Entre Tus Dedos

8.

CAPITULO 8.

La plaza estaba un poco más concurrida de lo normal. Tal vez todos habían decidido darse un respiro después de días tan fríos.

No tenía ningún plan. Nada. Solo estaba improvisando para pasar el tiempo. Así que visité varios locales. Primero, la biblioteca: miré algunos libros que me parecieron interesantes. Luego fui a un local de ropa, bastante elegante y bonito. No me imaginé en ninguna de esas prendas, pero sí pensé en mi abuela. Con una pequeña sonrisa, le compré un bonito vestido.

Después de eso, fui a una cafetería bastante conocida en Elensmoor. No estaba llena, pero sí había bastantes personas charlando y pasando el rato.

Me senté en una mesa, algo alejada del resto y más cerca del balcón, desde donde podía verse mejor la plaza. Las hojas de los grandes árboles se mecían con calma por el viento helado, que parecía más un susurro. Las personas caminaban de aquí allá. Observé la gran fuente en medio de la plaza: tiraba agua muy ligera. Era un ángel de mirada vacía. Por alguna razón, las personas que no eran de Elensmoor solían quedarse mirando la estatua con ojos curiosos... y luego seguían su camino.

Sin embargo, a mí me gustaba mirarla atentamente. Tal vez me sentía identificada. No lo sabía.

El café que pedí llegó en cuestión de minutos. Su aroma acarició mis sentidos. Dejando de lado las voces del lugar, me concentré en darle un pequeño sorbo.

Y entonces, hubo un cambio de ritmo en el ambiente. Las voces disminuyeron gradualmente. Sentí el amargo pero delicioso sabor del café en mi boca y dirigí la mirada hacia la entrada.

Ahora entendía por qué el cambio. Era la señora Octavia.

Llevaba una falda elegante, ajustada con sobriedad a su figura delgada. Una camisa de seda de cuello alto, color rojo, y un abrigo largo de lana negra que combinaba con su falda. Su típico sombrero, unos guantes oscuros, y un cigarrillo sostenido con gracia entre los dedos. La manera en que lo sujetaba la hacía ver aún más sofisticada de lo que ya era.

Pero ella no era la única que llamaba la atención. A su lado estaba el joven del que todos piensan que es su hijo.

Era alto. El traje negro que llevaba se ceñía a su figura masculina de forma precisa, elegante. Su chaqueta tenía unos parches rojos como pétalos. Pero al mirar bien, eran piedritas que relucían con sutileza, combinando con la ropa de la señora Octavia. Llevaba las manos en los bolsillos del pantalón, en una postura calmada. Su cabello negro caía a los costados del rostro, y uno que otro mechón se posaba en el centro de su frente. Su piel era realmente pálida.

Desde donde me encontraba, ambos parecían de la realeza. Ambos desprendían lo mismo: poder, dinero, elegancia. Y, sobre todo, frialdad.

Sentí un escalofrío recorrerme la espalda y aparté la mirada rápidamente. Al parecer, el chico ya estaba mejor. No parecía débil como lo vi ese día. Al contrario: ahora desprendía fuerza. Determinación. Todos los miraban. Las voces volvieron a alzarse poco a poco, pero aún giraban en torno a él.

Le di otro sorbo al café, sintiendo un nerviosismo latente.

Los seguí con la mirada cuando se dirigieron a una de las mesas cerca del balcón, un poco lejos de donde yo estaba, pero directamente frente a mí. Por alguna razón, bajé la cabeza. No quería que la señora Octavia me notara. Y así fue. Al parecer, no se percató de mi presencia. Se sentó de espaldas a mí, mientras que el chico lo hizo de frente... y dirigió su indiferente mirada justo hacia donde yo estaba.

No sabía qué tenía su mirada. Indescifrable, pero tan imperturbable.
Tal vez era por sus ojos oscuros. O por sus cejas pobladas, que acentuaban su expresión con una intensidad desmedida. No lo sabía. Y no estaba dispuesta a averiguarlo.

Fueron solo unos segundos. Hicimos un poco de contacto visual, pero desvié la mirada enseguida.

Poco a poco, algunas personas empezaron a acercarse a la señora Octavia, saludándola con cortesía y observando con interés al joven imperturbable. El tiempo pasó. Las personas se mostraban cada vez más fascinadas. Yo me mantuve en mi lugar, café en mano, como una espectadora mirando todo desde lejos.

La señora Octavia parecía demasiado abierta con todos, mientras que el chico seguía igual de impasible. No era amistoso. Y, de algún modo, parecía que ella estaba orgullosa de estar a su lado.

Como un pintor orgulloso de su gran obra. Y los demás, admirándola.

Suspiré, mirando cómo mi café casi se terminaba.

Le di otro sorbo. Y al alzar la mirada, me sorprendí al ver unos rostros conocidos.

Pestañeé. Las dos chicas que acababan de entrar, con vestidos de marca y aires refinados, eran compañeras del colegio. Podría decir que eran mis amigas, porque siempre estábamos juntas. Pero no sabía si ellas me consideraban igual.

Hice contacto visual con Clara, que mantenía su cabello pelirrojo perfectamente peinado. Levanté las comisuras de los labios ligeramente y ella sonrió. Le dijo algo a Angeline, quien parecía confundida por la atención alrededor de la señora Octavia. Hasta que, finalmente, reparó en mi existencia.

Las dos se acercaron a mi mesa con calma. Noté cómo ambas observaban de reojo a la señora Octavia y al joven.

—Hola, Evie —saludó Clara con amabilidad, sentándose a mi lado. Angeline se sentó enfrente, con una sonrisa que era... demasiado grande—. ¡Qué casualidad!

—¿Cómo van con las vacaciones? —pregunté con una ligera sonrisa. Aunque, en realidad, tenía una extraña presión en el estómago.

—Ah, estoy tan aburrida —bufó Angeline, arreglando el lazo azul que decoraba su cabello castaño—. Solo he estado viajando, comprando ropa y tomando clases de piano.

—Te entiendo perfectamente —concordó Clara, tocando ligeramente su mano. Yo solo sonreí—. Las clases de piano son tan difíciles. Y mi maestra es tan tonta... Es muy fácil manipularla.

Ambas rieron. Yo le di un último sorbo al café. El sabor se impregnó en mi lengua. Entonces, sentí la mirada de Clara taladrando mi perfil.




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