Entre Tus Dedos

1.

CAPITULO 1.

A veces tenia pesadillas o..no sabia si eran mis recuerdos.

Recuerdos que volvian de vez en cuando. Recuerdos que, por una verguenza desmedida, intentaba mantener ocultos, como un cofre que solo mi memoria y yo conociamos. Mas cuando eso pasaba, siempre despertaba con la misma sensacion vibrante en el pecho, la frente perlada en sudor y la respiracion pesada, un poco agitada.

Mire el techo de madera, con la mente en blanco, sintiendo las sensaciones en mi cuerpo como si fueran un efecto secundario al que debia acostumbrarme...mas no lo hacia. Por lo pronto, gire la cabeza hacia la ventana. Los copos de nieve seguian cayendo suavemente y, por ende, parecia como si el tiempo se hubiese detenido.

Solia creer eso: que Elensmoor el tiempo no pasaba. Solo se detenia.

Me percate de que aun seguia siendo de noche, por lo que el frio era increiblemente mas fuerte y, sorprendentemente, me encontraba con las cobijas de lana lejos de mi. Tal vez estando dormida me las quite.

Me levante por inercia, acomode las sabanas en la cama y, al sentir el suelo helado bajo mis pies descalzos, me erice por completo. Me asome por la ventana y no me sorprendi al ver la desolacion en las calles, ni tampoco la neblina ligera. Las calles de Elensmoor tenian ese ambiente sacado de un libro de terror; sin embargo, algunas veces, en vez de sentir abrumo, se lograba sentir paz. Y por eso mismo, como si fuese una costumbre que evitaba dejar salir a la luz, me puse los zapatos y un abrigo de lana que contrarrestraba mi vestido de pijama ligero.

Sali de la habitacion sin emitir mayor ruido, pase por la habitacion de mis abuelos siendo lo mas sigilosa posible. Baje las escaleras, conociendo bien donde la madera solia chirriar y, sin sentir ningun tipo de tomer o inquietud, sali de la casa como si el fuerte frio de la noche no me hubiese abofeteado con fuerza.

Cruce los brazos, intentando que el calor no huyera de mi, y entrecerre los ojos mientras caminaba por la calle solitaria.

El silencio, tan denso, logro despejarme un poco. Mire los arboles llenos de nieve, como en las hojas verdes se iba acumulando cada vez más y más. Los copos de nieve seguían cayendo delicadamente y, mientras más avanzaba, más sentía que dejaba mis recuerdos atrás. Todas las casas se encontraban con las luces apagadas, por lo que lo único que me daba luz en ese momento eran los faroles que parpadeaban ligeramente.

Antes me daba temor. Sentía que alguien o algo aparecería y no volverían a saber nada de mí. Incluso lograba asustarme con mi propia sombra, como cuando era niña. Pero esa era la misma vibra que daba Elensmoor: un pueblo tenebroso, donde podrían vivir asesinos o espíritus. No obstante, la realidad era que solo era un pueblo donde ocurrían más dramas que asesinatos… aunque no siempre quedaba descartado. Por eso, cuando llegué por primera vez, tenía tanta inquietud: mi abuelo se había encargado de contarme algunas historias del pueblo.

Solté un suspiro que se convirtió en vaho y visualicé el gran lago del pueblo, completamente descongelado. Pese a que aún hacía un frío infernal, era extraño. Solo a mitad del invierno solía congelarse por completo, pero con el paso del tiempo, se descongelaba incluso si el sol no salía por semanas. El agua era verdosa, nunca cristalina, pero, por alguna razón, uno podía ver su propio reflejo. Perfectamente.

Y por eso mismo, no miraba mi reflejo allí.

Aceleré un poco el paso y llegué al gran árbol que, cuando es verano, brinda mucha sombra. Un árbol que me reconforta de algún modo. Me detuve frente a él, alcé la mirada observando sus grandes hojas cubiertas de nieve e, inconscientemente, las comisuras de mis labios se elevaron ligeramente. Me senté en un espacio donde no hubiese tanta nieve y recargué mi espalda en el gran tronco.

Llevé las rodillas al pecho y me abracé a mí misma, mientras me quedaba mirando fijamente el lago intacto, hasta que algo llamó mi atención. De reojo, un poco a lo lejos del gran lago, visualicé entre las ramas de los árboles la gran casa de la señora Octavia. Automáticamente, la noticia de la señora Antonella llegó a mi mente de prisa. Las luces estaban encendidas, lo que hizo que juntara ligeramente mis cejas. No sabía qué hora era, pero era extraño que tuviese las luces encendidas… a menos que estuviese haciendo algo.

Relamí mis labios al sentirlos secos y cerré los ojos. Fueron unos minutos, pero, de alguna forma, lo sentí como una hora, hasta que un repentino ruido me despertó.

Abrí los ojos de golpe y, algo sobresaltada, dirigí la vista hacia el lago. El ruido había sido como un chapuzón, como si algo se hubiese caído dentro del agua. Siendo consciente del corazón agitado dentro de mi pecho, me incliné hacia adelante al ver cómo el agua se movía… el agua que siempre permanecía intacta. Parpadeé.

El silencio se volvió mucho más pesado de lo normal y, teniendo la extraña sensación de que algo iba a aparecer, me levanté rápidamente sin pensarlo demasiado. Empecé a caminar lejos del gran árbol, mirando con ligera paranoia hacia los lados sin detenerme. Avancé tanto que no miré hacia atrás en ningún momento. Porque si lo hacía, probablemente iba a ver algo que no quería ver.

Así, consumida por el miedo, repentinamente me llegaron a la mente todas las historias que me contó mi abuelo… y no pude evitarlo.

Empecé a correr.

Sujetando con fuerza mi abrigo y respirando agitadamente por la boca, corrí con todas mis fuerzas, hasta que, al visualizar mi casa, antes de que el alivio recorriera mis venas, de repente salió un gato negro delante de mí. Me provocó un inmenso susto, tan grande que frené abruptamente y me resbalé, cayendo sentada.

Con los ojos bien abiertos, miré al gato, que parecía muy tranquilo. Sus ojos amarillos, grandes, me observaban con fijeza.

Fruncí el ceño y solté un quejido entre dientes. Me quedé ahí sentada unos segundos y, lentamente, miré hacia atrás.




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