Entre Vetrov y Vlasov.

CAPÍTULO 6. Una investigación imposible.

AUREN:
Auren Vetrov descubrió dos cosas importantes aquella semana.
La primera era que alguien estaba filtrando información.
La segunda era que trabajar con Jasen Vlasov era una experiencia capaz de reducir la esperanza de vida de cualquier persona.
Todavía no sabía cuál de las dos era peor.
El despertador sonó a las seis.
A las seis y un minuto ya estaba fuera de la cama.
A las seis y diez había terminado de vestirse.
A las seis y veinte estaba entrenando.
Porque las rutinas eran sencillas. Las rutinas tenían sentido. Las rutinas no discutían contigo durante cuarenta minutos sobre si una tostada podía considerarse una comida completa.
Jasen sí.
Y Auren seguía sin entender cómo era posible.
La cinta de correr avanzaba bajo sus pies mientras observaba el amanecer a través de los ventanales.
El gimnasio privado estaba vacío. Silencioso. Perfecto.
Exactamente como le gustaba.
Hasta que la puerta se abrió.
Y dejó de ser perfecto.
—Buenos días.
Auren cerró los ojos.
No necesitaba mirar para saber quién era.
—¿Por qué estás aquí?
—Qué forma tan fea de saludar.
—¿Por qué estás aquí?
—Porque tu madre me dejó entrar.
Auren dejó de correr.
Giró la cabeza.
Jasen estaba apoyado contra la puerta.
Con un café en una mano.
Y una sonrisa sospechosa en la cara.
Mala señal. Muy mala señal.
—¿Qué has hecho? —Preguntó Auren.
—Todavía nada.
—Eso no me tranquiliza.
—Lo sé.
Jasen dio un sorbo al café.
—Por cierto.
—No.
—Todavía no he dicho nada.
—No.
—Eres increíble.
—Gracias.
—No era un cumplido.
—Lo sé.
Jasen sonrió. Otra vez.
Aquello tampoco era tranquilizador.
Auren llevaba años estudiándolo.
Sabía exactamente qué significaba cada sonrisa.
Y aquella era la sonrisa de alguien que estaba a punto de convertirse en un problema.
—Mi madre ha preparado desayuno.
Dijo Jasen.
—Bien.
—Y me ha obligado a traerte.
Silencio.
—¿Qué?
—Dice que paso demasiado tiempo aquí.
—Pasas demasiado tiempo aquí.
—Eso mismo le dije.
—Y tenía razón.
—También le dije eso.
Auren se masajeó las sienes.
Porque aquello estaba ocurriendo demasiado temprano.
—Vuelve a tu casa.
—No.
—Jasen.
—No.
—Jasen.
—No.
—Te odio.
—Eso ya lo habías dicho.
—Lo repetiré.
—Lo sé.
Lo peor era que sí lo sabía.
Y aun así seguía apareciendo.
Veinte minutos después estaban sentados en el comedor de la mansión Vetrov.
Porque aparentemente expulsar a Jasen de una propiedad privada era más difícil de lo que debería.
Elena apareció con una bandeja. Sonriendo. Demasiado.
—Buenos días, chicos.
—Buenos días. —Respondió Jasen inmediatamente.
—Buenos días, mamá. —Respondió Auren.
—Qué educados.
—Solo uno de nosotros. —Dijo Auren.
—Gracias. —Respondió Jasen.
—No hablaba de ti.
—Ya lo sé.
Elena empezó a reírse.
Traición. Una vez más.
Auren empezaba a sospechar que su propia madre disfrutaba viendo cómo sufría.
La teoría ganaba fuerza cada día.
—¿Dónde está papá? —Preguntó.
—Reunido con Aleksandre. —Respondió Elena.
—¿Tan temprano?
—Desde las cinco.
Eso llamó su atención.
Porque Viktor Vetrov no improvisaba. Jamás.
Si estaba reunido con Aleksandre desde las cinco de la mañana significaba que algo ocurría. Algo importante.
Y probablemente desagradable.
Elena pareció notar el cambio en su expresión.
Porque su sonrisa desapareció ligeramente.
—Os llamarán después del desayuno. —Dijo.
—¿Por qué? —Preguntó Jasen.
—No lo sé exactamente.
Mentira.
Los tres lo supieron.
Elena sabía algo.
Pero no podía contarlo.
Y eso significaba problemas.
Una hora más tarde ambos estaban sentados en una sala de reuniones.
Frente a sus padres. Otra vez.
Lo cual nunca era una buena noticia. Nunca. Ni una sola vez en diecisiete años.
Viktor tenía varios documentos sobre la mesa.
Aleksandre parecía igual de serio.
Sofía estaba revisando algo en una tablet.
Y Elena observaba a todos con expresión tranquila. Demasiado tranquila.
Auren ya había aprendido que cuando Elena parecía tranquila era porque el caos estaba cerca. Muy cerca.
—Bien. —Dijo Viktor.
—Tenemos un problema.
Jasen levantó una mano.
—Pregunta.
—No.
—Todavía no he preguntado.
—No.
—Injusto.
—Correcto.
Aleksandre ignoró el intercambio.
—Durante los últimos meses ha desaparecido información.
El ambiente cambió inmediatamente.
Auren se incorporó ligeramente.
—¿Qué tipo de información? —Preguntó.
—Rutas. —Respondió Viktor.
—Movimientos. Contactos. Reuniones.
Auren frunció el ceño.
Aquello era grave. Muy grave.
Porque alguien estaba obteniendo información interna.
Y nadie sabía cómo.
—¿Hay un infiltrado? —Preguntó.
—Eso creemos. —Contestó Sofía.
Jasen dejó de sonreír.
Y eso era raro.
Porque Jasen siempre sonreía.
Incluso cuando no debía.
—¿Dentro de las familias? —Preguntó.
—Todavía no lo sabemos. —Respondió Aleksandre.
—Pero sí sabemos una cosa.
Silencio.
—Varias filtraciones tienen algo en común.
Auren sintió un mal presentimiento. Enorme.
—¿Qué? —Preguntó.
Aleksandre lo miró directamente.
—Todas están relacionadas con personas vinculadas al Saint Gabriel.
Silencio.
Absoluto.
Y entonces ambos entendieron.
Al mismo tiempo.
—No. —Dijo Auren.
—Ni hablar. —Dijo Jasen.
—Sí. —Respondieron los cuatro adultos. Al mismo tiempo.
Aquello era una conspiración. Claramente.




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