Entre Tus Ojos

Cap 3

Cap 3

Sorprendeme
Camille
Abro los ojos lentamente, aún medio dormida, mientras la luz de la mañana entra por la ventana de mi habitación. Durante unos segundos no me muevo, intentando recordar dónde estoy exactamente.
Entonces lo recuerdo.
El pueblo. La casa nueva. La mudanza.
Suspiro suavemente y me incorporo un poco en la cama, mirando alrededor. Todo sigue siendo un poco extraño: las cajas, los muebles aún sin ordenar, el silencio diferente al de París. Aquí todo parece más… tranquilo. Demasiado tranquilo.
Me levanto despacio y camino hasta la ventana. La abro un poco, dejando que el aire fresco entre en la habitación. Desde aquí puedo ver la calle… y la casa de enfrente.
Abro el armario y saco el uniforme de clase. Todavía se siente raro llevar algo distinto a lo que usaba en París, pero no tengo mucho tiempo para pensar en eso. Me visto con cuidado, alisando la tela y asegurándome de que todo esté en su sitio.

Cuando termino, echo un último vistazo a mi reflejo. No es perfecto, pero está bien. Tiene que ser suficiente.
Salgo de la habitación y comienzo a bajar las escaleras despacio. La casa está más ordenada que ayer, aunque todavía quedan algunas cajas en las esquinas. Se escuchan pequeños ruidos desde abajo, seguramente mis padres ya están despiertos.
Cuando llego a la planta de abajo, veo a mi madre en el salón, de pie junto a la mesa, hablando por teléfono. Su voz es tranquila, pero seria, como cuando está concentrada en algo importante.
—Sí, claro… entendemos —dice—. Gracias por avisar.
Me detengo un momento en el último escalón, observándola sin interrumpir.
—Sí, Camille estará allí —añade finalmente—. A tiempo.
Al escuchar mi nombre, levanto un poco la mirada, curiosa.
Mi madre cuelga y suspira suavemente antes de darse la vuelta y verme. Su expresión cambia enseguida a una sonrisa más cálida.
—Buenos días —dice—. ¿Has dormido bien?
—Sí… —respondo—. ¿Todo bien?
Ella asiente, aunque su expresión sigue seria.
—Sí, la llamada era para confirmar que ya estás oficialmente inscrita en la academia de ballet. Definitivamente. Pero eso no significa que puedas relajarte. Tendrás que trabajar duro.
—¿De verdad? —pregunto, intentando sonar calmada.

—Sí —responde mi madre—. Y escucha bien: como ya tienes algo de experiencia, podrás presentarte a la audición para “El lago de los cisnes” más adelante. Pero no quiero que te confíes. Esto requiere disciplina, concentración y compromiso.
—Lo sé… —susurro, sintiendo cómo el nerviosismo vuelve a mi estómago—. No pienso decepcionarte.
—Eso espero —dice ella, con los brazos cruzados—. Nada de distracciones. Quiero que des lo mejor de ti, Camille. Nadie va a aplaudir tu esfuerzo si no estás preparada.
Asiento, tomando un profundo respiro. Su tono estricto me hace sentir un poco presionada, pero también más consciente de la responsabilidad que tengo.
—Gracias, mamá —digo finalmente—. Haré todo lo posible.
—No es suficiente “hacer lo posible” —responde ella con firmeza—. Quiero resultados.

Después de las primeras clases de la mañana, consigo escabullirme hacia la biblioteca. Es uno de los pocos lugares donde puedo estar sola y pensar con calma.
Me siento en una de las mesas junto a la ventana, con la luz de la mañana iluminando los libros abiertos frente a mi. A mi alrededor, pocos estudiantes están aquí; algunos leen, otros escriben, pero nadie me molesta. El silencio de la biblioteca es casi terapéutico.

Levanto la vista por la ventana y observo el patio del instituto. Algunos estudiantes pasan, riendo, hablando… y me pregunto si algún día me sentiré tan normal como ellos, o si siempre estaré enfocada en ensayar, en mejorar, en no decepcionar a nadie, pero por ahora me concentro en leer mi libro y aprovechar este omento de paz que probablemente no lo tendré dentro de poco.
Después de un rato me encontraba concentrada leyendo Romeo y Julieta, perdiéndome entre las palabras de Romeo, cuando de repente siento que alguien toma el borde del libro.
—Eh… —digo, levantando la vista, sorprendida.
Delante de mí está Lou.
—¿Puedo? —pregunta, señalando el libro con una sonrisa tímida.
—¿Tú… lees? —pregunto, entre sorprendida y divertida—. Pensé que tu día giraba solo dando golpes a un simple saco de tela pesada.
—Eh… sí, leo —responde, encogiéndose de hombros—. No tanto como tú, probablemente, pero sí… me gusta. Romeo y Julieta, ¿eh? Clásico.
—Sí… —respondo, aún un poco desconcertada—. Siempre me ha gustado leer algo de Shakespeare de vez en cuando.
—Hmm —dice él, sentándose frente a mí y abriendo el libro—. Bueno, vamos a ver si entiendo por qué a todos les gusta tanto este drama romántico.

Mientras hojea las páginas con cuidado, noto algo curioso: Lou parece realmente interesado, concentrado en las palabras, aunque no diga mucho
—No parece que te lo estés tomando muy en serio —le digo, con un toque de sarcasmo.
—Eh… —responde, levantando una ceja—. Dámelo un segundo… estoy intentando concentrarme, ¿vale?
Me río suavemente y vuelvo a mis propias páginas, pero no puedo evitar mirar de reojo cómo Lou lee.
—No pensé que fueras de leer este tipo de cosas —le digo, todavía sonriendo.
—Ni yo —responde él—. Pero si alguien me lo presenta… puede que tenga su encanto.
Hago una pausa y, sin pensarlo demasiado, le ofrezco el libro:
—Bueno… si quieres, puedes quedarte con él un rato. Así lo lees mejor.
Sus ojos se abren un poco, sorprendido.
—¿De verdad? —pregunta, como si no esperara que alguien le prestara un libro.

Asiento, sonriendo ligeramente.
—Sí. Solo prométeme que no lo arruinarás.
—Trato hecho —dice él, tomando el libro con cuidado—. No suelo leer mucho, pero… creo que puedo intentarlo.
Mientras lo sostiene, veo cómo su expresión cambia. Por un momento, parece más concentrado, casi serio, y luego me lanza una mirada rápida antes de volver a la página.




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