Entre Tus Dedos

11.

CAPITULO 11.

De nuevo había empezado a llover.

Primero comenzó con un ligero rocío y luego se desató por completo; las nubes grises decoraban todo el cielo. Elensmoor estaba derramando lágrimas. La soledad de la calle era evidente debido al clima húmedo, y yo solo me disponía a observar todo desde la ventana de mi habitación. Con mi cuaderno de dibujos en el regazo, miraba cómo la lluvia caía intensamente, sin darle demasiado crédito.

Sin prestarle importancia, seguí dibujando en la página con bastante calma. Me sentía acostumbrada al silencio. Por un instante, dejé de pensar en todo. Para mí, nada había pasado.

Ladeé la cabeza al ver el dibujo de unas bonitas flores que había visto cerca de mi casa. Quise plasmarlas, pero no estaba quedando tan bien como pensaba. Arrugué ligeramente la nariz y arranqué la hoja con fuerza. Con el sonido de la lluvia de fondo, empecé a improvisar sin tener absolutamente nada en mente.

Así, conforme los minutos pasaban, el dibujo que estaba plasmando comenzó a cobrar vida: ojos agotados de color miel, que a veces se volvían tan oscuros como si fueran negros; nariz delgada, rostro anguloso, cejas finas, labios agrietados, cabello largo y negro, y unas profundas ojeras... Fruncí el ceño al darme cuenta de a quién estaba dibujando. Arranqué la hoja con rapidez y la arrugué hasta volverla una bola.

Un tanto sobresaltada, dejé el cuaderno a un lado y me acosté fugazmente en mi cama. Cerré los ojos, obligándome a dormir. Pero mi mente trajo vividamente la imagen de esa mujer, igual a la del dibujo, solo que con una mirada que no transmitía absolutamente nada. Más bien, me culpaba. Abrí los ojos y comencé a dar vueltas en la cama, sintiendo que no era correcto revivir esa imagen.

No era buena idea traer recuerdos tan vívidos. Nunca terminaba bien cuando recordaba.

Nunca era bueno recordar, porque eso significaba revivir heridas que ya deberían estar cicatrizadas.

Me quedé mirando el techo y suspiré hondo.

Un relámpago iluminó la habitación de golpe, y un trueno repentino me sobresaltó al punto de esconderme debajo de las cobijas. Los latidos de mi corazón se aceleraron con fuerza, y con los ojos bien abiertos me quedé unos segundos bajo las mantas. Luego, lentamente, saqué la cabeza en dirección a la ventana.

La lluvia seguía igual, y el viento movía con furia las hojas de los árboles como si quisiera arrasar con todo. Me acomodé en la cama, pero al mover el pie, sentí algo cálido. Giré la cabeza con brusquedad y retiré el pie, sintiendo la perplejidad consumir mis huesos. Entonces lo vi: un gato en la esquina de mi cama.

Fruncí el ceño y llevé las rodillas a la altura del pecho. Estaba perpleja.

El gato negro me observaba con ojos expectantes, movía la cola levemente y tenía un collar rojo alrededor del cuello. Desde donde estaba, podía oír su ronroneo. Pestañeé y no me moví. ¿En qué momento había entrado?

Sin embargo, el felino comenzó a acercarse con calma y se restregó en mis piernas como si yo fuera su dueña. Me alejé al sentir su calidez, descartando la idea de que era un sueño. Como aquella vez. El gato se acomodó a mi lado.

Dubitativa, acaricié su cabeza y el felino cerró los ojos, disfrutándolo. Su pelaje... su calidez. Era real. No lo estaba imaginando.

Poco a poco me relajé y, con más sosiego, seguí acariciándolo. Me quedé mirándolo con atención. Me llamó la atención su collar rojo. Me incliné hacia adelante para mirar mejor y leí el nombre tallado: "Bigotes".

Me paralicé de pies a cabeza.

Oí un maullido ligero y lo miré a los ojos, sintiendo un gran remolino en el pecho, como una avalancha. Sus ojitos me observaban con expectativa. Seguía ronroneando alto y fuerte. Mi labio inferior comenzó a temblar, y empecé a respirar pesadamente, como si no pudiera llenar mis pulmones.

Negué con la cabeza mientras alejaba mi mano.

—Es imposible —murmuré, incrédula, incapaz de moverme—. Bigotes... está muerto.

El felino se levantó y se rascó la oreja con la pata trasera. Volví a negar con la cabeza.

Entonces, un fuerte sonido me alarmó, como si algo se hubiera roto. El gato miró hacia la puerta con curiosidad y salió corriendo. No sé cómo reaccioné, pero me levanté de la cama, tirando las cobijas al suelo. Al sentir el suelo frío bajo mis pies, volví a confirmar que era real.

Seguí al gato rápidamente y bajé las escaleras al oír más ruido.

Al llegar al primer piso, vi a mis abuelos. ¿Cuándo habían llegado?

Mi abuela lloraba fuertemente. Llevaba puesto su vestido de pijama y un chal ligero cubría sus hombros. Sostenía con fuerza la base de una vela. La preocupación me inundó. El ruido y los gritos provenían de la cocina. Me asomé con temor. Mi abuelo forcejeaba con alguien. El gato observaba todo desde una distancia prudente. Había trozos de vidrio por todo el suelo. ¿Qué estaba pasando?

—¡Abuela, tengo miedo! —gritó una vocecita aguda. Observé rápidamente a la niña que se escondía tras mi abuela.

¿Quién era ella? Me llevé una mano a la cabeza, sin comprender nada. Entonces finalmente vi con quién forcejeaba mi abuelo: era esa mujer. Llevaba un pijama blanco, casi transparente. Su largo cabello caía sobre los hombros y cubría parte del rostro. Sangre brotaba de sus brazos.

—¡Elena! ¡Tienes que reaccionar! —gritó mi abuelo con voz firme.

—¡Suéltame! ¡Tú no entiendes!

—¡No puedo dejar que la mates! —en su voz había tanta preocupación que me sentí culpable.

De algún modo, esa mujer se liberó y corrió hacia donde estaban mi abuela y la niña. Me congelé al ver el cuchillo en su mano, pero mi abuelo fue rápido y la atrapó, retrocediendo con ella. La niña lloraba más fuerte y mi abuela intentaba calmarla, aunque ella misma sollozaba con angustia.

—¡Te he dicho que me sueltes! —gritó Elena, retorciéndose como un animal en los brazos de mi abuelo.




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