la pared, la forma en que su padre doblaba cuidadosamente el periódico antes de levantarse, la manera en que su madre siempre revisaba dos veces que llevaran todo en sus mochilas.

Eran escenas simples.

Pero Amelia sabía que ahí estaba todo.

-Nos vamos -anunció su padre, tomando las llaves del perchero.

Los mellizos saltaron de sus sillas, besos rápidos, mochilas mal cerradas y un último sorbo de té.
Antes de salir, su padre apoyó una mano en el hombro de Amelia.

-No te quedes hasta muy tarde en la universidad.

Ella asintió.

La puerta principal se cerró con un sonido firme, y la casa quedó en una calma distinta, su madre comenzó a recoger los platos.

-¿Seguro que estás bien con todo lo de la entrega? -preguntó sin mirarla directamente.

Amelia dudó apenas un segundo.

-Sí, mamá. Estoy bien-

Era su respuesta automática. Siempre lo estaba.

Su madre se acercó y acomodó un mechón suelto detrás de su oreja, como hacía desde que era niña.

-Estoy orgullosa de vos-

Amelia sintió algo apretarse suavemente en su pecho.

-Gracias-




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