El patio trasero de la mansión Vetrov estaba vacío. El cielo era demasiado claro para una tarde tan tranquila. Jasen estaba subido a una roca grande, intentando mantener el equilibrio con los brazos abiertos. —No puedes subir ahí —dijo Auren desde abajo. —Claro que puedo. —Te vas a caer. —No. Jasen sonrió, orgulloso. Tres segundos después perdió el equilibrio. El golpe contra el suelo fue seco. Auren no se movió al principio. —Te lo dije —dijo finalmente. —Cállate —respondió Jasen desde el suelo. Auren bajó la mirada, suspiró… y se acercó igual.
Le tendió la mano que Jasen la tomó sin dudar, como si fuera lo más natural del mundo, como si siempre hubiera sido así. Y quizá lo había sido.
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