La mañana empezó extrañamente normal.
Lo cual, en sus vidas, era sospechoso. Demasiado sospechoso.
AUREN:
Cuando salió de la habitación, Jasen ya estaba despierto.
Sentado sobre la encimera de la cocina.
Comiendo cereales directamente de la caja.
—Eso no es una forma normal de desayunar.
Jasen levantó la vista.
—Buenos días para ti también.
—Hay platos.
—Y hay cajas.
—Eres imposible.
—Gracias.
Auren suspiró.
JASEN:
Le gustaba cuando Auren se quejaba.
Era divertido.
Porque siempre fingía estar molesto.
Y casi siempre lo estaba.
Aunque últimamente... No tanto.
Pensó en la conversación del día anterior.
La descartó inmediatamente.
Mala idea. Muy mala idea.
AUREN:
Su mirada bajó instintivamente.
A la pierna.
Jasen seguía apoyándola con cuidado.
Muy ligeramente.
Pero lo hacía.
Y eso bastó.
—¿Cómo está?
Jasen parpadeó.
—¿Qué?
—La pierna.
Silencio.
JASEN:
Durante una décima de segundo se quedó sorprendido.
Porque Auren había preguntado.
Directamente.
Sin sarcasmo. Sin burlas. Sin nada.
Solo preguntado.
—Bien.
—Mentira.
—Gracias por confiar en mí.
AUREN:
—Sigues cojeando.
—Un poco.
—Sigues forzándola.
—Un poco.
—Jasen.
—Auren.
Silencio.
JASEN:
Vale.
Ahora sí estaba divertido.
Porque aquello parecía preocuparle de verdad.
Y eso era interesante.
Muy interesante.
—No sabía que te importara tanto.
Silencio.
Error.
Lo supo inmediatamente.
Porque la expresión de Auren cambió.
AUREN:
Algo se tensó.
No mucho. Pero suficiente.
—¿Y eso qué significa?
Jasen se encogió de hombros.
—Nada.
—Lo has dicho por algo.
—Era una broma.
—No.
Silencio.
JASEN:
Vale.
Quizá había tocado algo.
—Relájate.
Error número dos.
AUREN:
—¿Relajarme?
—Sí.
—Llevo semanas intentando evitar que hagas estupideces.
—Exagerado.
—Te lesionaste.
—Sigo vivo.
—Ese no es el punto.
Silencio.
JASEN:
Algo cambió.
Porque por primera vez parecía realmente enfadado.
No irritado. No molesto. Enfadado.
Y Jasen no entendía por qué.
AUREN:
—Nunca te tomas nada en serio.
—Eso no es verdad.
—Claro que lo es.
—No.
—Sí.
Silencio.
JASEN:
—¿Y qué quieres que haga?
—Nada.
—Entonces deja de actuar como si fuera tu responsabilidad.
Silencio. Inmediato. Terrible.
Porque en cuanto terminó de hablar... Quiso retirar las palabras.
AUREN:
Demasiado tarde.
La frase ya estaba allí.
Entre ellos. Pesada. Incómoda.
Y algo dentro de Auren reaccionó antes de pensar.
Un paso. Luego otro.
Y de repente Auren estaba delante. Demasiado cerca.
—¿Qué acabas de decir?
Silencio.
Jasen retrocedió.
Instintivamente.
Hasta que su espalda chocó contra la pared.
Y entonces ambos se quedaron quietos. Muy quietos.
JASEN:
Porque ahora sí estaban cerca.
Ridículamente cerca.
Lo bastante como para ver cada detalle.
Lo bastante como para notar la respiración del otro.
Y por primera vez... Jasen olvidó qué iba a decir.
AUREN:
La rabia desapareció tan rápido como había llegado.
Porque ahora veía otra cosa. Muy distinta.
Y entonces ocurrió. Sin querer.
Su mirada descendió. Solo un instante. Una fracción de segundo. Pero suficiente.
JASEN:
Lo vio.
Porque estaba mirando directamente a Auren.
Y vio cómo bajaba la vista. Y vio exactamente dónde.
Silencio.
AUREN:
Mierda.
JASEN:
Mierda.
Uno horrible. Uno interminable. Uno que ninguno sabía cómo romper.
AUREN:
Fue el primero en apartarse.
Como si acabara de darse cuenta de lo que estaba haciendo.
—Olvídalo.
JASEN:
—Sí.
—No era eso.
—Lo sé.
Mentira.
No lo sabía.
AUREN:
Se dio la vuelta demasiado rápido.
Y caminó hacia la ventana.
Porque por alguna razón... Su corazón estaba latiendo demasiado deprisa.
JASEN
Y el suyo también.
Ninguno volvió a mencionar la discusión.
Ni la pared.
Ni la cercanía.
Ni el segundo exacto en que ambos dejaron de respirar.
Pero aquella noche... Mientras fingían dormir.
Los dos recordaron exactamente el mismo momento.
Y ninguno consiguió decidir qué había sido peor.
La discusión.
O que ninguno se hubiera apartado primero.