JASEN:
Jasen odiaba madrugar.
No era una opinión.
Era un hecho científico. Una verdad universal. Una tragedia personal.
Por eso, cuando el despertador sonó a las seis de la mañana, consideró seriamente arrojarlo por la ventana.
—Cinco minutos más...
Su voz sonó ahogada contra la almohada.
El despertador no mostró compasión.
Siguió sonando. Y sonando. Y sonando.
Hasta que una llamada entró en su teléfono.
Jasen abrió un ojo. Luego el otro.
Miró la pantalla. Y se arrepintió inmediatamente.
Auren.
—No.
La llamada continuó.
—No.
Continuó.
—No.
Continuó.
Finalmente contestó.
—Si no te estás muriendo, voy a colgar.
—Llegas tarde.
Jasen cerró los ojos.
—¿Qué?
—Llegas tarde.
—Son las seis.
—Son las seis y dos.
—Voy a denunciarte.
—Baja.
—¿Qué?
—Baja.
La llamada terminó.
Jasen se quedó mirando el techo.
Silencio.
Procesó la información.
Una vez. Dos. Tres.
Entonces se incorporó de golpe.
—¿POR QUÉ ESTÁ AQUÍ?
Diez minutos después apareció en la entrada de la mansión Vlasov.
Con el uniforme deportivo, el cabello desordenado y una expresión de absoluto sufrimiento.
Auren estaba apoyado junto al coche.
Perfectamente arreglado.
Por supuesto.
Porque Auren probablemente nacía peinado.
—Te odio.
—Buenos días.
—Te odio muchísimo.
—Sube al coche.
—No.
—Sube.
—No.
—Jasen.
—Vale.
Subió.
Porque lamentablemente quería seguir viviendo.
El trayecto fue silencioso. Demasiado silencioso.
Jasen observó por la ventana.
Auren conducía.
Concentrado.
Serio.
Como siempre.
—¿Siempre eres tan insoportable por las mañanas?
—Sí.
—Increíble.
—Gracias.
—No era un cumplido.
—Lo sé.
—Te odio.
—Ya lo has dicho tres veces.
—Quería asegurarme.
Auren no respondió.
Pero Jasen vio la comisura de su boca moverse.
Apenas.
Casi invisible.
Y aquello lo irritó.
Porque sabía exactamente lo que significaba.
Auren se estaba divirtiendo.
Llegaron al centro de entrenamiento conjunto de ambas familias.
Un enorme complejo privado situado a las afueras de la ciudad.
Paredes de hormigón.
Cristal oscuro.
Seguridad por todas partes.
El lugar donde se entrenaban futuros líderes. Y futuros problemas, como ellos.
Entraron.
Viktor Vetrov ya estaba allí.
También Aleksandre.
Mal comienzo.
Cuando ambos padres estaban presentes significaba que algo importante iba a ocurrir.
Y normalmente terminaba mal.
—Bien. —Dijo Viktor.
—Habéis llegado.
—Porque alguien me secuestró al amanecer. —Respondió Jasen.
—No fue un secuestro. —Dijo Auren.
—Lo fue emocionalmente.
Aleksandre se masajeó el puente de la nariz.
—Va a ser un año muy largo.
—Cinco minutos. —Corrigió Viktor.
—Cinco minutos bastarán para volvernos locos.
La primera parte del entrenamiento fue física.
Carrera.
Resistencia.
Combate.
Técnicas defensivas.
Nada nuevo.
Lo complicado llegó después.
—Haréis todo en pareja.
Silencio.
—No.
Dijeron ambos.
Exactamente al mismo tiempo.
—Sí.
Respondieron ambos padres, exactamente al mismo tiempo.
Una hora después estaban frente a frente, preparados para combatir.
Jasen sonrió.
Mala señal.
Auren ya conocía esa sonrisa.
—No.
Dijo.
—¿No qué?
—Sea lo que sea que estás pensando.
—No pensaba nada.
—Mentira.
—Qué poca confianza tienes en mí.
—La cantidad adecuada.
Aleksandre levantó una mano.
—Empezad.
Jasen atacó primero.
Rápido y directo.
Auren esquivó, como siempre.
Jasen volvió a intentarlo.
Auren bloqueó. Otra vez. Y otra.
Era desesperante.
—¿Piensas devolver los golpes? —Preguntó Jasen.
—Estoy esperando a que hagas algo inteligente.
—Eso ha dolido.
—Era la idea.
Jasen sonrió.
Y cometió un error. Uno pequeño. Suficiente.
Auren aprovechó la apertura.
Un movimiento. Un giro.
Y segundos después Jasen estaba contra el suelo. Inmovilizado.
—Te odio. —Murmuró.
—Cuatro veces. —Dijo Auren.
—¿Las cuentas?
—Siempre cuento.
Jasen bufó.
Y por alguna razón ambos tardaron unos segundos más de lo necesario en separarse.
Demasiados segundos. Los suficientes para resultar incómodos.
Después vino la peor parte.
La teoría.
Porque la teoría significaba sentarse.
Y sentarse significaba hablar.
Y hablar significaba trabajar juntos.
Una tortura.
Los entrenadores explicaban rutas comerciales, alianzas, estructuras organizativas y sistemas de información.
Jasen intentó escuchar.
De verdad.
Lo intentó.
Pero entonces ocurrió.
Ella apareció.
Cabello oscuro.
Sonrisa bonita.
Uniforme impecable.
Una de las nuevas estudiantes del programa.
Se acercó directamente a Auren.
Directamente.
Sin miedo.
Sin instinto de supervivencia.
—Hola.
Auren levantó la vista.
—Hola.
—Soy Valeria.
—Auren.
—Lo sé.
Jasen sintió algo extraño. Muy extraño.
Probablemente indigestión.
Sí. Seguro que era eso.
Porque cuando Valeria sonrió a Auren por segunda vez, algo le molestó.
Muchísimo.
Sin motivo. Absolutamente ninguno.
—¿Te pasa algo? —Preguntó Auren.
—No.
—Pareces enfadado.
—No.
—Sí.
—No.
—Sí.
—Cállate.
Valeria observó el intercambio.
Luego sonrió. Demasiado.