Capítulo 7: No fue casualidad
Clara no pudo dormir aquella noche.
La frase seguía en su cabeza.
"No fue casualidad que os conocierais."
Había leído la nota tantas veces que ya podía repetirla de memoria.
La dejó sobre el escritorio y se alejó unos pasos.
Quería pensar con claridad.
Pero cuanto más pensaba, más preguntas aparecían.
¿Quién había dejado el sobre?
¿Cómo sabía que ella y Daniel se habían conocido?
¿Desde cuándo los estaban observando?
Y la pregunta que más miedo le daba:
¿Daniel sabía algo?
Clara tomó el teléfono.
Abrió la conversación con él.
Escribió:
Clara: ¿Sabías que alguien nos estaba siguiendo?
Lo borró.
Volvió a escribir.
Clara: Tenemos que hablar.
Lo volvió a borrar.
Finalmente decidió esperar hasta el día siguiente.
Pero justo cuando dejó el teléfono sobre la mesa, recibió un mensaje.
Daniel: ¿Sigues despierta?
Clara sonrió a pesar de todo.
Clara: Sí.
Daniel: Yo también.
Clara: No puedo dejar de pensar en todo esto.
Daniel: Yo tampoco.
Pasaron unos segundos.
Daniel: Hay algo que tengo que contarte.
Clara sintió un nudo en el estómago.
Clara: ¿Qué?
La respuesta tardó.
Daniel: Cuando llegué al instituto, mi padre ya sabía quién eras.
Clara se quedó mirando la pantalla.
Clara: ¿Cómo?
Daniel: No lo sé.
Clara: ¿Y por qué no me lo dijiste antes?
Daniel: Porque pensé que no tenía importancia.
Clara respiró profundamente.
Clara: Daniel, esto sí tiene importancia.
Daniel: Lo sé.
Clara: Mañana me lo cuentas todo.
Daniel: Te lo prometo.
Clara dejó el teléfono.
Una promesa.
Curiosamente, esa palabra aparecía una y otra vez en la historia de sus familias.
Y quizá las promesas no eran tan fáciles de cumplir como parecían.
Al día siguiente, Daniel estaba esperándola frente al instituto.
Clara se acercó.
—Hola.
—Hola.
—¿Dormiste?
—Muy poco.
Daniel sonrió.
—Yo tampoco.
Caminaron juntos hacia el aula.
—Mi padre sabía quién eras —dijo Daniel.
—Eso ya lo sé.
—Pero no sabía que acabaríamos siendo amigos.
Clara lo miró.
—¿Y qué esperaba?
—No lo sé.
—¿Nunca te explicó por qué?
—No.
—Entonces tenemos que preguntarle.
Daniel negó con la cabeza.
—Esta vez quiero descubrirlo por nuestra cuenta.
Clara sonrió.
—Me parece bien.
Entraron en clase.
Pero ninguno de los dos sabía que alguien los observaba desde el otro lado del patio.
Durante el recreo, Clara recibió una llamada.
Era su madre.
—Hola, mamá.
—¿Dónde estás?
—En el instituto.
—Necesito hablar contigo.
Clara notó algo extraño en su voz.
—¿Qué pasa?
—Es sobre tu abuela.
Clara se quedó quieta.
—¿Qué ocurre?
—He encontrado algo.
—¿Otra carta?
—No.
Su madre hizo una pausa.
—Una caja.
—¿Dónde?
—En el armario de tu abuela.
Clara miró a Daniel.
—Voy a casa después de clase.
—No. Ven ahora.
—¿Por qué?
—Porque creo que debes verla.
Cuando Clara llegó a casa, su madre la esperaba en el salón.
Sobre la mesa había una caja de madera.
—¿Es esa?
Su madre asintió.
—La encontré detrás de unas cajas.
Clara se sentó.
—Ábrela.
Su madre abrió la caja.
Dentro había fotografías, cartas y un pequeño objeto metálico.
Clara tomó una de las fotografías.
Era su abuela.
Y junto a ella estaba Andrés.
Pero detrás aparecía otra persona.
Mateo.
Clara observó la imagen.
—¿Sabías que existía?
Su madre asintió.
—Sí.
—¿Por qué nunca me hablaste de él?
—Porque tu abuela me pidió que no lo hiciera.
—¿Por qué?
Su madre tomó aire.
—Porque después de la desaparición de Andrés, Mateo volvió.
Clara sintió un escalofrío.
—¿Volvió aquí?
—Sí.
—¿Y qué quería?
—No lo sé exactamente.
—Mamá.
—Tu abuela decía que quería recuperar algo.
Clara miró la caja.
—¿La carta?
Su madre negó.
—Algo más importante.
Clara tomó el pequeño objeto metálico.
Era una llave.
—¿Qué abre?
Su madre la miró.
—No lo sé.
En ese momento, Clara recordó la casa.
La chimenea.
Las fotografías.
La caja.
La carta.
Todo estaba conectado.
—Tenemos que volver.
Su madre negó inmediatamente.
—No.
—Mamá...
—No quiero que vayas.
—¿Por qué?
Su madre guardó silencio.
—Porque yo también fui allí una vez.
Clara abrió los ojos.
—¿Cuándo?
—Después de que desapareciera Andrés.
—¿Qué encontraste?
Su madre bajó la mirada.
—Nada.
—No te creo.
—Clara...
—Por favor.
Su madre respiró profundamente.
—Encontré una habitación cerrada.
—¿Dónde?
—En el sótano.
Clara se quedó inmóvil.
—¿Hay un sótano?
—Sí.
—¿Y por qué nunca me lo dijiste?
—Porque no quería que fueras allí.
Clara sostuvo la llave.
—¿Esta llave abre esa puerta?
Su madre no respondió.
Pero su silencio fue suficiente.
Aquella tarde, Clara llamó a Daniel.
—Tenemos que volver a la casa.
—¿Por qué?
—Encontré una llave.
—¿De qué?
—Del sótano.
Daniel guardó silencio.
—¿Tu madre sabe?
—Sí.
—Entonces quizá deberíamos decírselo a mi padre.