Entre Vetrov y Vlasov.

CAPÍTULO 1. El chico que siempre estaba en medio de su camino.

AUREN:
Auren Vetrov odiaba las mañanas.
No porque le costara levantarse. No porque estuviera cansado. Ni siquiera porque tuviera clases.
Odiaba las mañanas porque siempre empezaban exactamente igual: Con expectativas. Con responsabilidades. Con recordatorios constantes de quién era y de quién tendría que convertirse algún día.
El sonido de la alarma resonó a las seis y media.
La apagó antes de que sonara por segunda vez.
Diez minutos después ya estaba en el gimnasio privado de la mansión.
La cinta de correr avanzaba bajo sus pies mientras observaba el amanecer tras los ventanales.
Su padre decía que la disciplina separaba a los líderes de los demás.
Su madre decía que su padre necesitaba terapia.
Auren todavía no sabía cuál de los dos tenía razón.
Probablemente ambos.
Cuando terminó el entrenamiento, regresó a su habitación.
Ducha.
Uniforme.
Corbata.
Perfecto.

Todo en orden. Todo bajo control.
Como debía ser.
Bajó al comedor.
Su padre ya estaba allí. Leyendo documentos. Por supuesto.
—Llegas tarde.
Auren miró el reloj.
—Son las siete y media.
—Tres minutos tarde.
—No sabía que estabas contando.
—Siempre cuento.
Auren tomó asiento.
Su madre apareció con una taza de café.
—Buenos días, cariño.
—Buenos días.
—Ignora a tu padre.
—Lo intento.
—Yo llevo veinte años intentándolo.
Viktor ni siquiera levantó la vista.
—Y aquí sigues.
—Porque alguien tiene que evitar que conviertas esta casa en un cuartel militar.

Durante unos segundos el ambiente se relajó.

Hasta que Viktor cerró la carpeta.
—Esta noche vienen los Vlasov.
Auren se quedó quieto. Solo un instante. Pero fue suficiente.
Su madre lo vio y sonrió.
—No pongas esa cara.
—¿Qué cara?
—Esa cara.
—No estoy poniendo ninguna cara.
—Claro que sí.
—No.
—Sí.
Auren suspiró.
Hasta que Viktor cerró la carpeta.
—Esta noche vienen los Vlasov.
Auren se quedó quieto. Solo un instante. Pero fue suficiente.
Su madre lo vio y sonrió.
—No pongas esa cara.
—¿Qué cara?
—Esa cara.
—No estoy poniendo ninguna cara.
—Claro que sí.
—No.
—Sí.
Auren suspiró.
Porque sabía exactamente lo que significaba aquella visita.
Jasen. Otra vez.
El trayecto al instituto duró veinte minutos: Veinte minutos de paz. Veinte minutos sin escuchar la voz más irritante del planeta.
Lamentablemente, aquella tranquilidad terminó en cuanto atravesó las puertas del Saint Gabriel.
—¡VETROV!
Ahí estaba.
Auren cerró los ojos. Contó hasta tres. No funcionó.
Giró la cabeza.
Jasen Vlasov avanzaba hacia él. Sonriendo.
Como si la existencia fuera una broma privada que solo él entendía y como si despertarse por las mañanas tuviera sentido.
Algo sospechoso. Muy sospechoso.
—¿Qué quieres?
—Buenos días.
—¿Qué quieres?
—Nada.
—Mentira.
—Qué mala imagen tienes de mí.
—Te conozco desde los cinco años.
—Buen punto.
Auren siguió caminando.
Jasen también.
—¿Sabías que hoy tenemos examen?
—Sí.
—¿Sabías que estudié cinco minutos?
—También.
—¿Sabías que aun así sacaré buena nota?
—No me importa.
—Mentira.
Auren no respondió.
Lo peor era que Jasen tenía razón.
Le importaba.
Porque siempre estaban compitiendo: Por las notas. Por los deportes. Por el reconocimiento. Por absolutamente todo.
Y ninguno sabía cuándo había empezado aquella guerra, solo sabían que seguía ahí.
Durante la primera clase, Auren intentó concentrarse. Intentó.
Porque cada pocos minutos escuchaba a Jasen susurrar algo, reír, comentar... O simplemente existir.
Era insoportable.
La profesora comenzó a repartir trabajos.
Y Auren tuvo un mal presentimiento. Uno enorme.
La experiencia le había enseñado que los malos presentimientos nunca llegaban solos.
Y efectivamente.
—Este trimestre haréis el proyecto en parejas.
Varios alumnos celebraron. Otros se quejaron.
Auren simplemente esperó.
—Yo elegiré los grupos.
Peor. Mucho peor.
La profesora sonrió.
Y ahí supo que estaba acabado.
—Vetrov y Vlasov.
Silencio. Absoluto silencio.
—No.
Dijo Auren.
—Ni hablar.
Dijo Jasen.
—Perfecto.
Respondió la profesora.
La clase estalló en carcajadas.
Auren apoyó la frente contra la mesa.
Aquello era una pesadilla.
Al final de las clases, estaba convencido de que el día no podía empeorar.
Entonces recibió un mensaje.
Reunión familiar. Esta noche. No llegues tarde.
Miró el teléfono. Volvió a mirarlo. Y levantó la vista.
Jasen estaba leyendo exactamente el mismo mensaje.
Los dos se observaron.
Y por primera vez en todo el día estuvieron de acuerdo en algo.
Aquello no prometía nada bueno.




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