CAPITULO 6.
"A los niños del orfanato les gustaba jugar al escondite.
Cuando el sol salía a iluminar todo el cielo, las risas hacían revivir al orfanato. Las monjas no tenían tiempo para dedicarles atención a todos los niños, así que simplemente cuidaban a algunos: los que más la necesitaban o los más pequeños. Los mayores, simplemente dejaban de importar y, por lo mismo, eran quienes solían hacer más travesuras. Los que solían ser más nocivos.
Recuerdo que no hablaba con nadie. De hecho, simplemente observaba a todos como si fueran otra especie y jugaba sola con mi peluche en forma de gato. Se llamaba Bigotes: era negro y estaba sucio, pero me aferraba a él como un reemplazo de mi gato fallecido. Bigotes era mi única compañía en esos primeros días difíciles en el orfanato. Todos me asustaban, pero a la vez envidiaba a esos niños que eran adoptados por parejas amables y, sobre todo, sonrientes.
Los días se convirtieron en semanas, las semanas en meses y los meses en años.
Y poco a poco dejé de sentir las pesadillas tan intensamente. Empecé a tener una vida más cotidiana en el orfanato. Seguía aferrada a Bigotes como lo único que quería en mi vida, pero empecé a socializar con unas niñas de mi misma edad. Recuerdo que sonreía mucho, porque había leído en un libro que eso agradaba a las personas. Y cuando fueron adoptando a esas amigas que había hecho en el camino, simplemente quedé sola de nuevo. En ese entonces, tenía apenas diez años y me aventuré a acercarme a más niños.
A los niños del orfanato no les gustaban las personas sonrientes.
Lo comprobé ese mismo día.
Después de pasar horas observándolos desde unos arbustos mientras jugaban, me animé a acercarme, con una sonrisa en el rostro y apretando con fuerza a Bigotes. Recuerdo cómo me miraron, como si fuera algo realmente feo. Aun así, me sonrieron. Era tan ingenua que no supe distinguir entre una sonrisa amable y una sonrisa nociva. Me empujaron, sin importarles que fuera más pequeña que ellos.
Recuerdo que me arrebataron a Bigotes y lo lanzaron lejos de mí. Eso me hizo llorar escandalosamente, y eso no les agradó. Así que me patearon en el estómago tan fuerte que ni siquiera tuve tiempo de llorar. Sus risas... y sus ojos brillantes revoloteaban a mi alrededor. Por un instante, sentí que era una presa, y ellos, simplemente cuervos disfrutando. No lo entendía.
Tan solo era una niña, pero ya les caía mal. ¿Por qué?
Nunca supe la respuesta.
Me patearon como si fuera un balón, tiraron de mi cabello y me escupieron en la cara.
Hasta que dejó de ser entretenido. Entonces, designaron mi castigo como si fueran reyes, y me obligaron a ir con ellos a un lugar que nunca había visitado: un rincón más alejado, aunque todavía dentro del orfanato. El sol relucía con fuerza y yo no paraba de sudar. Cuando llegamos, me empujaron a un armario viejo y sucio, junto con Bigotes, y me encerraron allí con seguro.
El calor me sofocaba inmensamente. Recuerdo que lloraba con fuerza y abrazaba a Bigotes con desesperación. La oscuridad del armario también me abrazaba, me consolaba, pero nunca lo entendí. Aun así, creía que era lo que merecía. Era un castigo por haber logrado que mi madre perdiera la cordura.
Estuve encerrada dos días en aquel armario.
Sin comida.
Sin agua.
Solo yo y Bigotes.
Solo yo y mi llanto.
Recuerdo que cuando me sacaron de allí, la directora del orfanato los reprendió fuertemente. Los golpeó con su látigo y yo tuve que ver cómo recibían su castigo: cómo las lágrimas salían de sus ojos que pedían piedad, cómo las heridas rojas marcaban sus espaldas. Tan solo eran niños abandonados que encontraban consuelo en lastimar a los demás. Me compadecí. Ellos no lo hicieron conmigo.
Marqué mi sentencia esa noche.
Los abusos empeoraron. Me silenciaban cuando intentaba pedir ayuda y actuaban como si nada cuando había testigos. Las noches eran infernales: no me dejaban dormir, me molestaban, pellizcaban, insultaban. Y cuando buscaba un poco de paz, lejos de todos, entonces me encontraban y me golpeaban.
Recuerdo que los moretones siempre habían sido parte de mi piel. Grandes hematomas que ocultaba bajo mis sencillas ropas. Aun así, me disponía a sonreírles cuando se acercaban a mí. Tal vez así les agradaría algún día. Mas ese día nunca llegó.
—Das tanta lástima —dijo una vez el que lideraba todos esos abusos. Me miraba desde arriba mientras yo me retorcía del dolor en el suelo—. Tanta lástima que hasta me compadezco. Pero es divertido.
—¿P-por qué? —pregunté entre sollozos. Todos se miraron y soltaron carcajadas.
Era graciosa para ellos, en verdad lo era. Pero qué extraño, a mí nunca me daba risa.
—¿No lo entiendes? —inquirió mientras se acuclillaba. Recuerdo cómo me agarró del cabello con tanta fuerza, como si quisiera arrancarlo—. Porque solo eres eso: algo que nos entretiene. Una sombra. Así que no intentes pensar, no sientas y, sobre todo, no hables.
Y aun así, no lo entendía. Pero obedecí, porque no tenía más opciones.
Los niños del orfanato me veían como una sombra.
A los pocos días, empecé a temerle a mi propia sombra.
Cuando el sol salía y me escondía de esos niños, junto con Bigotes —a quien le habían arrancado un bracito—, veía mi sombra. Pero esa sombra me miraba a mí, no yo a ella. Y era más grande que yo. Tal vez más valiente. Recuerdo que vomité. Todo lo que había almorzado lo expulsé, y el asco que sentía hacia mi sombra era verdaderamente fuerte. Temblaba, débil, incapaz de bajar la mirada. Y empecé a llorar con tanto miedo que creí que me consumiría en cualquier momento.