Entre Tus Dedos

13.

CAPITULO 13.

"Me convertí en un loco, con largos intervalos de horrible cordura."

—Edgar Allan Poe.

Caminaba por un sendero de piedras y arbustos sin hojas.

La neblina era tan densa a mi alrededor que no dejaba de sentir el corazón golpeando con fuerza en mi pecho. Era de noche, y la luna brillaba con esplendor sobre un cielo sin estrellas. Respiraba con cierta dificultad, y algo me inquietaba, aunque no sabía qué era.

¿Dónde estaba? Todo a mi alrededor era tan desconocido que no dejaba de observar con angustia las ramas torcidas y puntiagudas de los arbustos, entrelazadas unas con otras como si me prohibieran el paso. El sonido de mis pasos era lo único que rompía el silencio de la tenebrosa noche, y en vez de detenerme a pensar, simplemente dejaba que mi cuerpo me controlara. Como una marioneta.

Las palmas de mis manos no dejaban de sudar, y tuve que limpiarlas en la falda larga de color negro. Miré por encima de mi hombro y la impresión me invadió al ver todo lo que había caminado. Aun así, continué con mi travesía, sin saber a dónde me dirigía.

—¡Evie!

Me detuve. Era la voz de… mi abuela.

Pero su voz era como un eco muy lejano. Di una vuelta sobre mí misma y me giré, esperando ver algo. Mi corazón no dejaba de temblar, y cada vez más sentía una angustia pesada en el pecho.

A los segundos, rodeada de puro silencio, mis piernas se movieron por sí solas y continué caminando.

Podía oír perfectamente algún que otro grillo a lo lejos, y al recibir una repentina bocanada de aire frío, seguí mi marcha, restando importancia tanto a lo que oía como al rumbo que tomaban mis pies. El sendero no parecía tener fin, y las ramas eran cada vez más altas, más torcidas, más filosas. Daban la impresión de que no existía nada más allá de esos arbustos. No sabía cómo había llegado a un sendero como aquel. Ni siquiera estaba segura de si seguía en Elensmoor.

Todo era muy desconocido para mí. Y eso estaba cultivando un miedo que crecía con cada paso que daba.

La neblina delante de mí no era tan densa, pero al mirar hacia atrás, toda esa densidad se acumulaba allí, borrando el camino que había recorrido. Como si ya no hubiese necesidad de regresar.

Volví la vista hacia el frente. Entonces, pude ver delante de mí a un gato que caminaba como si me guiara. Reconocí su pelaje negro y el collar rojo alrededor de su cuello. Me sorprendí, pero continué caminando, como si eso fuese lo único importante. Aceleré el paso y me incliné hacia adelante, sin dejar de ver a Bigotes.

—¿A dónde vamos, Bigotes? —pregunté con toda la inocencia en mi tono, y me extrañé de oír mi voz… más aguda.

En realidad, no esperaba respuesta. Claramente, Bigotes no iba a responderme.

No obstante, una voz un tanto grave pero ligera hizo presencia de repente:

—A casa. ¿Lo olvidaste?

Me detuve.

La perplejidad me invadió por completo, y boquiabierta, completamente incrédula, miré a Bigotes, quien también se detuvo y me observó con esos ojos felinos amarillos. El silencio nos envolvió, y Bigotes simplemente me dio la espalda para seguir caminando, como si no esperase respuesta. Llevé mis manos al pecho, desconcertada, y sin devolverme, sin lógica, mi cuerpo tomó el impulso y seguí a Bigotes.

No dije absolutamente nada en varios minutos.

Solo se oían mis pasos. Desconcertada, alcé la mirada hacia el cielo oscuro, donde la luna seguía presente.

—¿En casa están mis abuelos? —me atreví a preguntar, observando a Bigotes con atención.

—No, tus abuelos están en Elensmoor.

Creí que Bigotes movería su boca o algo por el estilo, pero en realidad no fue así. La voz parecía rondar alrededor como si fuera viento, con un ligero eco. Dudé si realmente provenía de Bigotes o era alguien más. Y sin sentido, le resté importancia.

—Entonces… ¿a cuál casa me dirijo? —cuestioné confundida y con el ceño fruncido, aunque seguía caminando tras él.

—Olvidaste lo más importante, Evie —la voz se oía de un lado y del otro, susurrante pero tremendamente desconocida. La angustia en mi interior se hacía más pesada—. Olvidaste nuestro hogar: la casita del árbol.

Y como si fuese un recuerdo novedoso, reciente, vino a mi mente la imagen acogedora de aquella casa del árbol, pequeña y un tanto abandonada, en medio de un bosque. Un bosque que no era Elensmoor. Era otro lugar. Pero solía divertirme allí con Bigotes. Solo los dos. Más nunca llegué a pensar que había sido real. En general, creí que era un sueño.

—¿Dónde era? —pregunté intrigada.

—En Alfrit.

Aquel nombre me resultaba conocido, y ladeé la cabeza en silencio. Tras unos minutos, finalmente lo recordé. ¡Mis abuelos se habían ido allí por unos asuntos! Y aun así, ni un mínimo recuerdo vino a mí cuando me mencionaron ese nombre.

—¿Por qué regresamos allí? —las preguntas no paraban de salir de mi boca, y la curiosidad, tan poco común en mí, era como la de una niña—. Mi único hogar está en Elensmoor.

—Tu primer hogar fue en Alfrit —me corrigió como si estuviera equivocada. Una bocanada de aire frío me acarició lentamente. Solo veía a Bigotes caminando con la cola levantada, moviéndola de un lado a otro—. Elena nos espera.

—¿Qué?

Negué con la cabeza y reduje el paso hasta detenerme. En algún punto, había empezado a respirar con dificultad.

—¿Lo olvidaste?

—No olvidé nada —una repentina rabia se apoderó de mi voz, y Bigotes se detuvo—. Alfrit no es mi hogar. Nunca lo fue. Y esa mujer… me odia. Nos odia.

El silencio se esparció a nuestro alrededor. El felino me miró, sus ojitos destilaban una pesadumbre que hizo sacudir mi corazón. Entonces la voz hizo presencia, confesando en un susurro:

—Tal vez el que olvidó fui yo.

Bigotes observó el camino, luego a mí. Como si estuviese dándose cuenta de algo.




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