Entre versos y piel

Capítulo 12 - lo que se ve

El día siguiente amaneció con una calma engañosa.
Gabriel casi no durmió. No por discusión. No por distancia. Sino por lo que habían hablado. Las verdades tienen ese efecto: no gritan, pero se quedan resonando.
Decidió mantenerse ocupado.
Había pensado en inscribirse al grupo de arte desde hacía semanas. Necesitaba algo que no fuera pensar. Preguntó por la maestra Karen en el pasillo de Humanidades.
—Está en la oficina de la maestra Sara —le dijeron.
El corazón le dio un pequeño salto involuntario.
Caminó hasta la oficina con pasos medidos, como si no quisiera que pareciera que tenía prisa. Tocó la puerta.
—Adelante —escuchó la voz de Sara.
Al entrar, la escena era sencilla: Karen sentada frente al escritorio, hablando animadamente; Sara revisando unos papeles, seria, concentrada. Pero cuando levantó la vista y lo vio… algo cambió.
No fue una sonrisa. No fue un gesto exagerado. Fue apenas un segundo de más sosteniendo la mirada. Un reconocimiento silencioso. Un “sé que estás aquí”.
—Gabriel —dijo Karen con entusiasmo—. ¿Qué haces por acá?
—Venía a buscarla—respondió, sin dejar de sentir el peso de los ojos de Sara sobre él—. Quería inscribirme al grupo de arte.
—¡Eso! —aplaudió Karen—. Ya era hora.
Sara bajó la mirada a los papeles, fingiendo concentración. Pero el leve movimiento de su mandíbula la delataba. Estaba escuchando cada palabra.
—Claro —continuó Karen—. Solo llena el formulario y ya estás dentro.
Gabriel se acercó al escritorio. Tomó el bolígrafo de Sara sin pedir permiso, como si todo lo que ella tocara también fuera de él,
Ambos levantaron la vista al mismo tiempo.
Y entonces—
—Gabriel.
La voz cortó el aire como una navaja.
Los tres voltearon hacia la puerta. Una mujer alta, de cabello oscuro perfectamente alisado, maquillaje impecable y postura de quien entra a un lugar como si le perteneciera. Marcela.
—Ah, hola... —murmuró Gabriel, tenso.
Ella avanzó sin pedir permiso.
—Espero que estés contento —dijo, cruzándose de brazos—. Mi relación se está yendo por la borda por tu culpa.
Karen abrió los ojos, fascinada. Sara se quedó inmóvil.
—¿De qué hablas? —respondió Gabriel, intentando mantener la calma.
—De las fotos que publicaste. Samuel piensa que son actuales y que te sigo viendo.
—Pero yo no he subido nada, Marcela. Por Dios, deja el show.
—Sí fuiste tú —insistió ella, alzando un poco la voz—. Y más te vale buscar la solución porque si no… de esta boquita van a salir tus maravillas.
Gabriel frunció el ceño.
—¿Ah?
Marcela sonrió con una mezcla de amenaza y satisfacción.
—¿Te las enumero? Tatiana. Liana. Y…
—Bueno, ya —la interrumpió él, bajando el tono—. Ya veo.
Sara sintió algo incómodo en el estómago. No sabía exactamente qué le molestaba más: los nombres… o la facilidad con la que Gabriel aceptó que entendía.
Marcela se inclinó apenas hacia él.
—Espero que lo arregles.
Se giró y salió como si hubiera ganado algo.
El silencio quedó suspendido.
Karen fue la primera en romperlo.
—Wow.
Sara no dijo nada. Recogió los papeles con calma exagerada. Demasiada calma.
Gabriel la miró.
Ella levantó la vista lentamente.
No había reclamo en sus ojos. Tampoco comprensión. Era algo más complejo. Algo que decía: esto también eres tú..
Sara sostuvo su mirada unos segundos.
Y ahí estaba el problema.
Porque a veces el silencio pesa más que cualquier acusación.
Gabriel entendió que lo que había construido con ella era frágil. Y que el pasado, aunque uno crea tenerlo resuelto, siempre encuentra la manera de aparecer en el momento menos oportuno.



#3557 en Novela romántica

En el texto hay: drama, amorimposible

Editado: 18.03.2026

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