Pasó todo el día.
Ninguno llamó.
Ninguno escribió.
Ambos miraron el teléfono más veces de las que admitirían. Pero el orgullo es un animal silencioso: no ruge, se instala.
Sara se convencía de que no tenía nada que reclamar.
Gabriel se convencía de que no tenía nada que explicar.
Y aun así, el silencio dolía.
Esa noche, cuando el reloj marcaba casi las once, el teléfono de Sara vibró.
Gabriel.
Lo dejó sonar dos veces antes de contestar.
—Hola —dijo él primero.
Silencio breve.
—¿Estás bien? —preguntó.
Sara soltó una risa sin humor.
—¿Después de todo lo que escuché tú crees que sí? —respondió—. Ni siquiera me contaste que tuviste tu faceta mujeriega. Quizá me estés engañando ahora y tengas a otra que yo no sé si exista.
Del otro lado, Gabriel cerró los ojos.
—No, Sara. Déjame explicarte, yo—
—Gabriel, deja de ser tan hombre —interrumpió ella, con la voz más dura de lo habitual—. Los hombres siempre son así. Nunca son honestos.
—Sara, Sara… —intentó él, conteniendo la frustración—. No fui honesto en ese tema porque me parecía insignificante hablarte de esa etapa. Sí, estuve con muchas mujeres. No voy a negarlo. Pero lo dejé. Las dejé.
Respiró hondo antes de continuar.
—Cuando mi papá me quitó todo, cuando dejé de tener dinero, apellido, privilegios… todos se alejaron. Todas. Era fácil estar conmigo cuando había algo que ganar. Después ya no.
Sara escuchaba en silencio, pero no cedía.
—¿Y eso qué cambia? —preguntó—. El punto es que no me lo dijiste.
—Porque no eres parte de ese pasado —respondió él, ahora con la voz tensa—. Porque contigo no estoy jugando. ¿Por qué eres tan terca, carajo?
El silencio volvió. Pero esta vez no fue denso. Fue frío.
Sara respiró profundo.
—¿Sabes qué? —dijo finalmente—. Dejemos esta conversación para otro día. En persona. No puedo razonar así.
Pausa.
—Duerme. Bye.
Y colgó.
Gabriel se quedó con el teléfono aún en la mano, escuchando el tono muerto. No volvió a llamar.
Sara dejó el celular sobre la mesa y se quedó mirando la pared, como si pudiera encontrar una respuesta ahí.
No lloró.
Pero tampoco estaba tranquila.
A veces las heridas no vienen del pasado del otro…
Sino del miedo a repetir el propio