CAPITULO 7.
Hice mi rutina como siempre. Como si fuese un día normal y corriente.
Desayuné a la misma hora de siempre. Arreglé la casa como si tuviese una reunión importante.
Organicé mi habitación, desordenada y llena de papeles. Con calma, guardé todo en sus respectivas cajas y las metí en el clóset, como si no tuviera absolutamente nada. Pero antes de cerrarlo, me quedé mirando las cajas en silencio unos segundos... hasta que finalmente reaccioné.
Me puse mi mejor atuendo: un vestido de cuello alto, de color blanco, que bajaba más allá de las rodillas. Tenía un detalle de encaje bastante bonito, que se ajustaba a mi cintura sin ser exagerado. Recogí mi cabello y lo decoré con un lazo del mismo color. Junto con unas medias un poco cortas y unos relucientes zapatos que también combinaban con el vestuario. No solía maquillarme, sin embargo, esta vez lo hice.
Aunque no estaba acostumbrada, quise actuar como mis amigas cuando, en los recesos, contaban cuál era su rutina de maquillaje y en qué orden se arreglaban. Quise probarlo, esta vez.
Simplemente, con el maquillaje de mi abuela, me eché un poco de colorete en las mejillas y un ligero color rosado en los labios, un poco agrietados por el frío. Por último, me puse un suéter beige de lana que me abrigaba bastante. Así mismo, decidí aventurarme a verme en el espejo. Por primera vez, hice algo por mero impulso. En la habitación de mis abuelos observé mi rostro en el espejo colgado en la pared, al lado del clóset.
Tragué saliva intentando bajar la bilis que, de repente, se había trepado por mi garganta. Sostenía el vestido por los lados con tanta fuerza que mis nudillos estaban blancos. Era consciente de lo difícil que se me estaba haciendo mirarme al espejo.
Por primera vez, en tanto tiempo, había tomado valor frente a algo que evitaba a toda costa: mirar mi reflejo.
Ahí estaba yo. Con indicios de ojeras bajo los ojos. Nada extraordinario.
Sonreí ligeramente para intentar estar bien conmigo misma. Pero al hacerlo, solo vi a una "yo" de diez años, pegándose a sí misma con sus propias manos.
Los niños del orfanato vinieron a mi mente tan claramente que sentí que estaban en la habitación. Retrocedí.
—Dime, Evie —dijo uno de ellos, mientras me pisaba la mano con fuerza, como si fuese un insecto—. ¿Ya te has mirado en el espejo? ¿No te da vergüenza ser tan fea?
—Mírate. Y córtate la cara, por favor.
Más risas. Más dolor.
—Sería mejor si te quitaras esos asquerosos ojos, ¿no crees?
Las risas comenzaron a revolotear por mi cabeza con demasiada resonancia. Aparté la mirada, incapaz de seguir viéndome en el espejo, y sentí cómo todo lo que había desayunado subía con prisa por mi garganta. Salí corriendo hacia el baño y, justo al llegar, vomité en el inodoro todo lo que había comido... incluso lo que ya no tenía para vomitar. Estaba temblando. Me quedé allí unos segundos, sintiendo cómo mis piernas no respondían.
Me obligué a calmarme. Me obligué a levantarme de prisa, incluso si aún sentía debilidad.
Bajé el agua. Me lavé la boca y las manos. Me acomodé el vestido con aparente sosiego y, borrando el rastro de todo, salí del baño como si nada hubiese pasado.
El resto de la mañana estuve en el primer piso, leyendo frente a la chimenea. No había nieve ni lluvia; el día estaba en blanco. El frío, tan presente como siempre, pero nada más. Las horas pasaron volando y me levanté a hacer el almuerzo al notar que ya era la una de la tarde. Preparé algo sencillo y delicioso. Almorcé. Me senté de nuevo en el sofá y simplemente me quedé mirando la chimenea.
El sonido del reloj era lo único que rompía el silencio denso de la casa. Jugué con un mechón de mi cabello y, no queriendo refugiarme en los huecos de mi mente, decidí salir a la plaza de Elensmoor.
Me puse mi bufanda, tomé algo de dinero que tenía ahorrado junto con mi bolsito y salí de la casa como si el día lo ameritara.
El frío me arañó el rostro con sus filosas dagas. Aun así, caminé por las calles húmedas tras la tormenta de anoche. Al doblar la esquina, me sentí un poco mejor al ver a varias personas caminando de un lado a otro. No tenía ningún plan, pero había decidido distraerme y hacer algo distinto. Sentía que era lo correcto. Después de todo, ya casi terminaban las vacaciones, lo que significaba que tendría que volver a la escuela. No quería desperdiciar el tiempo.
A lo lejos, reconocí a aquella señora que charlaba animadamente con otra mujer. Se reían en voz alta y cuchicheaban con disimulo. Era la señora Antonella. Vestía de rosado claro y, como siempre, todo en ella combinaba de un modo que la hacía resaltar. Hicimos contacto visual y me aseguré de tener la mejor sonrisa al ver que se acercaba a mí con alegría.
—¡Querida Evie! —exclamó al llegar y me dio un sonoro beso en la mejilla—. ¡Creí que te habías ido con tus abuelos!
No hacía falta preguntar cómo sabía que mis abuelos no estaban, así que solo me limité a encogerme de hombros.
—No, no —negué con la cabeza. Y, ante su atenta mirada, que exigía un claro "¿Por qué?", añadí—: Quise quedarme a cuidar la casa.
—¡Ah, por supuesto! —asintió con la cabeza, sonriendo de oreja a oreja, y tomó entre sus dedos un mechón de mi cabello—. ¡El peligro está en Elensmoor! ¿Ya te enteraste?
Enarqué ambas cejas y crucé una fugaz mirada con la otra señora, quien parecía aburrida de estar esperando y me miraba de arriba abajo de reojo.
—No... ¿qué pasó?
—Esta mañana dieron la noticia de que desapareció la hija de los Wilson —bajó la voz como si fuera un secreto, y la preocupación (aunque no tan sincera) se entrevió en sus facciones—. Nadie sabe nada de la niña, la están buscando por todos lados.
—Qué terrible... —murmuré, impresionada.
—Pero ya tienen dos sospechosos —hizo un gesto con sus manos enguantadas y miró a su alrededor, aunque solo estábamos nosotras tres—. Unos hombres que han estado rondando por Elensmoor estos días, que justamente también desaparecieron. Según las personas que los vieron, estaban vestidos con trajes elegantes y sombreros. Uno de ellos siempre fumaba. ¡Qué horror! ¡Yo me los crucé y hasta les di la bienvenida, pensando que eran hombres amistosos!