Capítulo 8 – Sospechas
Sara llegó casi corriendo a la sala de reuniones. Tenía el cabello apenas acomodado, el pulso acelerado y esa sensación incómoda de llegar tarde cuando jamás lo hacía. Buscó a Karen con la mirada y, apenas la vio, se acercó a ella sin saludar a nadie más.
—¿Qué pasó? ¿Ya terminaron? —preguntó Sara, peinándose el cabello hacia atrás con calma, como si no hubiera notado la cara de su amiga.
—Estás de suerte, no hemos ni empezado —respondió Karen, apoyando las manos en la mesa para recuperar el aire—. Dizque viene el hijo del director Cantú. Estará al frente durante la incapacidad del director por sus cálculos renales.
—Aaahh… menos mal —sonrió Sara—. Pensé que hoy me había metido en problemas.
Antes de que Karen pudiera responder, la puerta se abrió. El director Cantú entró con paso lento, y detrás de él apareció un hombre alto, bien vestido, de porte elegante y mirada segura. No necesitó presentación para llamar la atención de toda la sala.
—Es un gusto para mí presentarles a mi hijo, Daniel Cantú —anunció el director, señalándolo—. Él me reemplazará durante mi incapacidad.
Daniel dio un paso al frente.
—Es un gusto estar aquí con ustedes y ser parte de esta comunidad. Mi objetivo en este tiempo es posicionar la universidad entre las diez mejores de la ciudad, y a largo plazo, del país. Pero antes que nada, quiero llevarme bien con cada uno de ustedes.
La reunión avanzó entre cambios de temarios, fechas y propuestas. Para Sara, fue una mañana eterna. Su mente estaba lejos, atrapada en recuerdos que no lograba espantar, la mañana espectacular que vivio con Gabriel, todas sus caricias besos, no dejaba de pensar en él... Karen, sentada a su lado, la observaba de reojo. Algo no cuadraba. Sara no solía distraerse así. Nunca.
Cuando por fin terminó el comité, la mayoría salió rápido. Sin embargo, Sara se quedó hablando con Karen y Carlos Estrada, amigo cercano de ambas, riéndose de la llegada tarde de Sara.
—Oye, espera —dijo Carlos—, ¿quién eres tú y qué le hiciste a Sara?
—Sí, amiga —añadió Karen entre risas—. ¿Desde cuándo llegas tarde?
—¡Ay, ya! —respondió Sara—. Tuve contratiempos, no exageren.
—Disculpen… —una voz masculina interrumpió.
Era Daniel. Se había acercado, pero al ver a Sara sonriendo, se quedó un segundo de más. Ella levantó el mentón para mirarlo y algo silencioso ocurrió ahí.
—Profesor Cantú, disculpe, ya nos vamos —dijo Sara, acomodándose el cabello detrás de la oreja.
—Tú debes ser la maestra de Literatura, ¿verdad?
—Sí, Sara Ramírez —respondió, estrechándole la mano con una sonrisa amable.
—Mi padre me ha hablado mucho de su trabajo. Espero que podamos colaborar de cerca.
—Claro, con gusto.
—Y por favor —sonrió Daniel—, dime Daniel.
Cuando finalmente se marcharon, solo quedaron Karen y Sara. Caminaron juntas hasta la oficina de Sara y comenzó una conversación larga de confesiones.
—Amiga… —dijo Karen, sentándose en el sofá—, ¿cómo haces para enamorarlos a todos? Daniel cayó rapidísimo.
—No exageres —respondió Sara—. Solo fui amable.
—Ajá… claro. Mejor dime, ¿quién no te dejó salir temprano esta mañana?
—Karen…―dijo Sara con una mirada peligrosa―Me quedé dormida y anoche vi una serie,
―No me mientas. Tú no ves series, no llegas tarde y no desapareces los jueves porque sí.
—Bueno… sí. Ya, es un hombre.
Karen abrió los ojos.
—¿Quién?
—No preguntes.
—¿Edad?
Sara dudó.
—Soy mayor.
—¿Cuánto?
—Bastante, como unos 13 años mayor.
Karen se llevó una mano a la boca.
—Sara…
—No es lo que piensas —se defendió
—¿Es bueno en la cama?
Sara suspiró antes de responder, y comenzó a recordar los momentos íntimos e intensos que ha tenido con Gabriel. Momentos que jamás olvidará...
―Sí―Apenas se escucho lo que dijo―Sí es bueno, jajaja. Pero tampoco es simple Karen. Él es un niño con cara de adulto responsable.
—¿Te importa hacerle daño?
Sara no respondió de inmediato.
—Sí, amiga eso es preocupante—murmuró.
Karen sonrió con suavidad.
Y así terminó la mañana.
Con sospechas, miradas nuevas…
y un corazón empezando a complicarse.