Entre Tus Dedos

4.

CAPITULO 4.

La habitación era inmensamente grande.

Las cortinas blancas cubrían los grandes ventanales, obstruyendo la vista y la luz. Había un piano en una esquina, un gran espejo de bordes dorados, una estantería de libros que realmente se veía interesante y una alfombra de color blanco que también decoraba el suelo. Sin embargo, no había absolutamente ningún cuadro o retrato.

La señora Octavia se adentró, y la imité por inercia, porque en general me encontraba más nerviosa de lo normal. Claramente, la desconfianza había empezado a surgir.

Divisé la gran cama y me quedé de pie, sin moverme. No me atrevía a acercarme. Las palabras de la señora Antonella vinieron fugazmente a mi mente. De hecho, creí que tendría sirvientes, pero no vi a nadie más aparte de ella. Y ese día, la vieron con un joven... probablemente es él quien está enfermo. No le encontraba otro sentido.

Entonces crucé una mirada con la señora Octavia, quien me estaba observando en silencio, en un silencio que había pasado desapercibido. Su mirada era extraña, parecía ensimismada en sus pensamientos. Vi el recelo en sus ojos oscuros, hasta que finalmente pareció volver en sí y recuperó su compostura. Su margen inquebrantable. Una mujer que no parecía temerle a nada. Me hizo una seña con la cabeza, indicándome que debía acercarme a la cama. Aflojé un poco la bufanda alrededor de mi cuello.

Caminé lentamente, escuchando el tic-tac del reloj colgado en la pared. No sabía por qué los latidos de mi corazón estaban tan acelerados, ni por qué sentía esa mezcla de emociones surgiendo en mi interior. Al llegar al borde de la cama finalmente pude verlo, y fruncí el ceño.

Era un chico. No sabía si de mi misma edad. Su piel era pálida, como si nunca en su vida se hubiese expuesto al sol. No me pareció una locura pensar, por un momento, que podía ser un vampiro. Las cobijas de color rojo oscuro cubrían la mitad de su cuerpo. Tenía los brazos extendidos y una camisa de seda blanca cubría su torso, dejando entrever parte de su cuello y el inicio de su pecho.

La impresión comenzó a hacer efecto. Jamás había visto un rostro tan..atractivo. Y por eso mismo, sentí que me faltaba el aire, aunque estaba respirando.

Su cabello era negro, profundamente oscuro y lacio. Algunos mechones caían sobre sus pómulos ligeramente marcados. Sus labios, ni delgados ni gruesos, eran de un tono rosado pálido. Su nariz perfectamente recta. Estaba dormido, por lo que podía apreciar mejor sus pestañas largas y sus cejas pobladas, que acentuaban sus facciones. Parpadeé varias veces y volví mis ojos hacia la señora Octavia, quien me miraba con detalle, atenta a mi reacción.

Volví a observarlo. Con ese semblante sereno, tan pacífico... parecía más una pintura que una persona. Y eso fue lo que más me desconcertó. No tenía nada fuera de lo común físicamente, pero había algo en él que atrapaba la atención. Tal vez la delicadeza de algunas de sus facciones, o la palidez de su piel. Tal vez era la forma en que la poca luz que se colaba por las cortinas caía sobre la cama y relucía su piel. No lo sabía.

—¿Qué... qué es lo que tiene? —Mi voz flaqueó ligeramente. Carraspeé, dejando de observarlo para centrarme en la señora Octavia.

—No lo sé. No me encontraba ayer en todo el día —comentó con aparente indiferencia mientras se quitaba los guantes con calma.

Alcé las cejas, desconcertada por su respuesta.

—Fue esta tarde que regresé y observé que no se levantaba de la cama. Desde entonces, no ha dado ninguna señal de despertar.

Parecía demasiado relajada. Y eso me pareció realmente extraño, como si estuviese acostumbrada a esta situación. No creo que ese joven sea su hijo. Me aferré a ese pensamiento.

—Con todo respeto... ¿no sería mejor acudir a un médico? —pregunté con inseguridad. Era lo más lógico. Solo sabía lo básico, y si era algo grave, realmente no creía poder hacer mucho.

La señora Octavia me miró con los ojos entrecerrados y la seriedad de su rostro me hizo arrepentirme de haber preguntado.

—Los médicos no son de fiar. Y no creo que haya alguno competente en Elensmoor —dijo con un tono receloso y arisco. Aunque claramente solo me estaba respondiendo, sentí el reproche. Añadió—: Confío en las habilidades de tus abuelos. Y aunque sé que no están, solo me queda confiar en ti. Pero, como dije, no sé si seas verdaderamente útil.

Aflojé otro poco mi bufanda, nerviosa. Sentí una enorme tensión en mis hombros, como si me hubieran puesto dos enormes rocas. No encontré palabras para responder, así que volví a observar al joven dormido. Me quité el bolso, lo dejé sobre la mesita de noche con cuidado y me acerqué más a la cama.

Suspiré hondo. Con el dorso de mi mano toqué su cuello. Retiré la mano de inmediato al sentir su piel ardiendo. Luego noté su frente perlada en sudor y cómo respiraba con dificultad. Actué con preocupación, ignorando la mirada analítica de la señora Octavia. Me quité el abrigo, tomé mi bolso con hierbas y salí de la habitación.

Bajé las escaleras como si estuviera en mi propia casa. Me apresuré hacia la inmensa cocina, junto a la sala decorada con sofás lujosos que parecían demasiado perfectos para sentarse. Preparé un agua medicinal para bajar la fiebre y los síntomas de gripe. Encontré una toalla de seda delgada —por alguna razón en la cocina—, la empapé y, mientras el agua hervía, subí casi corriendo.

Entré a la habitación. La señora Octavia, que parecía perdida mirando al chico, se volvió ligeramente sorprendida. Puse la toalla en la frente del joven con delicadeza y escuché un suspiro de alivio escapar de sus labios.

Volví a bajar a la cocina. El agua ya estaba lista. Con cuidado, la vertí en una taza y la llevé arriba, procurando no derramarla. La dejé en la mesita de noche. Entonces, la señora Octavia me extendió otra taza —esta con agua—. La recibí y me senté al borde de la cama.




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