Entre tú & yo

Capítulo 8: La llamada

- ¡Señor Lombardo! No… no lo esperábamos…

El encargado del edificio nos sonríe nervioso, moviendo sus manos de un lado a otro. Intercambia algunas palabras con Max mientras aguardamos a que le entregue las llaves del departamento.

Echo un vistazo al recibidor. Todo es muy moderno y… pulcro, me recuerda al recibidor de la zona departamental en las instalaciones de la ASN.

- ¿Necesita que un empleado le ayude con las compras? – Pregunta con una sonrisa.

- No es necesario, gracias.

Con llaves en mano, Max y yo nos dirigimos a su piso. No hemos comprado muchos alimentos en el supermercado, sólo lo necesario como café, galones de agua, aceite, algo de carne, entre otras cosas. Ingresamos al ascensor en donde encontramos a una señora bajita que nos mira con desconfianza, lo cual es normal; ni Max y mucho menos yo pasamos mucho tiempo aquí por lo que sus vecinos casi no nos conocen.

- ¿Te ha gustado el restaurante? – Pregunta Max inclinándose levemente hacia mí.

- Estuvo muy buena la comida – Contesto mirando cómo cambia los números de piso en la pantalla. – Un día te invitaré a comer una pizzaburguer.

- ¿Qué es eso?

- Te encantará, confía en mí.

Nos bajamos en el piso de Max, dejando atrás a la señora. Miro a todos lados, deteniéndome en los detalles del pasillo como si fuera la primera vez que viniera aquí. Al abrir la puerta y encender las luces nos encontramos con un departamento tranquilo, limpio y cómodo.

- Hogar dulce hogar ¿No?

Lo veo hacer una mueca.

- Paso más tiempo fuera que aquí, aún no le tomo cariño al lugar.

Antes de instalarme en su cuarto, decido arreglar las compras mientras Max revisa el lugar buscando si su ropa está lavada y lista. No debería hacer eso, su ama de llaves es muy eficiente; estoy segurísima de que todo en el departamento está en orden.

Unos minutos después Max se une a mí y me ayuda a guardar las compras. Saca su celular, marca un número y se lo lleva a la oreja.

- ¿Alfredo? – Pregunto.

- Había olvidado que debía llamarlo – Dice sonriendo – Me distraes demasiado.

Dejo el pollo sobre la encimera y me vuelvo hacia mi novio. Paso mis brazos por su abdomen y termino encarcelándolo entre ellos.

- Eres mío, al menos en tus vacaciones. Alfredo te tiene la mayor parte del tiempo.

- ¿Es que ahora me compartes con él? – Ríe.

- Algo así.

- Tú no me compartes con nadie… - Baja la cabeza y besa mi frente – Soy tuyo Luisa, no lo… ¿Alfredo? Hola, habla Max.

Me separo y regreso al pollo. Max intercambia unas cuantas palabras con su amigo, hablando del viaje, de cómo está y así. No parece nada malo así que dejo de escuchar y, cuando he terminado de guardar todo, tomo mi pequeña maleta y me dirijo al baño en el cuarto de Max.

Bostezo, refregándome los ojos. Son sólo las diez de la noche y ya estoy abatida; aún tengo el cansancio de la fiesta y a eso le he sumado el día de hoy: he acompañado a Max a comprar víveres, algo de ropa y a diferentes bancos.

Un día común pero cansado.

- Espera un momento… - Aleja el celular y me mira - Luisa ¿Vas a acostarte?

Me detengo a unos pasos de entrar a su habitación.

- Voy a ducharme y luego iré a la cama – Con solo pronunciar la palabra “cama” automáticamente bostezo - ¿Tardas en venir?

- Haré algunas llamadas y voy contigo.

Cierro la puerta de su cuarto y me dejo caer de espaldas sobre la enorme cama. Ya han pasado varias horas desde su llegada y aún me parece increíble que Max esté aquí ¡Conmigo! ¡Santa caracola!

Me revuelco sobre las colchas moviendo los brazos y piernas como si, en lugar de encontrarme en su cama, estuviera sobre la nieve formando un angelito. Y es que quiero dejar el aroma de mi felicidad por todas partes ¡Sí, estoy feliz! ¡Estoy extasiada! No hay mejor remedio para mi depresión que las caricias de Max.

Suelto un suspiro y me dirijo al baño, saltando como toda una ranita enamorada. Canto bajo la ducha y tomo el acondicionar de Max como mi micrófono improvisado ¡Y es que la vida es tan bella como para no cantarle al agua caliente!

A pesar de mi solo y lo bulliciosa que soy, logro escuchar pasos en la habitación. Me apresuro a lavar mi cabello y a ponerme el pijama. Ya quiero salir y agarrarlo a besos.

- Sí que tienes una voz… - Max piensa por unos segundos – Potente. – Dice finalmente.

Río y me acerco a él.

- No me gusta alardear, pero sí.

- Ven.

Toma mi mano y nos acomoda en la cama. Me apoyo en su pecho, acariciando su brazo mientras Max masajea deliciosamente mi cabeza, tanto así que muevo mi pie, imitando a los perritos. Al notarlo Max ríe con mi bobada.

- ¿Terminaste tus llamadas por hoy?




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