CAPITULO 12.
Tenía una extraña sensación.
Un efecto secundario que había impactado en mí después de ese momento.
No podía cerrar los ojos, porque si lo hacía, los recuerdos que ya habían despertado comenzarían a atormentarme sin darme tregua. Por eso, tirada en el suelo frío, sintiéndome mucho más débil de lo normal, simplemente me dediqué a mirar la nada. No tenía un punto fijo, y sin poder evitarlo o controlarlo, alguna que otra lágrima caía lentamente por mi nariz hasta perderse en el suelo de madera.
Respiraba despacio por la boca, y con un escalofrío constante en mis huesos, me acurruqué más en el suelo, intentando, por lo menos, conseguir un poco de calidez. El silencio era tan profundo que no me molestaba, ni me incomodaba. La oscuridad a mi alrededor no era tan densa por las velas que había encendido y que reflejaban mi sombra. Incluso acostada... podía ver mi silueta. Pestañeé con pesadez, mas no hice nada por apartar la mirada.
Estaba cansada.
No había podido moverme después de ese fuerte recuerdo que se avivó mientras dormía. Había perdido las fuerzas, y el miedo que sentía en mi interior me hizo querer permanecer en la sala, cerca de la luz, y no en la oscuridad de mi habitación. Aunque el efecto era el mismo, no podía huir. No en esos momentos. Así que solo me quedaba camuflarme, y tal vez esperar que el cansancio que sentía me liberara.
¿Por qué me sentía tan... débil? Quise moverme, pero un dolor en todo mi cuerpo, que se extendió tan pronto lo intenté, estalló sorpresivamente. Y con un quejido de por medio, decidí quedarme quieta.
Mi cabeza se sentía bastante grande, como si fuera más un balón pesado. El frío estaba tan saturado dentro de mí que sentía que ya era parte del suelo. Sin embargo, notaba un constante calor en mi rostro, y fui consciente de ello al sentir mi frente perlada en sudor.
—Te extraño... Bigotes.
Las palabras salieron de mi boca sin estar pensadas realmente, y sentí otra lágrima resbalarse por mi nariz.
Pero era extraño, porque por primera vez... no estaba sintiendo nada. Ni siquiera abrumación. Así que no sabía si me salían lágrimas por el mero hecho de tener los ojos irritados o porque ya no tenía control sobre mí misma. No lo sabía. Pero no me importaba.
De algún modo, con la mirada perdida, empecé a mover mi dedo índice contra el suelo de madera, como si estuviese siguiendo el ritmo de una canción, aunque no había música. Para mí, en esos momentos, me pareció interesante. Luego abrí por completo la mano, pero al hacerlo sentí un irritante dolor en las articulaciones. No obstante, apoyé la palma en el suelo, sintiendo el frío.
—Te extraño... abuela.
Las palabras se perdían en mis oídos, como un susurro muy pesado.
—Te extraño... abuelo.
Otras lentas lágrimas salieron de mis ojos y mancharon el suelo con calma. Mi silueta temblaba ligeramente.
En mi mente traje sus rostros cálidos, la sonrisa de mi abuela y su delicioso sazón, mi abuelo sentado en el sofá leyendo como siempre. La calidez. Esa calidez. La casa no tenía vida sin ellos y, al parecer, yo tampoco.
Era tan débil como la llama de una vela que está a punto de apagarse. ¿Por qué todo tenía que ser tan difícil? ¿Por qué no podía tener lo que todos tenían?
—No te extraño... Elena.
Mi voz resonaba dentro de mi cabeza y clavé mis uñas en el suelo hasta formar un puño, tan lento que podía sentir el dolor en mis huesos.
¿Cómo podía extrañar a alguien que solo me odiaba? No tenía ningún recuerdo de ella en el que estuviera feliz. Era mi madre, pero era como si en verdad no tuviera una. Su ausencia en mi vida era tan brillante como impactante, y aún así, se había encargado de marcar su odio en mis borrosos recuerdos.
Un triste final para Elena y una marca de por vida para su hija.
Qué injusta puede ser la vida.
—Devuélveme a Bigotes.
Le di un puño al suelo con tanta fuerza que me dolió intensamente, y en posición fetal me encogí más, respirando con dificultad por la boca, sintiendo arder mi garganta aunque no estaba gritando. No sabía en qué momento había cerrado los ojos, pero al volver a abrirlos con mucha pesadez, vi a lo lejos, cerca de la escalera... a Elena.
El calor de mi cuerpo no era normal. Las gotas de sudor que se resbalaban por mi cuello eran pesadas como las inevitables lágrimas que rodaban por mis mejillas. Apreté más el puño y, con la visión borrosa, vi cómo estaba de pie, con el mismo vestido blanco, su cabello negro, el vacío en sus ojos, su falta de vida. Su silueta sin sombra.
—Devuélveme a mis abuelos.
Estaba temblando y le di otro puño al suelo, sin importarme nada de lo que estaba sintiendo físicamente. Mi visión era tan borrosa que su figura parecía desvanecerse.
—¡Devuélveme todo lo que me has robado...! —al gritar, un punzante dolor estalló en mi cabeza y el ardor en mi garganta se volvió más denso.
Otro puño al suelo. Otro estallido de dolor en mis huesos.
Al parpadear, su figura ya no estaba. Y perdí las pocas fuerzas que me quedaban. Me derrumbé una vez más.
Miré con desdén mi puño. Mis nudillos estaban blancos, y mi silueta en el suelo no paraba de temblar. Aunque no sabía si era por la llama de la vela o por mí.
La pesadez subía lentamente por cada extremidad de mi cuerpo y me quitaba, poco a poco, el aliento. El dolor en mis huesos retumbaba a gritos, y yo cedía a cada segundo, sin poder controlarlo. No me quedaban más fuerzas para levantarme o siquiera gritar.
—Tal vez... muera.
Mi voz revoloteó alrededor como un profundo eco, y mientras cerraba los ojos lentamente, sintiendo cómo mi cuerpo se adormecía, cómo perdía la poca conciencia que me quedaba...
...oí, muy lejos, el ronroneo de un gato.