AUREN:
Auren supo que el viaje iba a ser un problema en el momento en que vio las maletas alineadas en la entrada.
Demasiadas. Demasiado ordenadas. Demasiado preparadas para algo que, según los adultos, “no era negociable”.
Elena estaba revisando una lista.
Viktor hablaba por teléfono.
Sofía y Aleksandre discutían en voz baja.
Y Valeria… Valeria sonreía.
Como si aquello le perteneciera.
Auren la vio antes de que ella lo viera a él.
Eso no le gustó.
—No pongas esa cara —dijo Jasen a su lado.
—¿Qué cara?
—Esa.
—No tengo ninguna cara.
—Tienes tres. Y todas malas.
Auren no respondió.
JASEN:
Jasen no entendía los viajes familiares.
Si la reunión era importante, podían reunirse.
Si no lo era, no tenía sentido.
Pero los adultos nunca hacían nada con lógica directa.
Siempre había capas. Siempre había motivos escondidos. Y este viaje tenía demasiadas.
—¿Dónde vamos exactamente? —preguntó Jasen.
—Italia —respondió su madre.
—Eso no responde nada.
—Es suficiente.
Valeria apareció detrás de ellos. Demasiado cerca otra vez.
—Va a ser interesante —dijo ella.
Jasen la miró.
—Eso no suena bien.
—Depende del punto de vista.
Auren la observaba sin decir nada.
AUREN:
Valeria no estaba allí por casualidad.
Eso era lo primero que Auren entendió.
Nadie “casualmente” entraba en movimientos de dos familias mafiosas al nivel de los Vetrov y los Vlasov.
Ella estaba incluida. Integrada. Aceptada. O algo peor.
JASEN:
—¿Por qué viene ella? —preguntó Jasen.
Silencio. Demasiado largo.
—Es necesaria —dijo Aleksandre.
—¿Para qué?
—Para la negociación.
Jasen no se lo creyó.
Pero tampoco insistió.
Eso era lo preocupante.
AUREN:
Valeria lo miró.
Solo un segundo. Pero suficiente.
Y sonrió.
JASEN:
En el avión privado, el aire era pesado.
Demasiado controlado. Demasiado silencioso.
Auren estaba sentado junto a la ventana.
Jasen a su lado.
Valeria enfrente.
Perfectamente colocada. Demasiado perfecta.
—¿Siempre sois así de serios? —preguntó ella.
—Sí —respondió Auren.
—No —respondió Jasen al mismo tiempo.
Silencio.
AUREN:
Jasen lo miró.
—¿Qué?
—Nada.
Valeria rió suavemente.
Pero su mirada no era divertida. Era evaluativa.
JASEN:
—Esto es incómodo —murmuró Jasen.
—Lo estás haciendo incómodo —respondió Auren.
—Yo no he hecho nada.
—Ese es el problema.
Valeria los observaba como si fueran piezas. No personas. Piezas.
JASEN:
El aterrizaje fue suave.
Demasiado suave para lo que esperaba.
La mansión en Italia era más grande. Más abierta. Más peligrosa. Por lo expuesta que estaba.
—Bienvenidos —dijo un hombre desconocido.
A Jasen no le gustó.
AUREN:
Auren lo notó antes de entrar.
El lugar no era seguro. No del todo.
Había demasiada gente nueva. Demasiadas variables.
Valeria caminaba entre ellos como si perteneciera. Eso era lo peor.
JASEN:
—No me gusta esto —murmuró.
Auren asintió.
—A mí tampoco.
Valeria se acercó.
—Os acostumbraréis.
Silencio.
AUREN:
—No tenemos que acostumbrarnos a nada —dijo Auren.
Valeria sonrió.
—Eso no depende de vosotros.
JASEN:
Esa frase se le quedó.
No le gustó.
Por la noche. La casa dormía. Pero no del todo.
Auren salió de su habitación. Sin intención clara. Solo… inquietud.
Y la vio.
Valeria.
En el pasillo.
Hablando por teléfono.
—Sí… ya están aquí —decía.
Pausa.
—Los dos.
Silencio.
Auren no se movió.
Y Valeria sonrió. Antes de colgar.
Más tarde, en otra habitación.
Valeria envió un mensaje.
Solo tres palabras:
“Ya están separados.”
Y debajo:
“Empieza el siguiente paso.”