CAPITULO 2.
Volví sobre mis propios pasos.
Caminé con la mirada perdida, como si me hubiesen quitado algo muy valioso y ya no supiera qué hacer. Los pájaros cantaban melodiosamente dándole la bienvenida al día; opaco, nublado y en el cual el sol no tenía ganas de salir. El sonido de mis pasos retumbaba en el silencio de la mañana. Ya no caía nieve, pero aún quedaban restos en las esquinas de las calles, y podía sentir el frío calándome hasta los huesos. Más era extraño, porque no tenía la suficiente fuerza para cubrirme ni tampoco ánimos.
Aun sabiendo que podría ganarme un resfriado, era como si no me importara. Como si no me afectara ese hecho.
No eres mi hija.
Me detuve a un metro de mi casa, alcé la mirada lentamente y simplemente me quedé allí, con la mente en blanco. Pero podía sentir algo muy pesado apretando mi corazón; conocía muy bien ese sentimiento y no me gustaba. Odiaba lo que era sentir tanta pesadez. ¿Cómo era que una simple joven podía sentir tanto y, a la vez, nada? Creía que mis problemas acabarían en el momento que estuviese en la calidez de un hogar, que las sombras no me perseguirían, que olvidaría todo con el tiempo, que dejaría de sentir. Más, heme aquí, mirando con fijación la calle, buscando una respuesta que ya retumbaba en mi interior como un eco.
Añoré el cielo, cubierto de nubes grandes y grises. Qué curioso... el día era igual que aquella mañana trágica, aquella mañana donde encontraron el cuerpo de mi madre sin vida.
Como si no pudiese soportarlo más, o queriendo más que nada evitar los recuerdos enterrados en el fondo de mi mente, me apresuré a entrar a mi casa. Abrí la puerta despacio y vi a mi abuela, sentada en el comedor. Estaba hablando con mi abuelo y mordí mi labio inferior.
Me había descuidado, ellos no podían saber esa costumbre mía, no podían saber que me escapaba en las noches. No quería preocuparlos. No quería que vieran cómo el pasado me perseguía sin darme crédito.
Así mismo, formé una pequeña sonrisa, aun cuando no tenía ganas de sonreír, y entré, cerrando la puerta detrás de mí.
Automáticamente, tanto mi abuela como mi abuelo voltearon sorprendidos hacia mi dirección. Ensanché más mi sonrisa, como una niña siendo atrapada. Vi cómo mi abuela me escaneaba de arriba a abajo y no perdió tiempo en acercarse a mí.
—¿Qué estabas haciendo afuera, Evie? —cuestionó con preocupación rellenando su voz, y me sentí mal. Más, aun así, no dejé que mi sonrisa flaqueara. Puso delicadamente sus manos sobre mis hombros.
No eres mi hija.
Una incomodidad me removió y me alejé disimuladamente de ella, con la sensación de sus manos en mis hombros, luego en mi cuello.
—Salí a dar un pequeño paseo. —Me encogí de hombros como si no fuese la gran cosa y crucé una mirada con la atenta mirada de mi abuelo.
—¿Con este frío? Te puedes resfriar. —Dijo mi abuelo, bastante serio, pero se podía ver la ligera inquietud arrimándose en sus ojos cafés.
—No te preocupes, solo fue un pequeño paseo.
Y de repente, el silencio reinó dentro de la casa. Vi cómo mi abuelo compartía una mirada con mi abuela, quien sostenía su delantal con algo de fuerza. Extrañamente, me sentí como la primera vez que llegué. Pasé una mano por mi cabello desorganizado, sintiéndome incómoda, rara, extraña y demasiado ajena. ¿Qué me estaba pasando?
—Voy a servirte el desayuno, cariño. —Anunció mi abuela al reparar de nuevo en mi presencia. Asentí con la cabeza siguiéndola con la mirada.
Me senté en una de las sillas del comedor de madera y compartí de nuevo una mirada con mi abuelo, quien también tomó asiento a mi lado.
—Tengo algo que contarte, Evie —verbalizó mi abuelo tras unos segundos de silencio, se rascó la nuca y lo observé atenta—. Tu abuela y yo debemos viajar hacia Afrilt. Ocurrió un problema con unas hierbas medicinales que venían en camino. Recibimos la noticia esta mañana temprano.
Finalmente me miró directamente a los ojos. Entonces vi aquella inquietud completamente deslumbrante en su mirada. Estaba preocupado por mí. Empecé a jugar con mi abrigo debajo de la mesa y la incomodidad creció más intensamente en mi interior. Odiaba que me miraran así. No me gustaba ver su angustia por mí porque me recordaba a ese día.
—¿Quieren que cuide el negocio? —Indagué, formando una suave sonrisa. Muy ligera.
Mi abuela apareció con el desayuno caliente, lo puso delante de mí mientras ella se sentaba al otro lado de la mesa, alternando miradas entre mi abuelo y yo. Su expresión era más fácil de leer, y por eso se le notaba demasiado el desasosiego que estaba dentro de ella.
—No, el negocio va a estar cerrado mientras no estemos aquí.
—Bueno... —La pausa que hizo mi abuela fue como si necesitara organizar sus palabras—. Ya casi está cerca... ese día y nos preocupa dejarte sola aquí.
Ese día.
No pude evitarlo, mi sonrisa poco a poco se desvaneció. El peso en mi pecho se hizo más grande. Apreté mi abrigo con fuerza y mi mirada se perdió en el comedor, mirando a la nada. Claro que lo sabía. Todos los años ocurría lo mismo, como si fuese un día que no podía evitar, una sentencia que me recordaba cada año aquella trágica mañana.
—¿Quieres venir con nosotros?
La voz de mi abuelo me sacó del ensimismamiento en el que estaba metida. Lo observé algo desprevenida y reparé en mi sonrisa ligera, como si no me importara nada, cuando en realidad sí lo hacía, y para mi disgusto, importaba demasiado.
—No, no se preocupen. —Negué con la cabeza, agitando mis cabellos y forcé más mi sonrisa. No tenía nada de hambre, pero tenía que comer, así que rápidamente empecé a hacerlo.
—¿Estás segura, querida? —Esta vez indagó mi abuela. Mastiqué con fuerza y con algo de dificultad pasé el bocado—. No queremos dejarte sola una semana entera. Sabes que no nos importa llevarte.