Entre versos y piel

Capítulo 6 -

Al final Sara termino llevando a Gabriel a un parque pequeño y discreto, lejos del campus y aún más lejos de las miradas curiosas. Estaba decorado con luces cálidas, senderos, mucha vegetación y vendedores ambulantes, una luz amarilla lo bastante baja como para permitir que las conversaciones se sintieran íntimas.
Sara eligió una banca del rincón más apartado. Gabriel se sentó al lado de ella, todavía con el pulso alterado por el beso que minutos antes habían compartido en el carro. No sabía si debía hablar del tema, o si era mejor dejarlo como un impulso mal controlado. Antes de bajar del carro Sara sacó una bolsa, dentro habia una botella de vino, unas galletas; las preferidas de Sara y un destapa corchos.

—¿Te gusta el vino tinto o prefieres algo más fuerte? —preguntó Sara mientras lo sacaba de la bolsa.
—Lo que tú quieras tomar, tomaré yo —respondió Gabriel con una media sonrisa.
Sara levantó una ceja, divertida.
—Eso puede ser peligroso viniendo de mí.
Sara sacó dos copas y sirvió el vino. Al principio, la conversación fue ligera: libros, películas, anécdotas de la universidad. Pero poco a poco, el ambiente fue volviéndose más íntimo, más sincero. Sara jugueteaba con su copa entre los dedos, mirando el líquido moverse con lentitud.
—¿Sabes lo que le pasa a las personas que no dicen la verdad? —preguntó de repente, sin mirarlo, con un tono ebrio.
Gabriel tardó unos segundos en responder.
—No… Pero tú podrías decirme.
Sara sonrió con tristeza. No era una sonrisa de coquetería, sino de alguien que arrastraba algo que no podía dejar atrás.
—Cuando tenía tu edad —dijo—, me enamoré de alguien que no debía y esa persona no me dijo la verdad—. Dijo con una mirada triste y un suspiro enorme saliendo de su boca.—Lo amé sin pensar en mí y al final terminó siendo un maldito mentiroso. Esta versión que ves ya no confía en hombres.
Gabriel la escuchaba con atención, sin interrumpir.
—¿Y aún duele?
—Solo cuando me vuelvo a permitir sentir, pero eso dejo de pasar hace mucho tiempo—Sus ojos brillaban, quizá por el alcohol, o por la emoción.
Pasaron dos copas más, muchas palabras compartidas, y un silencio cómodo que no necesitaba llenarse.
—Ya es tarde —dijo ella mirando el reloj—. Vamos.

―Sí, pero yo conduzco, tú estás ebria.
El trayecto al apartamento de Sara fue tranquilo. No hubo besos ni roces como antes, solo una calma rara, cargada de algo distinto. Quizá confianza. Quizá ternura.
Ya dentro del apartamento, Gabriel dejó su chaqueta sobre el sofá. Sara se quitó los zapatos y fue a la cocina.
—¿Quieres té? Es lo único que no tiene alcohol aquí.
—Bien.
Se sentaron en el suelo, con las tazas humeantes entre las manos. El reloj marcaba la medianoche, y la lluvia comenzaba a repiquetear tímidamente en las ventanas.
—Gracias por esta noche—murmuró él.
—Con gusto—respondió ella.
Minutos después, Sara se levantó y señaló la habitación de invitados.
—Puedes dormir ahí. La cama está lista. No tengo pijamas de hombre, pero hay una camiseta limpia si la necesitas.
Gabriel asintió, pero cuando ella se iba, la detuvo.
—¿Te importa si… me quedo contigo? Solo dormir.
Sara lo miró por un instante. No hubo palabras. Solo un leve asentimiento.
Esa noche durmieron juntos, en la misma cama, bajo las mismas cobijas. No hubo besos, ni caricias. Solo dos cuerpos compartiendo el espacio, como si el calor del otro fuera suficiente para sostener el alma un poco más.
Antes de cerrar los ojos, Gabriel susurró:
—No estoy enamorado de ti porque seas perfecta, sino porque cuando estás cerca… yo también dejo de ser invisible.
Sara no respondió. Pero su mano, buscó la de él bajo las sábanas.
Y así, sin más, se quedaron dormidos. En paz. Por primera vez.



#3380 en Novela romántica

En el texto hay: drama, amorimposible

Editado: 10.01.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.