Capítulo 9
Después de aquella mañana, ni Sara ni Gabriel volvieron a hablarse.
No fue por falta de ganas. Fue por exceso de cosas guardadas.
Gabriel tenía demasiado que decirle sobre lo que había pasado, sobre lo que sintió al despertar a su lado, sobre esa sensación rara de pertenecer por unas horas a un lugar que no sabía si era suyo. Pero también tenía el trabajo encima, turnos largos, cansancio acumulado y esa idea persistente de no querer ser una distracción más en la vida de Sara. Tenía días libres, sí, y más de una vez pensó en escribirle solo para preguntarle cómo estaba. Al final siempre borraba el mensaje. Sabía lo ocupada que podía estar. Sabía que insistir podía ser egoísta.
Sara, por su parte, fue absorbida por completo por la universidad.
A los docentes les ordenaron modificar los temarios para el nuevo semestre, rehacer planes completos en tiempo récord. Para ella eso significó jornadas eternas, café frío, hojas llenas de anotaciones y noches sin dormir. No había espacio para pensar en nada más. O eso se repetía. Aunque, en el fondo, cada vez que hacía una pausa, Gabriel aparecía sin permiso en sus pensamientos. Su voz. Su forma de mirarla. Esa mañana que fue tan reconfortante para ella…
Cuando por fin terminó el último ajuste del temario, ya de madrugada, no sintió alivio. Sintió vacío.
Y entonces hizo lo primero que llevaba días conteniéndose de hacer.
Le escribió.
“¿Cómo has pasado?
¿Qué estás haciendo?
Si estás libre, puedes venir a mi casa ”
En cuanto Gabriel leyó el mensaje, el corazón le dio un salto absurdo, casi juvenil. Lo pensó unos segundos, los suficientes para mirarse al espejo, peinarse sin razón aparente y tomar las llaves. No quería llegar con prisas, pero tampoco quería llegar tarde.
En el camino, la cabeza no paraba.
¿Quiere hablar?
¿Quiere fingir que nada pasó?
¿O quiere que pase otra vez?
La incertidumbre lo estaba matando, y solo había una forma de acabar con ella.
Cuando llegó, tocó la puerta y esperó. El segundo antes de que se abriera, sintió ese nervio que solo aparece cuando algo importa demasiado.
—¡Hola…! —dijo Sara al verlo, con una sonrisa suave—. Pasa.
—Hola, buenas noches —respondió él, entrando con cuidado, como si ese espacio ahora fuera distinto.
—¿Cómo has estado? ¿Qué has hecho? —preguntó ella, cerrando la puerta.
Gabriel dudó un segundo.
—Bueno… he estado mejor.
Sara lo miró con atención, captando el peso detrás de esas palabras.
—Mmm… ya veo. Bueno, yo tuve mucho trabajo —dijo, intentando sonar ligera—. Estuve muy ocupada.
El silencio que siguió no fue incómodo, pero sí cargado.
—Oye —añadió ella, de pronto—, me habías dicho que te gustaba cocinar. ¿Por qué no preparas algo? Tengo un hambre terrible.
—¿En serio? —preguntó él, sorprendido.
—Sí —sonrió—. ¿Qué sabes hacer?
—Lasaña.
—Perfecto.
Gabriel se puso manos a la obra, concentrado, moviéndose por la cocina con naturalidad. Sara lo observó un rato desde la mesa, hasta que el cansancio la venció. Apoyó la cabeza en los brazos sin darse cuenta… y se quedó dormida.
Cuando Gabriel terminó, la vio ahí, profundamente dormida, vulnerable de una forma que le apretó el pecho. Apagó el horno, cubrió la lasaña y se acercó con cuidado. No la despertó.
Se sentó frente a ella, en silencio.
Pensó en todo lo que no se habían dicho. En todo lo que estaba creciendo entre ellos sin permiso. En lo fácil que era estar ahí… y en lo complicado que sería después.
Sara se movió un poco, murmuró algo incomprensible y abrió los ojos lentamente.
—¿Ya…? —preguntó, medio dormida.
—Sí —dijo él—. Ya está lista.
Ella sonrió, todavía desorientada.
—Gracias.
No dijeron nada más. Pero ambos supieron que esa noche no era un punto final.
Era una pausa.
Y a veces, las pausas son más peligrosas que los finales.