Entre Tu Mundo y el Mío

✨Capítulo 4

Donde no debía estar

Sair Montenegro

Nunca pensé que una conversación tan corta pudiera dejarme así.
Como si me hubiera quitado una máscara y no supiera cómo volver a ponérmela.

Caminé por los pasillos en silencio, con los cascos colgando del cuello y las manos en los bolsillos.
No puse música.
No me hacía falta.
La voz de Miranya Duarte seguía repitiéndose en mi cabeza como un eco imposible de apagar.

“Tu apellido puede pesar… pero no es una sentencia.”

Nadie me había dicho algo así.
Nadie había hablado de mí como si pudiera ser otra cosa.
Como si no tuviera que encajar siempre.
Como si pudiera simplemente ser.

No sé cuánto tiempo estuve caminando.
Sé que estaba oscuro ya.
Y sé que me estaba acercando a donde no quería volver… pero tenía que hacerlo.

Sofía me esperaba en el auto.
Sentada en el asiento del copiloto, con los brazos cruzados y la paciencia dibujada en los labios.
Eso era lo que más miedo me daba de ella: nunca explota. Solo sonríe… como quien ya sabe que ganará.

Abrí la puerta y entré.

—¿Dónde estabas? —preguntó, sin rodeos.

—En la biblioteca —respondí sin pensar.

—¿En serio? ¿En la biblioteca antigua?

Volteé a mirarla.
Claro que sabía.
Sofía sabe todo lo que pasa en esta escuela.
Tiene ojos hasta en los casilleros.

—Sí. Estaba trabajando en el proyecto con Miranya Duarte.

Le dije el nombre con intención.
Directo. Sin adornos.

Ella giró lentamente la cabeza.
Su rostro no se alteró.
Pero su tono… cambió.

—¿Esa chica?

—Esa chica —afirmé.

Un segundo de silencio.
Dos.

—Pensé que ibas a pedirle al profesor que te cambiara de compañera.
—No lo hice.

Ella se quedó mirándome.
Podía sentir su mente moviendo fichas.
Sofía nunca ataca de frente.
No necesita gritar para romperte.

—Espero que no estés confundiendo la novedad con el interés —dijo finalmente, como si hablara de una tarea mal hecha.

—No estoy confundido —respondí, sin saber si era verdad.

Ella me sonrió.
Fría.
Hermosa.
Peligrosa.

—Bueno… tampoco sería la primera becada que cree que puede aspirar a más de lo que le corresponde.

Y ahí fue.
Ahí lo dijo.
Y sentí algo en mí tensarse.
No por mí.
Por ella.
Por Miranya.
Porque nadie tiene derecho a reducirla a una “becada” como si no valiera.

Pero no dije nada.
Aún no.
Porque estaba aprendiendo a sentir antes de estallar.
Porque estaba empezando a entender que defenderla… era empezar a defenderme a mí mismo.

En el camino a casa, Sofía hablaba de su vestido para el evento del sábado.
Yo solo pensaba en el silencio de la biblioteca.
En el calor tenue de la luz entrando por los vitrales.
En la voz de Miranya cuando no trataba de impresionar a nadie.

Y supe, sin necesidad de más pruebas,
que había estado donde no debía estar…
pero donde por primera vez, quería estar.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.