Nuevo dia, nuevas conversaciones.
El primer día de clases siempre es un desastre, pero este año es peor. El aula ya está llena antes de que suene la campana. Hay sillas arrastrándose, gente hablando sin parar y mochilas tiradas por todas partes. Nadie presta atención a nada.
El profesor todavía no ha llegado. Mejor para todos, supongo.
De repente, la puerta se abre.
El ruido se apaga poco a poco, como si alguien hubiera bajado el volumen de golpe. Todas las miradas se dirigen hacia la entrada.
Es ella.
La chica de la casa de enfrente.
Camille Dubois entra en el aula con paso tranquilo, aunque parece un poco incómoda. Lleva el pelo negro suelto y mira alrededor con cierta timidez, como si no supiera dónde colocarse. Durante un segundo, nuestros ojos casi se cruzan, pero aparto la mirada rápidamente.
—Silencio, por favor —dice—. Tenemos una nueva alumna.
La clase se queda completamente en silencio.
—Se llama Camille Dubois. Viene de París, así que espero que la recibáis bien.
Algunos murmullos recorren el aula, pero nadie dice nada en voz alta. Yo me quedo quieto en mi sitio.
Después de que el profesor la presenta, Camille busca un lugar para sentarse. La clase todavía guarda silencio, y cada paso que da parece hacerse más lento en mi mente.
Se detiene frente a mí.
—¿Puedo… aquí? —pregunta con voz suave.
Su voz resuena en mi cabeza; es ligera, delicada.
Camille deja su mochila a un lado y se sienta, cruzando las piernas con cuidado.
Desde mi sitio, puedo verla mejor: su pelo negro cae sobre sus hombros, y sus ojos claros recorren el aula con curiosidad. Todo en ella parece tranquilo y elegante, como si nada pudiera alterarla.
Después de un rato, el profesor termina la clase y todos empezamos a recoger nuestros apuntes. El ruido habitual vuelve poco a poco, con murmullos y risas contenidas.
Camille está guardando sus cosas cuando de repente se le resbalan algunos libros y caen al suelo con un golpe sordo. Se agacha rápidamente para recogerlos, pero parece que todavía le cuesta organizarlos todos.Sin pensarlo demasiado, me levanto y me acerco:
—¿Necesitas ayuda? —pregunto, agachándome a su lado.
—Oh… sí, gracias —responde ella, sonriendo un poco, todavía un poco tímida.
Recogemos juntos los libros, uno por un
—Listo —digo finalmente, dejando el último libro en su mochila.
—Gracias de nuevo, Lou —dice, sonriendo con más seguridad esta vez—. Es fácil perderse entre tantos libros.
—Eso pasa a todos… bueno, a algunos más que a otros —respondo, encogiéndome de hombros.
Ella me mira y sonríe ligeramente, sin decir nada, pero sus ojos tienen un brillo curioso.
—No te burles —dice después, con un tono que mezcla sarcasmo y timidez.
—No me burlo… —respondo, intentando sonar serio—. Solo… observo tus habilidades de supervivencia de chica nueva.
—Ja —se ríe suavemente—. Supongo que alguien tiene que vigilarme, ¿no?
—Sí… alguien como yo —respondo, un poco incómodo, pero sin quitarle la mirada—.
—Bueno… supongo que alguien tiene que hacerlo —dice ella, con una sonrisa pequeña—. Aunque no sé si tú serías un buen ayudante.
—Eh… —digo, un poco sorprendido—. ¿Por qué no? Puedo intentarlo.
—Ja, ya veremos —responde Camille, cruzando los brazos ligeramente, todavía sonriendo.
Caminamos juntos hacia la salida, intercambiando pequeñas bromas, tímidas y cuidadosas.hablamos que hace que todo el camino se sienta diferente.
Caminamos juntos por el pasillo, hablando en voz baja. No es una conversación fluida ni exagerada, solo pequeñas palabras, bromas ligeras y miradas curiosas.
—Bueno… —digo mientras caminamos hacia la salida—. Para empezar a conocernos… ¿qué te gusta hacer cuando no estás huyendo de tus libros?
—Huyendo de los libros… muy cruel —responde Camille, rodando los ojos ligeramente—. Pero supongo que preguntas por mis hobbies. Me gusta bailar, hacer algo de deporte de vez en cuando y… leer.
—Bailar, eh —digo, sorprendido—. No me lo imaginaba. ¿Qué tipo de baile?
—Ballet —responde ella, encogiéndose un poco de hombros—. Es difícil, pero me gusta.
—Wow… —respondo, impresionado aunque trato de no mostrarlo demasiado—. Yo solo hago boxeo si que somos opuestos.
—Boxeo, ja —dice Camille, divertida—. Me imagino que debes caminar dando golpes al aire todo el tiempo.
—Exacto —digo, encogiéndome de hombros—. Boxeo, boxeo y más boxeo. Es lo único que me mantiene ocupado.
—No suena tan elegante como el ballet —responde ella, con un toque sarcástico—, pero supongo que tiene su encanto.
—Eh… —respondo, intentando no mostrar que me gusta que lo diga—. Tiene su encanto… y me hace sentir fuerte.
Ella sonríe suavemente, y por un momento el silencio incómodo desaparece.
—Bueno, cada quien con su estilo —dice—. Tú con tus guantes, yo con mis puntas de ballet.
—Sí, así es —digo, con una sonrisa ligera—. Aunque dudo que me veas bailando pronto.
—En la academia de ballet que está… a la vuelta de la esquina —dice, como si lo pensara un segundo—.
Miro a mi alrededor y entonces caigo en la coincidencia.
—Espera… ¿tu academia está al lado del gimnasio donde hago boxeo?
—Sí —responde Camille, un poco sorprendida—. Nunca lo había pensado, pero… sí, parece que estamos más cerca de lo que imaginaba.
—Tal vez—respondo, un poco avergonzado—. Pero… me gustaría verte bailar algún día.
Ella me mira sorprendida por un instante y luego sonríe suavemente:
—Eso… no suena tan mal. Aunque todavía tendré que practicar mucho antes de impresionar a alguien.
—No necesito que me impresiones —respondo, encogiéndome de hombros—. Solo quiero verlo.
Camille se queda pensativa por un momento y luego, con una sonrisa tímida, dice:
—Bueno… yo también me gustaría verte boxear algún día. —Se ríe suavemente—. Solo para ver si tus guantes son tan peligrosos como dices.
Me quedo un poco sorprendido, pero no puedo evitar sonreír.
—Eh… —respondo—. Te advierto que no es tan elegante como el ballet, pero… supongo que podría mostrarte un poco.