Entre versos y piel

Capítulo 7 - la mañana que quema

El despertador de Sara sonó puntual, como una sentencia. No era especialmente ruidoso, pero estaba colocado en una estantería alta, lo suficientemente lejos como para obligarla a levantarse sí o sí. Abrió los ojos de golpe, todavía desorientada, con la luz de la mañana filtrándose por las cortinas.
Gabriel se removió entre las sábanas.
—¿Sara…? —preguntó con la voz dormida—. ¿Dónde está ese maldito despertador?
Ella no respondió. Se levantó rápido, apagó el despertador y salió del cuarto sin decir palabra. Gabriel se incorporó un poco, observando el lugar que no le pertenecía pero que, por unas horas, había sentido como suyo.
Sara fue directa a la cocina. Se sirvió una taza de café y se sentó cerca del balcón, dejando que el sol tibio de la mañana le diera en el rostro. Miraba hacia afuera, pero su mente estaba muy lejos de la calle, muy lejos del día que comenzaba.
Esto está mal, pensaba.
Y aun así… anoche no quise que terminara.
Gabriel a lo lejos la vio sentada allí, tranquila, silenciosa, con el café entre las manos. La imagen le provocó una paz extraña. Pensó en la noche anterior, en lo fácil que había sido estar con ella sin fingir nada. Por primera vez en mucho tiempo, no se había sentido invisible.
Pasaron casi treinta minutos sin hablar. Sin un “buenos días”. Sin mirarse del todo.
Finalmente, Sara rompió el silencio, encendiendo la luz del cuarto:
—¿No piensas ir a clases? Ya son las cinco y media. Deberías levantarte.
—Sara… hoy no tengo clases. Hay comité, ¿recuerdas? —respondió él, aún confundido.
Ella se llevó una mano a la frente.
—¡Carajo! Es verdad… el comité.
Se fue de inmediato.
—Voy a ducharme. Dejé café en la cocina.
Gabriel asintió y fue a revisar la nevera. No había mucho: huevos, pan, lo básico. Se las arregló con eso. Mientras comía, escuchaba el agua caer desde el baño, y sin querer, su mente empezó a divagar.
Cuando Sara salió, envuelta solo en una toalla, el tiempo pareció detenerse.
No se acercó demasiado. No dijo nada especial. Y aun así, fue suficiente para despertar una pasión ardiente en Gabriel,
Él se quedó inmóvil, embobado, con la mirada fija en su piel clara, en la forma en que el vapor del baño todavía la rodeaba. Ella notó su silencio.
—Voy a irme —dijo con naturalidad—. No puedes quedarte. Si quieres, dúchate y nos vamos juntos. Hay toallas limpias en el cuarto de almacén.
—Ah… sí. Claro —respondió él, torpe.
Sara se fue a arreglarse. Gabriel terminó de comer y luego apareció frente a ella, con una toalla en la cintura dejando ver sus pectorales.
—Sara… el baño de invitados está con llave.
Ella lo miró apenas un segundo, de arriba abajo, y enseguida apartó la vista, sin embargo eso tambien la puso nerviosa, solo un poco, pero despertó algo en ella también.
—Usa el mío...
Volvió al espejo, tratando de decidir qué hacer con su cabello. Moño. Cola. Suelto.
Gabriel la observaba.
—Te ves hermosa como sea —dijo—. Pero me gusta más cuando lo llevas suelto… y usas tu labial rojo.
Sara sonrió, sin responder.
Cuando él salió del baño ya vestido a medias, volvió al cuarto sin camisa y tomó el gel sin pedir permiso.
—¿Puedo usarlo? Ah, me hiciste caso, tu cabello suelto es espectacular.― Dijo mientras se acomodaba el cabello.

Sara luchaba con sus propios pensamientos.
¿Por qué me pone tan nerviosa?
¿Por qué ahora… como si fuera la primera vez?
—Ya estás listo, ¿no? —dijo ella, evitando mirarlo.
—Sí… déjame ponerme la camisa.
Sara soltó un suspiro cuando él salió. Pero no tuvo mucho tiempo para recomponerse.
Cuando volvió a verlo, ya arreglada, él no pudo evitar decirlo:
—Luces hermosa.
—Gracias… vámonos.
Ella giró para irse, pero Gabriel la detuvo. La tomó del brazo y la atrajo hacia él. El beso fue inmediato, intenso, lleno de todo lo que habían contenido. Las manos de Gabriel pasaron por cada rincón del cuerpo de Sara, ella también respondió, lo besó intensa y apasionadamente, lo despeinó y cuando todo comenzaba a intensificarse, Sara se apartó con dificultad.
—No, Gabriel… voy tarde. Son las seis cuarenta.
—Lo siento… yo solo quería…
—Ya. Vamos.
Tomó la manija de la puerta. Se detuvo. Dudó, porque dentro de ella estaban peleando la razón y el corazón, pero terminó ganando el corazón. Y entonces regresó.
Lo besó ella. Sin reservas. Sin pensar.
Ese beso fue distinto. Más profundo. Más decidido. Y fue suficiente para que todo lo que habían intentado controlar se rompiera. Sara llegó lo besó con mucha pasión y sentimientos reprimidos, Gabriel tampoco resistió y la besó, pero esta vez con mas alegría porque por primera vez ella habia tomado la iniciativa.
Este beso fue especial porque fue la chispa que hizo que explotara la bomba de emociones que ambos tenían escondida. Todo se intensificó y terminaron volviendo a la habitación, desvistiendo cada parte de su ser como si fuesen uno.
En ese momento ella le quitó la camisa lo empujó en la cama y se puso arriba tomando el mando, para él no habia comparación de este momento entre otros, este era el mejor, Sara habia tomado la iniciativa y eso era lo que más alegraba a Gabriel.
Él la tocó y la hizo suya. Pero él fue más de ella que ella de él...
El mundo quedó afuera. Y después, la prisa. El silencio. La culpa mezclada con algo que no sabían nombrar.
—Llegaré tarde, siete y media.—dijo ella mientras se vestía.
—Me siento culpable —murmuró él.
—No te culpes. Simplemente pasó y ya.
Bajaron rápido al estacionamiento. El trayecto fue silencioso. Sara lo dejó cerca de su casa y se fue sin mirar atrás.
Gabriel se quedó allí, viendo el auto desaparecer, con una certeza clavada en el pecho:
Nada de esto era un simple error.
Y eso lo hacía todo mucho más peligroso.



#3380 en Novela romántica

En el texto hay: drama, amorimposible

Editado: 10.01.2026

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