Gabriel caminaba por la acera como si el mundo hubiese cambiado de lugar durante la noche. Tenía frío, pero no por el viento de la mañana, sino por la sensación de estar fuera de sí, como si su cuerpo y su mente no pudieran coincidir del todo.
La ciudad se movía a su alrededor con una indiferencia cruel. Gente apurada, autos bocinando, estudiantes riendo mientras cruzaban la calle… y él, atrapado en sus pensamientos, arrastrando una maleta vieja con una rueda rota y el corazón hecho trizas.
Cuando llegó al edificio donde había dejado sus cosas después de perder su departamento, le tomó unos segundos reunir el valor para entrar. Lo que encontró al abrir la puerta fue un desastre: libros llenos de polvo por no limpiar, una caja caída con ropa desordenada, cuadernos con las hojas arrugadas… como si el lugar supiera lo que él estaba sintiendo por dentro: abandono, caos, desorden.
Se agachó a recoger los libros uno por uno, los pasó por su camiseta intentando limpiarlos inútilmente. Uno de ellos se abrió por una página que tenía una nota que Sara le había escrito al margen de un ensayo semanas atrás:
"Tu sensibilidad es admirable. No la pierdas nunca, ni siquiera cuando la vida se vuelva demasiado ruidosa."
Gabriel tragó saliva. Si entonces ya la admiraba, ahora sentía que esa admiración se mezclaba con deseo, con culpa, con rabia, con algo que no sabía nombrar. Porque nadie le había enseñado a lidiar con los sentimientos prohibidos. Porque el corazón nunca sigue reglas.
Cuando llegó la hora de la clase, Gabriel ya había decidido que debía actuar con normalidad. O al menos fingirlo. Se puso una chaqueta limpia, se peinó con los dedos frente a un espejo roto del baño su cabello castaño, y caminó hacia la universidad como si todo en él no estuviera temblando.
El aula ya estaba medio llena cuando llegó. Tomó asiento en el fondo, como siempre, y respiró hondo. Los otros estudiantes hablaban sobre cosas triviales: exámenes, películas, fiestas. Gabriel los miraba con una extraña nostalgia, como si esa vida despreocupada le hubiera sido arrebatada de golpe.
Entonces, la puerta se abrió.
Sara entró como cada día, con su andar firme, su carpeta bajo el brazo y el mismo perfume sutil que ahora Gabriel reconocía con solo respirar. Llevaba suelto suelto su cabello oscuro como la noche, gafas, suéter negro escotado y mom jeans. Pero ya no era solo su profesora. Ahora era un recuerdo de una noche que él no podía dejar atrás.
—hola, chicos espero que hayan traídos sus ensayos sobre aquellas obras que pedí. Voy a llamar por lista― empezó a llamar por lista y se suponía que llamaría a Gabriel, pues su apellido era Angles.
Sin embargo, llamó de abajo hacia arriba. Sus compañeros comenzaron a leer sus ensayos sobre poesia y Gabriel sintió que el mundo se detenía. Aquellas palabras eran como puñales dirigidos solo a él. Cada frase, cada verso que sus compañeros leían de los poetas, parecía describir exactamente lo que él estaba sintiendo.
"Te deseo, y por eso me escondo. Te toco, y por eso me pierdo."
El aula quedó en silencio. Gabriel la observaba desde su asiento, deseando que ella lo mirara al menos una vez. Pero no lo hizo. Evitó su mirada durante toda la clase. Fue impecable, fría, distante. Y eso dolía más que cualquier reproche.
Cuando todos salieron, Gabriel se quedó. Esperó a que el último alumno cruzara la puerta, y entonces se levantó con decisión y se acercó al escritorio.
Sara fingía estar ocupada con sus papeles. No levantó la vista hasta que él habló.
—¿De verdad vas a actuar como si no hubiera pasado nada?
Ella cerró lentamente la carpeta. Lo miró por fin. Sus ojos tenían cansancio, pero también determinación.
—Estoy actuando como se espera que actúe una profesora. Deberías hacer lo mismo como estudiante.
—Sara… —dijo su nombre en voz baja, como si eso rompiera una barrera invisible—. No soy solo tu alumno. No después de lo que pasó...
—¡No termines esa frase! —interrumpió ella, bajando la voz, pero con una firmeza que lo hizo retroceder medio paso—. Fue un error. Un desliz. No podemos volver ahí, Gabriel. No quiero problemas.
Él la miró con el corazón encogido.
—¿Fue solo eso para ti? ¿Un error?
Sara apretó los labios. Se levantó lentamente, lo rodeó y cerró la puerta del aula. Lo miró directamente, por primera vez desde la noche anterior.
—Angles, mira, no quiero tener problemas, si no me importaras tanto no estaria diciéndote esto, esto... esto no puede pasar otra vez. Nos destruiría a ambos.
—Entonces dime qué hacer con esto que siento —dijo él con la voz rota.
Sara lo observó con ternura y pena. Se acercó, sus cuerpos se tocaron por un momento, le tocó la cara con la punta de los dedos como si se permitiera ese instante final, luego lo apartó suavemente.
—Sigue con tu vida. Escribe sobre esto. Hazlo poesía. Pero no lo vivas más.
Y sin decir más, se marchó, dejándolo solo en medio de un aula llena de palabras no dichas.
Gabriel salió del edificio sin rumbo, con una tormenta en el pecho. Caminó hasta el parque más cercano, se sentó bajo un árbol y sacó su cuaderno y se puso a escribir...