Entre Tus Dedos

3.

CAPITULO 3.

Mis abuelos se marcharon a las cinco de la tarde.

En cuanto salieron por la puerta, con la última mirada de mi abuela posada en mí, un enorme silencio me envolvió de inmediato. Aunque las velas estaban encendidas, la oscuridad se sentía intensa a mi alrededor, y con el crepitar del fuego como único sonido, simplemente me senté en uno de los sofás con aparente calma. Tomé el libro que había estado leyendo hacía días e intenté concentrarme.

Lo intenté.

Sin embargo, venían a mi mente todo y a la vez nada. Suspiré pesadamente. Veía las letras plasmadas en la hoja amarillenta por su antigüedad y, aun así, no entendía lo que leía. Lo único en lo que podía pensar era en lo que había pasado anoche: en esa mujer, en sus manos sobre mi cuello. Automáticamente, llevé una mano a mi cuello, con la sensación tan marcada en mí que aún pensaba que había sido real.

Pero era evidente que no. No había sido real. Solo fue una pesadilla. Demasiado real y demasiado intensa para mí.

Cerré los ojos y dejé el libro a un lado. La imagen de sus ojos vacíos. Su voz.

Tienes que morir.

Volví a abrir los ojos. Observé el fuego chispeante, quemando la leña como si no tuviera más remedio, y simplemente me quedé allí. Mirando pero a la vez no. Recordando. Apretando con fuerza el libro. Sintiendo más a fondo las sensaciones de mis recuerdos: sus ojos vacíos, ella sobre mí, un cuchillo filoso y mi llanto temeroso. Gritos. Miedo. Adrenalina. Y de nuevo sus ojos. No tan vacíos, no tan desquiciados... más bien, agotados. Una sonrisa débil y, por último, una imagen que vive en mí: su cuerpo sin vida, colgando como si fuese un títere, y la sangre escurriéndose por su vestido blanco.

Unos leves toques en la puerta me sacaron de mi ensimismamiento. Fruncí el ceño y me levanté despacio del sofá. Caminé sin ánimos y entreabrí la puerta. La impresión se apresuró a instalarse en mis facciones, y no pude evitarlo. Porque estaba viendo a la mismísima señora Octavia frente a mí.

Llevaba un sombrero negro que le cubría parcialmente los ojos, un hermoso collar de plata sobre el pecho, un vestido de cuello alto y mangas largas, también negro, como si estuviera de luto, además de guantes y un chaleco ligero pese al frío. Sus labios rojos me hicieron retroceder ligeramente. Más que reaccionar, solo pude sentir su aura: esta mujer desprendía tanta determinación que por un momento creí estar viendo a una duquesa a la que se debía mostrar respeto.

—Buenas tardes —dijo con una voz suave pero firme, que resonó en toda la casa. Sus ojos oscuros me examinaron de arriba abajo con severidad.

—Buenas tardes... —tragué saliva y abrí la puerta por completo, sintiéndome intimidada por su presencia—. ¿A qué se debe esta repentina visita?

—¿Se encuentra el señor Brown en casa?

—No, no está —mordí mi labio inferior sin saber qué más decir y añadí—: Se fue de viaje.

Vi cómo la señora Octavia miraba hacia el interior de la casa con expresión circunspecta. Un ligero suspiro se escapó de sus labios. Me mantuve en mi lugar, porque sentía que si me movía, tal vez eso la iba a ofender.

—¿Y la señora Brown?

—Tampoco está. De hecho, ambos se fueron de viaje —aclaré con rapidez.

—¿Sabes algo de medicina? —preguntó repentinamente, y volvió a mirarme de arriba a abajo.

—Ah... lo básico —carraspeé y presioné los labios con fuerza.

Hicimos contacto visual, y mientras el silencio se adueñaba del ambiente, la incomodidad creció rápidamente en mí. No me gustaba el brillo tan firme en sus ojos. Desvié la mirada, incapaz de soportar el peso de su presencia. Mis abuelos tenían una floristería, pero también se dedicaban a hacer remedios con hierbas medicinales, y normalmente eso era bastante apreciado en Elensmoor. Sin embargo, no veía a la señora Octavia enferma. Se veía bastante saludable.

—Ven conmigo —sentenció, y me quedé estática mientras ella se giraba—. Y trae hierbas medicinales contigo.

Parpadeé, sorprendida, y como si fuera un perro demasiado obediente, corrí a la cocina, buscando las hierbas medicinales que habían quedado. Tomé un pequeño bolso y eché todo tipo de hierbas. No era una experta como mi abuelo, pero me habían enseñado lo básico para poder sobrevivir por mi cuenta. Aun así, no me sentía muy segura.

Sintiendo nervios, me puse mi abrigo junto con una bufanda y salí de prisa de la casa. Afuera, el carruaje fino me esperaba, con el chofer esperando paciente.

Creí que había venido caminando, pero claro, sería muy extraño ver a una mujer de su clase haciendo eso, y menos con el frío que hacía. Aunque, por alguna razón, no lo sentía tan intensamente. Tal vez por el nerviosismo.

Me adentré al carruaje con cuidado, sentandome enfrente de la señora Octavia, quien observaba por la ventana en silencio. Relamí mis labios e intenté arreglar mi cabello con los dedos. Ni siquiera había tenido tiempo de arreglarme adecuadamente. Supuse que la impresión que debí causarle fue deplorable, y probablemente por eso me miraba de esa manera.

—No te preocupes por la paga. Serás beneficiada generosamente —rompió el silencio, y la observé con lentitud. Continuaba mirando por la ventana mientras el carruaje avanzaba con rapidez.

—Muchas gracias —murmuré, fingiendo estar despreocupada.

En un abrir y cerrar de ojos, llegamos a la gran casa de la señora Octavia. Había pasado por allí muchas veces, pero nunca había tenido la oportunidad de entrar. La casa, de dos pisos, era de piedra como las demás, pero contaba con un gran jardín, donde había una mesa con varias sillas. El chofer le abrió la puerta, y ella bajó con elegancia. Seguidamente de mí que no baje con tanta refinura. Empezamos a caminar hacia la puerta, atravesando el jardín.

Era mucho más espacioso de lo que imaginaba.

Al abrir la puerta, un ambiente diferente me recibió. Estaba acostumbrada a la calidez y a cosas sencillas, fácilmente encontrables en cualquier hogar. Sin embargo, el lujo y la elegancia que adornaban aquella casa eran realmente impresionantes. Una alfombra roja cubría el suelo de mármol; varios cuadros con marco dorado decoraban las paredes, y un candelabro colgaba en varias esquinas, iluminando todo de forma radiante.




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