Había días que parecían exactamente iguales a los demás.
El mismo cielo gris de las mañanas, las mismas calles llenas de gente caminando deprisa, los mismos autobuses pasando con el ruido de siempre y las mismas conversaciones que se olvidaban apenas unos minutos después.
Pero aquel día no sería igual.
Aunque ella todavía no lo sabía.
Clara caminaba hacia el instituto con los auriculares puestos y la mochila colgada de un solo hombro. Había salido de casa con demasiada prisa y apenas había tenido tiempo de desayunar. Su madre le había gritado desde la cocina que se llevara algo para comer, pero Clara solo había respondido con un rápido:
—Luego.
Ahora, mientras caminaba, se arrepentía.
Tenía hambre.
Muchísima.
—Genial —murmuró mientras miraba la hora en su teléfono—. Otra vez voy a llegar tarde.
Aceleró el paso.
El viento de aquella mañana movía suavemente las hojas de los árboles y hacía que algunos papeles abandonados en la acera volaran de un lado a otro. Clara intentó sujetarse el cabello, pero justo en ese momento alguien pasó corriendo a su lado y chocó accidentalmente con ella.
Su teléfono cayó al suelo.
—¡Eh!
Clara se quitó los auriculares rápidamente.
—Perdón, perdón —dijo una voz masculina.
El chico se detuvo unos metros más adelante y regresó corriendo.
Clara se agachó para recoger su teléfono al mismo tiempo que él.
Sus manos estuvieron a punto de tocarse.
Los dos se detuvieron.
Durante un segundo, ninguno dijo nada.
Clara levantó la mirada.
Y lo vio.
No lo había visto antes.
Era un chico de su edad, aproximadamente. Llevaba una sudadera oscura, unos vaqueros y una mochila que parecía demasiado pesada. Tenía el cabello algo despeinado, como si hubiera salido de casa con prisas.
Pero lo que más llamó la atención de Clara fueron sus ojos.
No sabía por qué.
Quizá porque la estaban mirando directamente.
—¿Está bien? —preguntó él.
Clara tomó el teléfono.
—Sí.
—¿Seguro?
—Sí.
—Entonces... menos mal.
Él sonrió ligeramente.
Clara bajó la mirada.
—No pasa nada.
—De verdad, lo siento.
—Ya está.
El chico asintió.
Durante un instante pareció que iba a decir algo más, pero finalmente miró hacia el instituto.
—¿También vas allí?
Clara siguió su mirada.
—Sí.
—Yo también.
—No te había visto nunca.
—Porque soy nuevo.
Aquella respuesta hizo que Clara levantara una ceja.
—Ah.
—¿"Ah"?
—No sé qué quieres que diga.
Él soltó una pequeña risa.
—Nada. Supongo que "bienvenido" estaría bien.
Clara sonrió sin querer.
—Bienvenido.
—Gracias.
Y entonces sonó el timbre.
Clara abrió mucho los ojos.
—¡No!
Salió corriendo.
—¡Espera! —gritó él detrás.
Pero Clara ya estaba cruzando la puerta.
No sabía quién era.
No sabía su nombre.
Y, sinceramente, pensaba que probablemente no volvería a verlo.
Estaba equivocada.
La primera clase era Historia.
Clara entró al aula intentando no llamar demasiado la atención.
—Buenos días —dijo la profesora.
—Buenos días —respondieron varios alumnos al mismo tiempo.
Clara caminó hasta su sitio.
Su mejor amiga, Laura, la estaba esperando.
—Llegas tarde.
—Lo sé.
—Otra vez.
—Lo sé.
—¿Qué pasó?
Clara dejó la mochila junto a la mesa.
—Un chico chocó conmigo.
Laura abrió los ojos.
—¿Un chico?
—Sí.
—¿Guapo?
Clara la miró.
—No sé.
—Eso significa que sí.
—Eso significa que no me fijé.
Laura sonrió.
—Claro.
—De verdad.
—Vale, vale.
La profesora comenzó a explicar el tema del día y las dos dejaron de hablar.
Durante unos minutos, todo volvió a la normalidad.
Hasta que alguien llamó a la puerta.
La profesora se detuvo.
—Adelante.
La puerta se abrió.
Clara levantó la mirada.
Y casi dejó caer el bolígrafo.
Era él.
El chico de la calle.
El nuevo.
La profesora sonrió.
—Tú debes ser Daniel.
Él asintió.
—Sí.
—Llegas un poco tarde.
—Lo siento.
—No pasa nada. Puedes sentarte allí.
La profesora señaló un asiento vacío.
Justo detrás de Clara.
Laura miró a Clara.
Clara miró a Laura.
Laura sonrió.
Clara negó con la cabeza.
Daniel caminó hasta su sitio.
Cuando pasó junto a Clara, murmuró:
—Hola otra vez.
Clara respondió en voz baja:
—Hola.
Y sintió algo extraño.
No era amor.
Ni siquiera sabía quién era.
Era simplemente esa sensación de que algo acababa de empezar.
Durante el resto de la clase, Clara intentó concentrarse.
Lo intentó de verdad.
Pero detrás de ella se escuchaba el sonido de un bolígrafo golpeando suavemente contra la mesa.
Tac.
Tac.
Tac.
Finalmente, Clara se giró.
—¿Puedes parar?
Daniel levantó la vista.
—¿Qué?
—Eso.
—¿Esto?
Volvió a golpear el bolígrafo.
Tac.
Clara lo miró seriamente.
Él sonrió.
—Perdón.
—Gracias.
Clara volvió a mirar hacia delante.
Cinco segundos después:
Tac.
Se giró otra vez.
Daniel estaba intentando no reírse.
—Eres insoportable.
—Acabas de conocerme.
—Y ya tengo una opinión.
—¿Buena o mala?
Clara pensó unos segundos.
—Todavía no lo sé.
—Entonces tengo posibilidades.
Clara no pudo evitar sonreír.
—Concéntrate en la clase.
—Sí, señora.
Ella puso los ojos en blanco.
Cuando llegó el recreo, Clara y Laura se sentaron en una de las mesas del patio.
Laura abrió su bocadillo.
—Entonces.
—¿Entonces qué?
—Daniel.
Clara suspiró.