Entre versos y piel

Capítulo 10 - verdades gigantescas.

Luego de la velada increíble, acompañada de lasaña, vino tinto y silencios que decían más que cualquier caricia, ambos terminaron en la cama. Dormidos. Vestidos apenas por las sábanas. Sin haberse dicho todo. Sin haberse dejado llevar por el deseo que había estado ahí, latiendo, pero contenido. Se acurrucaron como dos almas cansadas del mundo, encontrando en el cuerpo del otro un refugio momentáneo, una tregua. No hubo promesas. No hubo palabras grandes. Solo el consuelo de no estar solos.
El amanecer no llegó con suavidad.
No fueron los rayos del sol los que los despertaron, fue un ruido. Un sonido insistente, agresivo, que parecía rebotar en cada rincón del tímpano. El teléfono de Sara. Una llamada. Dos. Tres. Muchas más. Vibrando sin piedad sobre la mesa de noche.
Sara abrió los ojos con pesadez. Giró la cabeza y vio la pantalla iluminada como una advertencia. Frunció el ceño, tomó el celular y contestó sin siquiera mirar quién llamaba.
—¿Con quién hablo? —dijo con la voz áspera, cargada de sueño y fastidio.
Se llevó una mano al entrecejo, dejó las sábanas y apoyó los pies en el suelo. Caminó fuera de la habitación, todavía desorientada.
—Ahora ya no te acuerdas de mí… —respondió una voz masculina, demasiado animada para esa hora—. Llego a tu casa en unos quince minutos. ¡Te tengo unas noticias que son maravillosas!
—¿Qué? Espera, yo—
Pero la llamada se cortó.
Sara bajó lentamente el celular. Su rostro cambió. La somnolencia se evaporó, reemplazada por una angustia súbita. Volvió corriendo a la habitación como una liebre perseguida por lobos y, sin previo aviso, le arrancó las sábanas a Gabriel.
—¡¡¡Levántate ya!!! —dijo chasqueando los dedos—. No tengo todo el día. Tienes que irte ahora mismo, voy a recibir una visita y no puedo cancelar.
—¿Pero qué pasa? Yo—
El timbre sonó.
Fuerte. Definitivo.
Gabriel se quedó helado.
—¿Esperas a alguien? —preguntó, incorporándose.
—Gabriel, escóndete —dijo ella en un susurro urgente—. Y ni se te ocurra salir. Voy a cerrar con llave. No hagas tonterías. Yo me encargo.
Antes de que pudiera responder, ella ya estaba fuera. Sara se peinó rápido frente al tocador, se puso una ropa más formal, respiró hondo y fue a la puerta.
Al abrir, se encontró con un hombre alto, elegante, de presencia segura. Rafael Escalante. Traje gris claro perfectamente planchado, camisa blanca cerrada en el cuello, corbata negra como su oscuro cabello, peinado con descuido estudiado. Ojos claros, atentos, de esos que parecen analizarlo todo. Sonreía con facilidad, pero había algo afilado detrás de esa sonrisa: inteligencia, experiencia, control.
—Mucho gusto, mi Jota… —dijo entrando sin esperar invitación—. No, no. Sara Juliette Ramírez Antonelli. ¿Desde cuándo ya ni te acuerdas de mí, ah?
—Ay, Rafa… —respondió ella rodando los ojos—. Estaba profundamente dormida. Hasta roncaba.
Desde la habitación, Gabriel escuchaba. Cada palabra. Cada risa. Sin querer.
—Bueno —continuó Rafael, sentándose con total confianza—, parece que por fin vamos a cerrar el caso. Aceptó el divorcio.
Gabriel sintió un nudo en el estómago.
—¿Qué? —dijo Sara, tensándose—. ¿Así como así?
—No tan fácil. Dice que quiere verte en persona. Nada de firmas virtuales. Y además… —hizo una mueca— quiere el carro que, por cierto no usas o este apartamento. Dice que le envíes tu opinión por correo.
—¡Pero ese cretino está loco! —explotó ella—. ¿No quiere también que le envíe el pez por correo?
—Mira, Jota —respondió Rafael con calma profesional—, o vas en persona o esto se alarga meses. Tú decidiste dividir bienes. Yo hago lo que puedo.
La conversación siguió. Técnica. Legal. Densa. Y Gabriel, encerrado, escuchaba en silencio cómo una pieza gigantesca del rompecabezas se revelaba sin permiso.
Sara era casada.
O lo había sido.
Y él no lo sabía.
Cuando Rafael finalmente se fue, la casa quedó en un silencio incómodo. Sara cerró la puerta y apoyó la frente en ella unos segundos, agotada.
Gabriel salió despacio de la habitación.
No dijo nada.
La miró.
Y en esa mirada había algo nuevo. No rabia. No celos. Decepción.
Una verdad gigante acababa de caer entre ellos.
Y ya nada volvía a sentirse igual.



#3557 en Novela romántica

En el texto hay: drama, amorimposible

Editado: 18.03.2026

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