Entre versos y piel

Capítulo 13 – Lo que arde sin fuego

El silencio después de la salida de Marcela no duró mucho.
Gabriel tomó el formulario con más fuerza de la necesaria. La mandíbula tensa. La respiración corta.
—Olvídelo —dijo de pronto, dejando la hoja sobre el escritorio.
—¿Qué? —preguntó Karen.
—Lo del grupo. Luego vengo.
No miró a Sara cuando habló. Eso fue lo que más se notó.
Se dio media vuelta y salió con pasos firmes, rápidos. La puerta no se azotó… pero casi.
Karen soltó el aire.
—Ok… eso fue intenso.
Sara seguía de pie detrás del escritorio, aparentemente tranquila. Demasiado tranquila.
Karen la observó de reojo y sonrió con picardía.
—Oye… —dijo inclinándose hacia ella— Los guapos siempre terminan siendo mujeriegos, son malos, pero no le quitan lo guapo.
Sara la miró con una expresión que intentaba ser neutra.
—Karen.
—¿Qué? Es verdad. Ese aire de "mujeriego inteligente" le queda bien.
Sara ignoró el comentario. Se sentó lentamente.
—¿Quién era Marcela? —preguntó al fin, fingiendo revisar unos papeles que claramente no estaba leyendo—. ¿Y qué fue todo ese alboroto?
Karen abrió los ojos como si hubiera estado esperando esa pregunta toda su vida.
—Ahhh, bueno —dijo acomodándose en la silla—. Resulta que Marcela y Gabriel eran novios. Bastante oficiales, por cierto. Pero Marcela le puso los cuernos con Samuel.
Sara levantó la vista.
—¿Samuel?
—Sí, el de Administración. El que siempre anda con camisas demasiado ajustadas. Ese mismo.
Sara guardó silencio.
Karen continuó, ahora en modo informante profesional.
—Pero el niño Gabriel no se quedó atrás. Después de eso se metió en modo mujeriego. Por eso Marcela mencionó a Tatiana, Liana y ajá… la lista es larga. Dicen que tenía una y la otra ni sabía que existía. Que salía con varias al mismo tiempo.
Sara sintió algo incómodo apretarle el pecho.
—¿Y eso es verdad? —preguntó, intentando que su voz no revelara nada.
Karen se encogió de hombros.
—Después no se supo más detalle. El chisme quedó en el aire. Tampoco sabemos si era cierto o si solo fue exageración. Ya sabes cómo es la universidad… alguien estornuda y ya lo casaron tres veces.
Sara asintió lentamente.
Pero por dentro no estaba tan tranquila.
Las palabras de Marcela.
La forma en que Gabriel dijo “ya veo”.
Los nombres.
No era celos exactamente. Era otra cosa. Una mezcla amarga entre ira y decepción. Como si hubiera descubierto una parte de él que no encajaba con el Gabriel vulnerable que le había hablado de su padre la noche anterior.
¿Eso también eres tú? pensó.
Karen la observó en silencio unos segundos.
—Oye… —dijo con menos ligereza esta vez—. No pongas esa cara.
—¿Qué cara? —respondió Sara, defensiva.
—Esa. La de “me importa más de lo que quiero admitir”.
Sara se levantó de golpe, recogiendo unos documentos.
—No me importa —dijo.
Pero su voz no sonó convincente.
Karen suspiró.
—Mmm... bueno es un buen chisme, no dudo que te haya gustado.

Sara se quedó pensativa y no sabia si reclamar o dejarlo pasar.

Afuera, en el patio central, estaba Gabriel cruzando el campus. Solo. Con las manos en los bolsillos. La postura rígida.
No volteó.
Siguió derecho, apresurado.
Con una sonrisa como si nada hubiera pasado.



#3557 en Novela romántica

En el texto hay: drama, amorimposible

Editado: 18.03.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.