La lluvia empezó poco después de medianoche.
Al principio fue suave.
Un sonido lejano contra los cristales.
Algo fácil de ignorar. Algo normal.
Pero una hora después... ya no era normal.
El cielo parecía romperse sobre la ciudad.
La lluvia golpeaba las ventanas con fuerza.
El viento silbaba entre los edificios.
Y cada pocos minutos un trueno hacía vibrar el departamento entero.
JASEN:
Jasen abrió los ojos.
Otra vez.
No sabía cuántas veces llevaba despertándose.
Tres. Cinco. Diez.
Otro relámpago iluminó la habitación.
Y un segundo después... un trueno sacudió el edificio.
Jasen apretó la mandíbula.
—Genial...
Odiaba las tormentas. Siempre las había odiado.
Desde pequeño.
Y lo peor era que nunca había conseguido superarlo.
AUREN:
Auren abrió los ojos.
No porque el trueno lo hubiera despertado.
Ya estaba despierto.
Había escuchado a Jasen moverse durante los últimos veinte minutos.
Demasiado.
Y conocía esos movimientos.
JASEN:
Intentó volver a dormirse. No funcionó.
Otro relámpago.
Otro trueno.
Más fuerte.
—Mierda...
AUREN:
—Sigues odiándolos.
Jasen se congeló.
—Pensaba que dormías.
—Pensabas mal.
Silencio.
JASEN:
—No les tengo miedo.
Silencio.
—Claro.
—No me mires así.
—Está oscuro.
—Sabes perfectamente a qué me refiero.
AUREN:
Auren soltó un suspiro.
Otro trueno resonó.
Y Jasen volvió a tensarse.
Solo un poco. Pero suficiente.
JASEN:
—No es miedo.
—¿No?
—No.
—Entonces qué es.
Silencio.
—No me gustan.
—Ajá.
—Mucho.
—Ajá.
—Cállate.
AUREN:
Por alguna razón... estuvo a punto de sonreír. Pero no lo hizo.
Porque Jasen realmente estaba incómodo y porque llevaba viéndolo desde que tenían siete años.
JASEN:
Otro relámpago.
Otro trueno.
Más cerca.
El departamento tembló ligeramente.
—Vale.
Pausa.
—Eso ha sonado horrible.
AUREN:
—Era un trueno.
—Gracias por la explicación científica.
Silencio.
JASEN:
El frío también había aumentado.
La lluvia golpeaba tan fuerte que parecía invierno.
Y el departamento no ayudaba demasiado.
No era una mansión. No tenía sistemas enormes de climatización.
Solo una habitación. Una cama.
Y una tormenta enorme.
AUREN:
Auren observó cómo Jasen se acomodaba por cuarta vez.
Y entonces dijo:
—No vas a dormir.
—No.
—Lo imaginaba.
JASEN:
Silencio.
Otro trueno.
—Odio esto.
La confesión salió sola.
Y durante unos segundos ninguno habló.
AUREN:
Porque esa era una de las pocas cosas que Jasen nunca escondía bien.
Las tormentas.
JASEN:
—Cuando era pequeño pensaba que las casas podían romperse.
Silencio.
—Lo sé.
Jasen giró la cabeza.
—¿Cómo que lo sabes?
AUREN:
—Porque me lo dijiste.
Silencio.
JASEN:
Tardó unos segundos en recordar.
Y entonces lo hizo.
—Ah.
AUREN:
—Tenías ocho años.
—No tenía ocho.
—Sí.
—Nueve.
—Ocho.
—Da igual.
AUREN:
Silencio.
La tormenta continuó.
Pero ahora parecía un poco más lejana.
Un poco menos agresiva.
JASEN:
—¿Auren?
—¿Qué?
Silencio.
—Gracias.
Auren frunció ligeramente el ceño.
—¿Por qué?
JASEN:
Jasen miró el techo.
Y respondió sin pensarlo demasiado.
—Porque siempre te quedas.
Silencio.
Uno largo. Muy largo.
AUREN:
Auren no respondió inmediatamente.
Porque no sabía qué decir. Porque, en el fondo... era verdad.
La lluvia siguió cayendo durante horas.
Los truenos también.
Pero poco a poco... Jasen terminó dormido. Y esta vez no se despertó.
Auren permaneció despierto unos minutos más.
Mirando la oscuridad.
Escuchando la tormenta.
Y pensando en algo que nunca admitiría.
Que después de tantos años... ya no sabía cómo sería el silencio sin Jasen cerca.
Y eso era un problema.
Uno enorme.