Desperté cuando escuché la puerta cerrarse.
No fue un golpe fuerte, fue ese sonido firme pero cotidiano que hace mamá cada mañana antes de irse a trabajar. Durante unos segundos me quedé quieta, mirando el techo, tratando de adivinar la hora por la luz que se filtraba entre las cortinas, el lado izquierdo de mi cama estaba tibio por el sol. Brighton seguía sorprendiendo con estos días claros que parecían prestados.
Me giré hacia la mesa de luz. 9:17 a.m Viernes.
No tenía clases.
Escuché el silencio de la casa y supe que ya se habían ido todos, papá seguramente había salido temprano, los mellizos estarían en la escuela. Mamá limpiando alguna casa que no era la nuestra, la tranquilidad era extraña, hermosa, pero extraña. Me quedé unos minutos más acostada, dejando que el sol me calentara la cara, a veces siento que los días empiezan demasiado rápido y yo todavía no estoy lista para alcanzarlos.
Finalmente me levanté.
El piso estaba frío, caminé hasta la ventana y la abrí un poco, el aire tenía olor a sal, siempre me gustó pensar que Brighton respira océano incluso cuando no lo notamos. Fui hasta mi escritorio, prendí el pequeño parlante y busqué una lista de reproducción tranquila, piano suave, algo instrumental, música que no pide atención, solo acompaña. Mi habitación necesitaba orden, había pinceles dentro de tazas, hojas dobladas, tubos de pintura abiertos y papeles con ideas a medio empezar, me até el cabello en un rodete alto y me arremangué el suéter.
Ordenar siempre me calma.
Empecé por los pinceles, los lavé uno por uno en el pequeño recipiente que tengo en el baño, el agua se tiñó de gris y azul, después acomodé los frascos de acrílico por tonos, como si eso pudiera poner en orden algo más que colores. Encontré bocetos viejos debajo de la cama, algunos eran buenos, otros… no tanto. Me senté en el suelo con una pila de hojas y empecé a revisarlas, rostros sin terminar, manos, olas, fragmentos de ideas que en su momento me parecieron brillantes.
Tomé una hoja arrugada y la miré un rato largo antes de romperla, no por odio, solo porque ya no era yo. A veces siento que dibujo versiones de mí que todavía no entiendo, el piano seguía sonando de fondo mientras hacía pequeñas pilas: “guardar”, “revisar después”, “tirar”. El sol avanzó por la habitación, moviéndose lento por la pared hasta alcanzar el espejo. Me levanté, sacudí el polvo de los estantes y cambié las sábanas, abrí el armario y doblé la ropa que había dejado mal acomodada durante la semana, me gusta que mi cuarto esté limpio, es el único espacio que es completamente mío.
Alrededor del mediodía bajé a la cocina.
El silencio ya no era tan agradable,era más bien amplio, abrí la heladera y revisé lo que había, decidí preparar algo sencillo: pasta con salsa de tomate y verduras. Mamá siempre vuelve con hambre y cansancio; me gusta que encuentre la comida lista. Mientras cortaba cebolla pensé en la fiesta del sábado, Lilah seguramente ya tenía todo planeado, música, gente, ropa. No soy la persona más sociable del mundo, pero la idea de la playa en otoño… eso sí me atrae; El agua comenzó a hervir, moví la salsa con la cuchara de madera y apoyé la espalda contra la mesada por un momento.
A veces siento que mi vida es esto.
Cuidar. Ordenar. Preparar.
Y no lo digo con tristeza, es solo… lo que soy. Escuché la puerta abrirse cerca de la una.
-¿Amelia? -la voz de mamá llegó desde la entrada.
-En la cocina -respondí.
Ella apareció segundos después, quitándose el abrigo.
-Huele delicioso-
Sonreí.
-Pensé que tendrías hambre-
Se acercó y me dio un beso en la frente, algo que todavía hace aunque ya no sea una niña.
-Gracias, cariño-
Almorzamos juntas en la mesa pequeña, me contó sobre la casa en la que estuvo limpiando, sobre una señora que siempre deja las tazas fuera de lugar y sobre cómo el clima está confundiendo a todos este año. Yo la escuchaba, asintiendo, sirviéndole más agua cuando su vaso quedaba vacío.
-¿Y tú? -preguntó de pronto.
-¿Qué hiciste hoy?-
-Ordené mi cuarto, tiré muchas cosas viejas-
-Eso es bueno -dijo ella.
- A veces hay que hacer espacio-
No sé por qué esa frase se quedó resonando en mi cabeza.
Hacer espacio.
Cerca de las tres escuchamos voces afuera y luego pasos apresurados. La puerta se abrió con más energía que por la mañana.
-¡Ya llegamos! -gritó Mateo.
Erick entró detrás de él, hablando al mismo tiempo, papá cerró la puerta y dejó las llaves en el perchero.
-Hola, familia- dijo con esa voz grave que siempre me resulta reconfortante.
Me levanté de la mesa y fui a abrazar a los mellizos primero, venían llenos de historias que necesitaban contar de inmediato. Después abracé a papá, olía a aire frío y a calle.
-¿Descansaste bien? -me preguntó.
-Sí. Hoy no tenía clases-
Asintió con aprobación tranquila, los mellizos corrieron hacia la sala y encendieron la televisión, mamá empezó a recoger los platos, papá se sentó en su sillón habitual, estirando las piernas con un suspiro leve, los observé a todos un momento. La casa volvió a llenarse de ruido, de movimiento, de vida, y mientras los miraba, pensé que quizás el mundo afuera podía esperar un poco más. después de almorzar, la casa quedó en esa calma rara que aparece los viernes por la tarde. Los mellizos estaban en el suelo del salón armando algo con bloques que, según ellos, era “una base secreta”, mamá lavaba los últimos platos y papá hojeaba el periódico con los lentes apenas apoyados en la punta de la nariz.
Me quedé de pie unos segundos en la cocina, apoyando las manos sobre el respaldo de una silla, sentí ese cosquilleo en el estómago que aparece cuando una pregunta parece más grande de lo que realmente es.
-Mamá… -empecé.
Ella levantó la vista.
-¿Sí, cariño?-
Papá también bajó el periódico, atento.
-Mañana… hay una fiesta en la playa, por el comienzo del otoño, es algo de la universidad-