La casa de Lilah siempre olía a algo dulce,vainilla, canela, o una mezcla rara que nunca supe identificar, pero que me hacía sentir bienvenida apenas cruzaba la puerta.
-¡Llegaste! -dijo apenas me vio, apareciendo desde el pasillo con una toalla en la cabeza y el delineador en la mano.
-Dije que iba a venir -respondí, dejándome caer en el sillón del living.
Ella rodó los ojos.
-Sí, pero contigo nunca se sabe-
Subimos a su habitación, era un caos organizado: ropa sobre la cama, zapatos desparramados en el suelo, maquillaje abierto sobre el escritorio. La ventana estaba abierta y entraba el aire frío de la tarde, moviendo las cortinas claras.Yo ya estaba lista, o menos, lista a mi manera, me había acomodado un poco el cabello, dejándolo suelto con ondas suaves, y me había puesto una remera oversize color crema con unos pantalones cómodos, nada exagerado, nada que llamara demasiado la atención.
Lilah me miró de arriba abajo apenas entré, frunció el ceño.
-No-
-¿No qué? -pregunté, sentándome en la cama.
-No vas a ir así-
-Claro que sí -respondí- Es una fiesta en la playa, hace frío, esto es cómodo-
-Amelia -dijo, girándose lentamente hacia mí- Es la fiesta del otoño-
-Sigue siendo una playa-
-Y vos sigues siendo insoportablemente práctica-
Sonreí.
-Alguien tiene que serlo-
Lilah dejó lo que estaba haciendo y fue directo a su armario. abrió las puertas con decisión y empezó a mover perchas.
-Ni lo sueñes -le advertí- No me voy a poner un vestido-
-Sí, lo vas a hacer-
-No-
-Sí-
-Lilah-
Sacó un vestido y lo sostuvo frente a mí como si fuera una revelación.
-Este-
Lo miré, era amarillo, con flores naranjas pequeñas, suelto, de tela liviana, tenía esa vibra otoñal que ella siempre veía y yo siempre evitaba.
-Es muy llamativo -dije.
-Es precioso-
-No es yo-
Lilah suspiró exageradamente y se sentó frente a mí.
-Escuchame, no te estoy diciendo que te disfraces, te estoy diciendo que te dejes ver.
Me crucé de brazos.
-No necesito un vestido para eso-
-No -admitió- Pero ayuda-
Hubo un pequeño silencio, afuera, el viento sacudió suavemente las ramas de un árbol.
-Además -añadió- no siempre te das permiso para sentirte linda-
Eso fue un golpe bajo.
-Eso no es verdad -murmuré.
-Lo es -dijo con suavidad- Y está bien, pero hoy… probemos algo distinto-
Miré el vestido otra vez.
Pensé en la playa.
En el atardecer.
En que, por una vez, tal vez no pasaba nada si no elegía lo más seguro.
-Solo si hace frío, me pongo algo encima -dije finalmente.
Lilah sonrió como si hubiera ganado una guerra.
-Trato hecho-
Me levanté y tomé el vestido, fui al baño y me lo puse sin mirarme demasiado al espejo al principio, la tela cayó suave sobre mi cuerpo, ligera, no apretaba, no me incomodaba. Respiré hondo y levanté la vista, el amarillo resaltaba contra mi piel pálida, las flores naranjas parecían pequeñas llamaradas suaves, el vestido se movía conmigo cuando giraba apenas.
Salí del baño.
Lilah abrió la boca.
-Amelia…-
-No digas nada -le advertí.
-Te queda hermoso-
Me encogí de hombros, incómoda pero… no infeliz.
-No es tan grave -admití.
-Nunca lo es -respondió ella- Solo te cuesta verlo-
Me acomodé el cabello frente al espejo y añadí un abrigo liviano, un toque mínimo de brillo en los labios, nada más, seguía siendo yo, pero una versión distinta. Cuando estuvimos listas, Lilah apagó la luz de su habitación y bajamos las escaleras, antes de salir, me miré una última vez en el reflejo de la puerta, no sabía qué iba a pasar esa noche, pero por primera vez en mucho tiempo, no sentía ganas de esconderme.
El viento fue lo primero que sentí cuando bajamos hacia la playa, ese viento frío y salado que te despeina aunque hayas intentado arreglarte durante media hora, Lilah caminaba a mi lado con energía eléctrica, mientras yo sostenía el abrigo cerrado con una mano para que el vestido no volara demasiado. La arena estaba más fría de lo que esperaba, desde arriba ya se veían las luces, algunas fogatas pequeñas comenzaban a encenderse, grupos dispersos se reunían en círculos, y la música —todavía suave— se mezclaba con el sonido constante del mar rompiendo contra la orilla.
Brighton en otoño tenía un color distinto, el cielo estaba pintado en tonos naranjas y rosados que parecían irreales, por un momento pensé que alguien como Turner habría amado ese instante.
-¡Ahí están! -dijo Lilah, señalando hacia la izquierda.
Oliver fue el primero en vernos.
-¡Por fin! -gritó, levantando los brazos como si hubiéramos llegado tarde a algo importante.
Grace estaba sentada sobre una manta gruesa, con una bufanda enorme alrededor del cuello, nos hizo espacio a su lado.
-Sabía que vendrías -me dijo apenas me senté.
-Yo no estaba tan segura -admití.
Lilah me miró con superioridad silenciosa.
Alrededor nuestro, la playa comenzaba a llenarse más, reconocí caras de literatura, algunos chicos de música que había visto tocando en el campus, y otros de carreras que solo conocía de cruzarlos en los pasillos. Había risas más fuertes de lo habitual, saludos exagerados, abrazos largos, vi también muchos rostros que no me resultaban familiares en absoluto, y eso me hizo sentir pequeña por un segundo, no incómoda, solo… consciente.
-Va a venir más gente -comentó Oliver- Dicen que los de cinematografía estaban organizando algo con luces-
Le di poca importancia en ese momento, la palabra pasó por mí sin quedarse, el sol comenzaba a bajar más rápido ahora, la línea del horizonte se volvió más intensa, como si alguien hubiera subido la saturación del mundo. Nos sentamos todos mirando hacia el mar, el ruido alrededor parecía alejarse cuando el cielo empezó a cambiar de verdad, las conversaciones se volvieron más suaves, como si nadie quisiera interrumpir el espectáculo silencioso. Apoyé las manos en la arena, fría, húmeda, sentí el vestido moverse con el viento, la tela rozando mis piernas, por primera vez desde que llegué, dejé de pensar en cómo me veía, solo miré.