Entre Vetrov y Vlasov.

CAPÍTULO 28. Como si nada hubiera pasado.

Lo primero que hizo Auren al despertarse fue recordar.
Lo segundo fue maldecirse por ello.
Porque apenas abrió los ojos... volvió a ver exactamente la misma imagen.
La pared.
Jasen.
Demasiado cerca.
Y aquella fracción de segundo.
Maldición.
AUREN:
Se incorporó inmediatamente.
Como si así pudiera expulsar el recuerdo de su cabeza.
No funcionó.
Porque seguía allí.
Tan claro como el día anterior.
Y eso era absurdo.
Porque no había pasado nada.
Absolutamente nada.
JASEN:
En la otra punta de la habitación.
Jasen estaba teniendo exactamente el mismo problema.
Porque también había recordado.
Y también había intentado dejar de hacerlo.
Con exactamente el mismo éxito.
Ninguno.
AUREN:
—Buenos días.
Silencio.
Jasen levantó la vista.
—Buenos días.
Silencio otra vez.
JASEN:
Horrible.
Absolutamente horrible.
Nunca habían tenido problemas para hablar.
Discutir.
Molestarse.
Provocarse.
Lo que fuera.
Pero ahora... Todo parecía raro.
AUREN:
—Dormiste mucho.
¿Por qué había dicho eso?
JASEN:
—Tú también.
¿Y por qué había respondido eso?
Silencio.
Otra vez.
AUREN:
Aquello era ridículo.
Completamente ridículo.
Y lo peor era que ambos lo sabían.
JASEN:
Intentó concentrarse en otra cosa.
En cualquier otra cosa.
La cafetera.
La lluvia que todavía amenazaba fuera.
La falta de noticias.
Cualquier cosa.
AUREN:
Eso último sí consiguió llamar su atención.
Porque era verdad.
Llevaban días sin recibir nada.
Ningún mensaje.
Ninguna actualización.
Ninguna visita.
Nada.
JASEN:
—¿Crees que es normal?
Auren entendió inmediatamente a qué se refería.
—No.
—Yo tampoco.
Silencio.
AUREN:
Eso sí era preocupante.
Porque aunque estuvieran escondidos... siempre recibían información.
Siempre.
Y ahora no.
JASEN:
—Odio esto.
—¿Estar encerrado?
—No saber nada.
Silencio.
Auren comprendió perfectamente esa sensación.
Porque él también la tenía.
AUREN:
Las horas pasaron lentas.
Demasiado lentas.
Sin noticias.
Sin llamadas.
Sin nada.
Y el departamento empezó a sentirse más pequeño.
JASEN:
Por la tarde la situación empeoró.
Porque estaban aburridos.
Y el aburrimiento era peligroso.
Especialmente para él.
AUREN:
—No hagas eso.
—¿Qué?
—Estás haciendo esa cara.
—¿Qué cara?
—La de que vas a hacer una estupidez.
—No voy a hacer ninguna estupidez.
Silencio.
—Mentira.
—Tal vez.
JASEN:
Terminó subiéndose a una silla para intentar arreglar una lámpara.
No preguntó por qué.
Simplemente ocurrió.
AUREN:
—Baja.
—No.
—Vas a caerte.
—No.
—Sí.
—No.
AUREN:
Aquella conversación estaba empezando a parecer demasiado familiar.
JASEN:
Se giró para responder.
Y perdió el equilibrio.
—Mierda.
AUREN:
Instintivamente lo agarró.
Otra vez.
Porque aparentemente aquella era ya una costumbre.
JASEN:
Y de repente... Otra vez cerca. Otra vez demasiado cerca.
Los dos se congelaron.
Instantáneamente.
AUREN:
Lo soltó. Demasiado rápido.
JASEN:
Y casi vuelve a caerse por culpa de eso.
—¡AU!
AUREN:
—Te lo mereces.
—¿Por qué?
—Por existir.
—Qué cruel.
Y por primera vez en todo el día... ambos se rieron.
Solo un poco.
Pero fue suficiente para romper parte de la tensión.
Aunque no toda.
Porque seguía allí.
Debajo de cada conversación. Debajo de cada mirada. Debajo de cada silencio.
Aquella noche volvieron a acostarse.
La habitación estaba oscura.
La ciudad seguía brillando al otro lado de la ventana.
Y seguían sin noticias.
Sin respuestas.
Sin saber qué estaba pasando fuera.
Pero esa no fue la razón por la que ninguno consiguió dormir rápido.
Porque había otra pregunta mucho más incómoda.
Una que ninguno quería formular.
Si solo llevaban unos días allí... ¿Por qué empezaba a sentirse tan extraño imaginar que el otro no estuviera?




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.