Entre Vetrov y Vlasov.

Prólogo.

La sangre cayó sobre el mármol blanco.
Una gota.
Dos.
Tres.
El silencio se hizo tan pesado que incluso respirar parecía un error.
Jasen Vlasov apoyó una mano contra su costado herido y apretó los dientes.
Le dolía.
Muchísimo.
Pero no era eso lo que lo tenía paralizado.
Era la imagen frente a él.
Auren Vetrov.
De pie.
Con una pistola en la mano.
Apuntando directamente al hombre que acababa de ordenar la muerte de ambos.
Las luces del almacén parpadeaban sobre su cabello rubio.
Su traje estaba roto.
Tenía sangre en la mandíbula.
Y aun así parecía aterradoramente tranquilo.
—Auren... —murmuró Jasen.
El rubio no apartó la vista del objetivo.
Ni siquiera parpadeó.
—Cállate.
—Estás sangrando.
—Tú también.
—Qué observador.
Auren ignoró la broma.
Como siempre.
Pero Jasen vio cómo su mandíbula se tensaba.
Una señal.
Una de las pocas señales que había aprendido a reconocer después de tantos años.
Estaba asustado.
Y eso era imposible.
Porque Auren Vetrov no sentía miedo.
Nunca.
El hombre frente a ellos sonrió.
—Dos herederos contra todo un ejército.
—Parece que las matemáticas no están de vuestra parte.
Jasen soltó una carcajada ahogada.
—Siempre odié las matemáticas.
—Lo sé.
La respuesta salió tan rápido que incluso Auren pareció darse cuenta de lo que había dicho.
Durante un segundo se hizo el silencio.
Un segundo ridículamente fuera de lugar.
Como si no estuvieran rodeados de hombres armados.
Como si no estuvieran a punto de morir.
Jasen levantó la mirada.
Y entonces lo vio.
La mano de Auren.
Temblando.
Muy poco.
Casi imperceptiblemente.
Pero temblando.
Porque estaba herido.
Porque estaban acorralados.
Porque las probabilidades eran una mierda.
Y porque...
Porque Auren estaba intentando protegerlo.
Otra vez.
El pecho de Jasen se apretó.
—Vetrov.
—¿Qué?
—Si salimos de esta...
—No empieces.
—Déjame terminar.
Por primera vez, Auren giró la cabeza.
Sus ojos gris azulados encontraron los verdes de Jasen.
Y durante unos segundos el mundo desapareció.
No existían los disparos.
No existía la mafia.
No existían los enemigos.
Solo ellos.
Como siempre.
Como desde el principio.
Como desde que tenían memoria.
—Si salimos de esta —repitió Jasen—, tenemos que hablar.
Auren lo observó unos instantes.
Luego volvió a apuntar.
—Primero sobrevive.
Y fue entonces cuando sonó el primer disparo de Auren.

SEIS MESES ANTES...

Auren Vetrov odiaba muchas cosas.
Las reuniones familiares.
Las personas incompetentes.
Las mañanas de lunes.
Y, por encima de todo...
A Jasen Vlasov.
O al menos eso era lo que llevaba años repitiéndose.
Y esa mañana estaba a punto de comprobar, una vez más, por qué.




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