La semana había pasado con la lentitud de un reloj sin pila. Gabriel asistía a clases como un autómata, respondiendo lo justo, con los ojos sombreados por el insomnio y la cabeza atestada de preguntas sin respuestas. La relación con Sara se había convertido en una tensión flotante que nadie notaba, pero que él sentía clavada en el pecho cada vez que la veía entrar al aula con su andar seguro, su voz firme, su aroma reconocible desde la primera fila.
No habían vuelto a hablar más allá de lo estrictamente necesario. Sara había vuelto a ser la profesora, distante y profesional. Gabriel fingía ser el alumno ejemplar, aunque dentro de él hervía una tormenta. En sus noches, la escena se repetía: el roce de su piel, su respiración entrecortada, el susurro de su nombre justo antes del amanecer.
Un jueves lluvioso, tras una clase particularmente densa sobre la narrativa de Borges, Sara le pidió a Gabriel que se quedara un momento más. Los demás alumnos salieron con rapidez, dejando el eco de sus pasos y el olor a humedad en el aula.
—Necesito hablar contigo —dijo Sara, mientras cerraba la puerta.
Gabriel sintió un nudo en el estómago. Asintió en silencio y se sentó de nuevo.
Ella no habló enseguida. Se acercó al escritorio, tomó dos vasos de papel con café de una bolsa y le ofreció uno. Gabriel lo aceptó, con manos temblorosas.
—No creí que volvería a hablarte normal después de esa noche —confesó ella, sin rodeos.
—Yo tampoco. Pero aquí estamos.
Sara lo observó detenidamente, como si lo viera por primera vez. Había algo nuevo en él: una tristeza que lo había vuelto adulto de golpe.
—No debería haber pasado. Lo sabes, ¿verdad?,
—Lo sé. Pero... no me arrepiento —Gabriel bajó la mirada. —Quizás fue un error, pero fue real.
Sara suspiró y se apoyó en el borde del escritorio.
—Noté que lucias deprimido pasó casi un mes desde que nos envolvimos en aquella situación tan bochornosa, y... Te veías tan mal que me pidieron que hablara contigo. Mira no quiero hacerte daño. Eres joven, brillante, y este mundo puede ser cruel con los que sienten demasiado.
—Ya me hizo daño antes... y si estaba deprimido era por muchos otros asuntos, no solo por usted—replicó él con un tono amargo y desafiante. —No tengo a nadie. Y sí, me aferro a lo que siento, porque lo poco que siento... lo siento con todo.
El silencio se instaló de nuevo, solo roto por la lluvia golpeando contra los cristales. Ella dio un sorbo a su café, luego otro, como si buscara valor entre la cafeína.
—Hay cosas que no sabes de mí, Angles—dijo al fin, con voz baja. —No soy quien crees. Tengo un pasado que no me enorgullece.
—Todos lo tenemos.
—El mío podría arrastrarte.
Él se levantó y caminó hacia ella. Por primera vez desde aquella noche, sus cuerpos estuvieron cerca, pero no se tocaron.
—Ya estoy arrastrado. No me importa a dónde me lleve, mientras no me suelte de la mano. Quiero ser suyo...
Ella cerró los ojos. Y por un momento, pareció que se rendía al deseo de volver a caer. Pero luego retrocedió, apenas un paso.
—Angles, tienes que prometerme que si esto sigue, no hablarás de ello con nadie. Ni una palabra.
Gabriel asintió.
—Lo prometo.
Sara volvió a su escritorio, dejando el café vacío a un lado. Volvió a ser la profesora, como si ese instante no hubiese sucedido.
—Puedes irte. Nos vemos el lunes.
《No quiero hacerle daño solo es un niño con cara de adulto responsable》Pensó Sara después de haberle dado una esperanza a Gabriel.
《No sé si esto funcione, pero si ella me llega a amar podremos tener una bonita relación》Pensó Gabriel antes de poner un pie fuera.
Y finalmente Gabriel salió sin mirar atrás. Pero por dentro, algo había cambiado. Ya no era solo deseo o culpa. Era una historia que se empezaba a escribir con tinta invisible, entre versos y piel.