Capítulo 15 – Lo q
Había pasado dos fines de semana completos.
Dos días exactos sin verse.
Sin hablar.
Sin mensajes nocturnos que rompieran el orgullo.
Gabriel se convenció de que estaba bien. Que la distancia era madura. Que no iba a insistir si ella tampoco lo hacía.
Mentira.
Cada mañana se despertaba con la costumbre de revisar el teléfono antes incluso de abrir bien los ojos. Y cada mañana encontraba lo mismo: nada.
Ese día salió temprano de casa rumbo a la universidad. O al menos esa era la intención. Porque quedarse dormido siempre era una posibilidad. Y pasó.
Llegó apenas a tiempo. El campus todavía estaba medio vacío. Entró al aula y, como de costumbre, ocupó su asiento en las primeras filas. Apoyó los brazos sobre el escritorio y el rostro sobre ellos.
Parecía dormido.
Pero no lo estaba.
Intentaba.
Tenía los ojos cerrados, sí, pero su mente estaba lejos de cualquier descanso. Pensaba en la última llamada. En el “duerme, bye”. En el tono frío. En la palabra hombres dicha como si él fuera todos y ninguno a la vez.
Escuchó pasos.
Tacones.
Conocía ese sonido.
No abrió los ojos, pero su respiración cambió levemente.
Sara se acercó.
Se detuvo frente a él.
No dijo nada. Solo lo miró. Gabriel podía sentirlo. Ese segundo suspendido. Esa mirada que no era profesional ni distante, era personal. Demasiado personal.
Abrió apenas los ojos.
Y la vio.
De pie frente a él, con el cabello cayendo sobre un hombro, la luz de la mañana dibujando un borde dorado en su silueta. Siempre había pensado que ella era como esos fenómenos que no se repiten seguido. Como ese cometa que pasa cada 76 años y que, si lo pierdes, quizá no vuelvas a verlo en tu vida.
Una fortuna.
Una maravilla.
Pero ella se alejó de inmediato.
Como si haberse quedado un segundo de más fuera peligroso.
Los compañeros comenzaron a entrar y el murmullo llenó el aula. Gabriel levantó la cabeza, fingiendo despertar.
No dejó de mirarla.
Que estuvieran peleados no era motivo para dejar de verla.
Sara comenzó la clase con esa voz firme que usaba cuando quería que nada personal se filtrara. Gabriel escuchaba, pero no procesaba del todo. Solo la observaba caminar de un lado a otro, escribir en el pizarrón, evitar su mirada.
En medio de la explicación, su celular vibró.
Lo deslizó con discreción bajo el pupitre.
Un mensaje de su hermana.
“Paso por ti en la tarde. Estamos visitando. Mamá quiere verte.”
Gabriel frunció el ceño.
Mamá.
La palabra tenía peso. No era común que lo buscaran juntos. Algo estaba pasando.
Guardó el teléfono, pero ahora su mente estaba dividida entre Sara… y su familia.
La clase terminó.
Los alumnos comenzaron a salir. Gabriel fue el último en levantarse. Pasó junto al escritorio de Sara.
No dijo buenos días.
No dijo nada.
Y eso también dolía.
El receso llegó y luego la siguiente clase con otra profesora. Pero su cabeza no estaba ahí. Seguía pensando en el mensaje. En el “mamá quiere verte”. En lo que podría significar.
Cuando por fin terminó su jornada, salió del campus con paso rápido. Necesitaba aire.
No sabía que Sara lo estaba viendo desde lejos.
No sabía que ella, después de unos días de silencio, había decidido hablar. Que estaba dispuesta a dejar el orgullo a un lado.
No sabía que ella corría en tacones detrás de él.
—¡Carooo!
Gabriel sonrió automáticamente.
—Mi Gabiiii —respondió la voz femenina.
Carolina apareció frente a él y lo abrazó con fuerza. Gabriel le dio un beso en la frente, protector, familiar.
—Tengo una sorpresa para ti —dijo ella, separándose con emoción infantil—. Mira.
Le extendió unas llaves.
Gabriel frunció el ceño.
—¿Por qué me das las llaves del Porsche que extraño?
Carolina sonrió con orgullo.
—Porque está aquí. Hazlo pitar. Me costó convencer a papá, pero espero estés feliz, Gabi. No solo vine a visitar, tengo que hablar unas cosas contigo, a demás que me verás seguido.
Gabriel se quedó en silencio.
El Porsche.
El símbolo exacto de todo lo que había rechazado. De todo lo que había dejado atrás.
No sabía si sentirse halagado… o traicionado por el gesto.
A unos metros, Sara observaba.
No escuchaba.
Solo veía.
Veía a una mujer abrazándolo.
Veía un beso en la frente.
Veía llaves brillando bajo el sol.
Veía un Porsche estacionado.
Y en su mente, todas las piezas encajaron de la peor manera posible.
Gabriel no la vio alejarse.
No vio cómo su expresión cambiaba.
No vio la decepción endureciendo su postura.
Él solo miraba las llaves en su mano.
Pensando que el pasado siempre encuentra la forma de volver.