Auren supo que algo estaba mal incluso antes de abrir la puerta. El problema no era la habitación. Era el silencio del pasillo. Ese tipo de silencio que no ocurre en lugares normales, sino en sitios donde alguien ha decidido algo sin avisar. Jasen estaba a su lado. —Esto no me gusta —dijo. —A mí tampoco —respondió Auren. Empujaron la puerta. Se abrió. Y dentro había una sola cama. Grande. Perfectamente hecha. Demasiado limpia. Dos maletas ya colocadas a los lados. Como si alguien hubiera planificado exactamente cuánto tardarían en darse cuenta. Jasen se quedó quieto. —No. Auren entró. —Sí. —No. —Sí. —Esto no está pasando. —Está pasando. Jasen pasó una mano por el pelo, claramente irritado. —Vale… no… esto es una broma. Auren cerró la puerta detrás de ellos. —No lo es. El silencio en la habitación se volvió más pesado. Demasiado consciente. Demasiado incómodo para ser casual. Ninguno de los dos se movía hacia la cama. Como si fuera un objeto neutral… o peligroso. Que, en realidad, era lo mismo. Jasen señaló la cama. —Duerme tú ahí. —No. —¿Por qué no? —Porque es una sola cama. —¿Y? Auren lo miró directamente. —No. Jasen soltó una risa corta. —Eres imposible. —Tú eres ruidoso. —Eso no tiene nada que ver. —Tiene todo que ver. Silencio. Jasen se dejó caer en el borde de la cama, frustrado. —Esto es Valeria. Auren no tardó en responder. —Sí. —Está enferma. —No. —Entonces es peor. Auren no discutió eso. Porque probablemente era verdad. La habitación parecía más pequeña ahora. No físicamente. Mentalmente. Jasen se levantó otra vez. —Voy a dormir en el suelo. Auren lo miró. —No. —Sí. —No. —Sí. —Deja de hacerlo dramático. Jasen sonrió. —Es mi naturaleza. Auren suspiró. Se sentó en la cama sin más discusión. —Duermes aquí. Jasen lo miró como si eso fuera un crimen. —¿Y tú? Auren tardó un segundo. —También. El silencio que siguió fue distinto. No incómodo. No cómodo. Solo… inevitable. Jasen miró la cama otra vez. Luego a Auren.
Luego otra vez la cama. —Esto es absurdo. —Sí. —Lo odio. —Sí. —Te odio. Auren lo miró de reojo. —Lo sé. Jasen se quedó callado un segundo. Como si esa respuesta le quitara fuerza a la suya. Luego se giró. —No deberíamos estar aquí así. Auren apoyó la espalda en la cabecera. —No tenemos elección. Jasen bufó. —Siempre hay elección. —No aquí. Silencio. El aire en la habitación se volvió más pesado, como si algo externo estuviera presionando desde fuera. Jasen se sentó finalmente en el otro lado de la cama, lo más lejos posible. —Si esto es idea de Valeria… la voy a-... —No lo vas a hacer —interrumpió Auren. Jasen lo miró. —¿Por qué estás tan seguro? Auren no respondió de inmediato. —Porque no quieres perder el control. Jasen no dijo nada. Porque era verdad. Y eso era molesto.
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