El lunes llegó como una amenaza disfrazada de rutina. El cielo, gris y encapotado, parecía presagiar que nada en la vida de Gabriel volvería a ser simple. Cada paso hacia el aula lo sentía más denso que el anterior, como si la puerta de ese salón ocultara una dimensión paralela donde el deseo, el miedo y los secretos compartían espacio con los apuntes y las tareas.
Sara ya estaba allí cuando entró. Hablaba con otro estudiante, pero bastó una mirada rápida para notar que también estaba incómoda. O tal vez solo era él, proyectando en ella la incomodidad que lo estrujaba por dentro. Se sentó en su lugar habitual, sacó su libreta y fingió concentración. Pero cada palabra que ella escribía en el tablero, cada inflexión en su voz, era una excusa para recordar la conversación del jueves. “No me importa a dónde me lleves, mientras no me sueltes de la mano”… ¿De verdad había dicho eso?
Terminada la clase, Sara no lo miró ni una sola vez. Y eso dolía más que cualquier regaño o distancia impuesta. Gabriel se levantó cuando todos salieron, pero esta vez ella no lo detuvo. No hubo café, ni confesiones, ni advertencias. Solo el eco de una puerta cerrándose a sus espaldas.
Horas después, cuando ya creía que el día acabaría sin sobresaltos, recibió un mensaje inesperado. No tenía nombre guardado, pero supo al instante que era de ella:
“Te espero en el bar la esperanza a las 7.”
Gabriel llegó antes. El bar lleno esa hora, musica y alcohol de testigos y con muchas personas entre las mesas guardando la esperanza de encontrar a alguien... Sara apareció puntual, con una blusa escotada, el cabello suelto y un color rojo intenso en los labios que atrapa a cualquiera. Se veía distinta. Más joven. Más real. Lucía más como una mujer recochera que una profesora de literatura.
Se sentaron en un rincón apartado, donde la luz tenue parecía conspirar con ellos. Ella pidió whisky para ambos.
—No creo que debamos beber, mañana hay clases—dijo—. Después como conducirás a casa
—¿Por qué carajos pones pretextos? Solo tomaré unos tragos no será mucho, ya deja el drama
—Como digas, yo no beberé. Oye ¿para qué me citaste?―. Preguntó intrigado,
—Pensé que hablaríamos de esto, ¿Nosotros...?
Sara no respondió de inmediato. Miró su vaso, como si buscara una respuesta en el fondo del vaso.
—No sé en qué se va a convertir esto. Pero tampoco puedo fingir que no pasa nada.
Gabriel sintió cómo algo cálido le subía por el pecho. Un fuego que no era solo amor, sino también peligro.
—Estoy dispuesto —dijo. Su voz apenas fue un susurro, pero fue firme.
Sara sonrió. Apenas. Una línea suave en su rostro tenso.
―No sé si esto sea lo correcto, yo soy mucho mayor que tú, tenemos etapas diferentes y mentalidades completamente opuestas, no me gustaría tener desacuerdos por cosas tontas.― Recalcó bebiendo más trago.
―Sara, ¡tú también deja de poner pretextos!―. Exclamó mirándola a los ojos tratando de buscar la verdad en ellos. Ella suspiró y dijo lo que tanto deseaba escuchar Gabriel.
―Escucha esto no puede ser nada serio. Solo nos veremos fuera de clase en lugares seguros, lejos de conocidos. Nada de mensajes comprometedores. Nada de escenas. Y… nada de promesas.
—¿Por qué?
—Porque no quiero romperte, Gabriel. Y porque si esto termina… quiero que aún puedas mirarme a los ojos sin odio.
Él asintió. No porque estuviera de acuerdo, sino porque sabía que era la única manera de tenerla cerca.
Aquella noche no se tocaron. No hubo besos ni caricias furtivas. Solo palabras. Secretos escondidos en el alcohol. Una complicidad nacida del miedo y la ternura. Y una esperanza, testigo de algo que comenzaba a florecer.